La desesperación, esa sensación de asfixia que te obliga ensanchar tu pecho para que de alguna forma (quizás placebo) entre más aire, pero es en vano, porque siempre vamos a sentir que necesitamos más aire.

Algo similar era lo que sentía Claudia todos los días, una madre soltera con dos trabajos, haciendo malabares para poder llegar a fin de mes. Y como si fuera poco otro problema azotó a su puerta desde ya hacía mucho, sólo que ella se negaba a abrirla. Su pequeño hijo de 5 años sufría del corazón y un trasplante era inminente. No le quedaba mucho tiempo de vida a la pobre criatura y no aparecía ningún donador. El doctor que atendía al pequeño Tomás ya no podía hacer nada, ningún tratamiento podía devolverle la vitalidad al corazón de Tomi.

Claudia estaba desesperada, todos en la oficina sabían de su problema y la apoyaban, pero no podían hacer más que eso, parecía que el destino estaba sellado y las opciones se achicaban. Todos los días ella le rezaba a Dios para que  apareciera un donante —por favor, señor, no te lleves a mi niño. Es sólo un bebé, él no se merece… yo no me merezco—, se pasaba así casi todo el día, orando y llorando en voz baja. Incluso lo hacía hasta quedarse dormida.

Su ánimo variaba de un extremo al otro, a veces aceptaba la vida y lo que le tocó, otras veces sentía un poco de culpa por desearle la muerte a ese desconocido que le daría el corazón a su hijo. Sin embargo, ella quería a su hijo y haría cualquier cosa por él. Y si tenía que matar o desearle la muerte a alguien, estaba dispuesta a hacerlo.

Un día, mientras lloraba en el trabajo, un compañero la vio y se acercó a ella. Hacía mucho tiempo que la idea le rondaba la cabeza y se dijo a sí mismo que no intervendría, pero verla llorar así lo conmovió. Él quizás tenía la solución al problema.

—Hola Claudia.

—Hola Germán —respondió intentando ahogar el llanto

—¿Cómo van las cosas?

—Peor que nunca —su estado era deplorable, parecía haber envejecido más de 10 años en los últimos meses.

—Yo conozco a alguien que te puede ayudar—. Germán escribió en un papel una dirección de correo electrónico y le dió un pendrive a Claudia.

—¿Qué es esto?

—El pen tiene un navegador que se llama Thor, después de instalarlo busca la dirección que te anoté. Espero que te sirva —dijo cambiando el tono, cómo cuando decís algo muy, pero muy malo y ya es imposible disculparse.

Germán se marchó rápidamente, se arrepintió por lo que hizo, pero ya era tarde. Claudia pensó, “no tengo nada que perder”, siguió al pie de la letra las instrucciones de Germán y entro sin saberlo en la Deep Web. Se contactó con el hombre del correo electrónico. Este le pasó su dirección con un horario. “Te espero a esa hora, no faltes” decía el mensaje al final.

Ella algo asustada, pero presintiendo la solución, acudió a la reunión. Tomó un colectivo de la línea cinco y se bajó en lo que parecía una de las villas más tristes y decadentes, todas las casas parecían sufrir un riesgo inminente de demolición y los grupos de malvivientes estaban en todas las esquinas. Ella se apresuró y dio con la casa, al primer momento no lo notó, pero tenía el aspecto lúgubre de un panteón.

Golpeó la puerta y Un hombre gordo, algo desalineado pero lleno de alhajas de oro la tendió.

—Hola mi nombre es Claudia.

—Sin nombres es mejor, señora— Claudia se movió hacia atrás, la voz del hombre la incomodaba.

—Cuénteme su problema.

Claudia no comprendía la gravedad del asunto, pero ya estaba ahí y todas las cartas estaban en la mesa. Pensó que hombre era un curandero o algo por el estilo. Debido al aspecto de su casa, todo tenía un color opaco, la luz era de apenas veinticinco watts, estaba llena de heladeras viejas que parecían funcionar arrojando al ambiente un sonido distorsionado.

—Tengo un hijo de 5 años — dijo atemorizada— con una afección en el corazón. No le queda mucho.

—Ya veo —dijo el hombre —la entiendo, muy bien. Vaya a su casa, tráigame todos los estudios e historia clínica de su hijo.

Claudia obedeció sin chistar, al regresar le entregó la carpeta al hombre.

—Bueno señora, la espero mañana a la misma hora y veremos qué se puede hacer.

Claudia se fue a su casa, y durante  todo el siguiente día pensó en que lío se había metido. Ni en mil años se hubiese imaginado lo que le iba a pasar. Al otro día volvió al despacho del hombre.

—Pase señora —Claudia se sentó.—Ha tenido suerte— sonrió el gordo— un hombre va a tener un accidente mañana a las quince hrs, va a chocar en un semáforo y va a morir, usted solo tiene que llevar a su hijo al hospital Molina a las trece. Ahí abra un doctor especialista en trasplantes, el extirpara el corazón del fallecido y se colocará a su hijo. Todo debe parecer una casualidad, así que vaya diciendo que su hijo está mal. El doctor la reconocerá y hará la cirugía.

Las palabras de aquel hombre eran lejanas, no entendió bien lo que decía.

—¿Señor, esto no es una broma de mal gusto?

—Para nada, señora, solo haga lo que digo.

Claudia salió pérdida del despacho, no sabía dónde estaba parada, todo le daba vueltas. Sin embargo actuó. Hizo todo lo que le dijo aquel hombre.

Solo una semana después Tomi estaba bien, recuperándose, todo había salido tal cual dijo el gordo. La emoción de Claudia al ver a su hijo sano era tan grande que se olvidó completamente del trato con el tipo. Sin embargo ese día fue a verla al hospital

—¿Cómo va todo?

—Bien, no sé cómo supo lo que iba a pasar, pero gracias — respondió asustada y contenta al mismo tiempo.

—No señora, usted no entiende —sonrió como explicando un chiste estúpido — yo sabía que eso iba a pasar, porque yo lo ocasione. Este es mi negocio. Ahora respecto a lo que me debe…

—¿Qué le debo?

—1.5 millones de pesos.

Claudia titubeó un instante, un nudo le ajustó el pecho, dijo lo primero que se le curzó por la cabeza —No tengo tanta plata.

—No hay problema. Si quiero puedo hacer que su hijo muera está misma noche y le quitó el corazón que me debe.

—No por favor, no lo haga ¿quién es usted?

—Eso no importa, ¿va a pagarme o no?

—Sí, no… —titubeaba— voy a pagarle, se lo prometo.

El hombre sonrió —No tiene dinero, ¿verdad?

—No, pero lo conseguiré.

—No se preocupe señora, hay otra forma de solucionarlo. Mire no le voy a cobrar ahora, pero cuando yo necesite algo de usted, usted me lo va a dar, si no ya sabe lo que va a pasar.

Claudia se quedó helada, no pudo responder. Apenas Tomi salió del hospital, ella se fue del país, consiguió otro trabajo y cambió su identidad. Todo parecía haber terminado.

Después de quince años, Tomi ya tenía veintiuno, estaba estudiando en la universidad. Su mamá tenía un sólo trabajo bien pagado, parecía que todo lo malo, la enfermedad, el brujo, todo se había quedado en otra vida.

De pronto el teléfono sonó y la voz de aquel hombre retumbó en el auricular.

— Hola señora

— ¿Quien habla?

— Es hora de pagar su deuda.

— ¿Cómo me encontró?

— Nunca la perdí señora, necesito que mañana vaya al hospital Regional.

— ¿Usted está loco? No voy a ir.

— Mire señora necesito que me devuelva el favor— Claudia lo meditó por un momento, se sentía entre la espada y la pared.

— ¿Que quiere de mi?

— Un riñón.

— ¿Un riñón? Qué clase de brujería va a hacer con mi riñón

— ¡¿Brujo?! — el gordo reía a carcajadas, — ¡¿brujo?! No señora usted se equivoca, no soy ningún brujo. Soy un traficante de órganos.

— Es usted un cerdo, una lacra; ni loca voy a ir al hospital para que un cirujano me quite un órgano — espetó Claudia enojada.

— Ok señora — el gordo seguía riendo — no hay problema, no se preocupe. Solo quiero decirle que tenga cuidado, porque es probable que sufra un accidente…

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