La amada y la amante

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Por más de que tenía una amada,
encontré en ella un romance de otoño.

Ella me acariciaba con su brisa húmeda
y me arrullaba en el vaivén de sus ríos.

Acariciaba sus curvas recorriendo Callao,
la disfrutaba en un ristretto por San Telmo,
la besaba con una pitada de cigarro en Maderos
y la observaba escondida en los bosques de Palermo.

En cambió mi amada era más calma,
me acompañaba recorriendo cinco plazas.

Si era una inocente pelirroja de dulce alma
y la tomaba de la mano mientras caminaba bajo su arbolada.

Una era mi eterna amada
y la otra una amante pasajera.
Ambas susurraban a mis oídos
y trataban de arrancarme de la otra.

Y así fue como descubrí entre risas
que mi amor es ella, Mendoza.
Pero de vez en cuando huyo
para ver a mi amante, Buenos Aires.