Hoy se celebra en Argentina el día del escritor, el mismo es en honor al nacimiento de Leopoldo Lugones, escritor, poeta, ensayista, cuentista, novelista, dramaturgo, periodista, historiador, pedagogo, docente, traductor, biógrafo, filólogo, teósofo, diplomático y político argentino. Fundador de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Lugones se quitó la vida tomando whisky con cianuro, obligado por su hijo a terminar con una relación apasionante que vivió junto a una muchacha que conoció en una conferencia de la facultad de filosofía y letras. Cumpliendo trágicamente algo que siempre pienso… “los rockeros mueren de sobredosis, los escritores de amor”.

Comemos porque necesitamos energía para subsistir, estudiamos porque necesitamos formarnos, nos relacionamos porque necesitamos sociabilizar, trabajamos porque tenemos que ganarnos el pan de cada día con dignidad… pero ¿por qué escribimos? ¿Qué nos lleva a sentarnos frente a una pantalla o una hoja y dejar fluir las manos, tejer los dedos, vomitar las ideas mediante las teclas?

Mi opinión está ligada a la necesidad de manifestar lo que nos pasa, lo que sentimos, lo que llevamos dentro y no encontramos mejor manera de hacerlo. El músico se expresa con los instrumentos o la voz, el pintor con sus pinceladas, el actor con sus personajes y nosotros tenemos las letras, encausamos nuestras angustias, tristezas y sentimientos, mediante las palabras. Sublimamos la oscuridad de la vida a través de párrafos. Desinflamos una idea comprimida canalizándola mediante textos.

Si el concepto de Dios alude a una entidad que tiene la capacidad de crear y destruir a su antojo la vida, nosotros tenemos en cierta medida ese poder (o en completa medida). Podemos darle vida a personajes y pueblos enteros, hacerlos entrañables, proyectarlos en la mente del lector a la perfección, describirlos hasta en los más mínimos detalles y convertirlos en héroes o villanos de nuestras historias, para que en cualquier momento, a nuestro gusto, la suerte de aquel personaje vire drásticamente hacia donde se nos antoje… tal como un Dios.

Hacemos las veces de conductores de un tren imaginario cuyo destino, incierto para el lector, es el elegido por nosotros. Los llevamos a lugares mágicos, reales o ficticios, los transportamos a sentimientos encontrados, profundos, salvajes. Un escritor te puede hacer llorar con palabras, reír, enojar, exasperar, poner nervioso, mantenerte en vilo, darte terror, generarte ansiedad, cambiar tu forma de pensar y hasta hacerte el amor con palabras.

Nosotros escribimos para vos, para que vos nos leas. Descreo profundamente de la falsa humildad del escritor (y me refiero a escritor como a toda persona que siente pasión o gusto por escribir, ya que no existen títulos de grado que avalen tal condición) cuando dice que “escribe para él, sin importar que lo lean o no”. Es cierto que en primera instancia escribimos para nosotros, porque nos genera placer poder volcar todo lo contenido dentro nuestro en un papel, es una sensación de alivio, es terapéutico, liberador y orgásmico, pero es mentira que nos da igual si nos leen o no, porque, además del ego, una de las características fundamentales de cualquier intento de escritor es la empatía, y para que exista empatía indefectiblemente tienen que haber dos partes, una que se ponga en el lugar de la otra. Es por ello que todo escritor necesita ser leído, precisa saber si el otro sintió lo mismo o viceversa. ¿Sino para qué publicamos lo que hacemos en cuanto medio podamos?

Y no todo es color de rosas en este hermoso arte, porque no podemos negar que tenemos una cuota altísima de ego y narcisismo, solemos percibir una realidad difusa de los que nos rodea, centralizándola en nuestra propia realidad y eso es lo que transmitimos, ya sea en primera persona o mediante nuestros personajes. Quienes en el fondo, no son más que facetas consientes o subconscientes de nosotros mismos. Tenemos el afán de que nos consideren y admiren por nuestros méritos, sólo que en este caso los mismos son puros y genuinos, ya que no son materiales, sino artísticos, intangibles, efímeros. Pero son méritos en fin.

Así que en este día saludo a todos los que compartimos este hermoso placer de regalar letras al mundo. ¡Feliz día escritores! Y gracias por hacernos volar.

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