Cuatro cuentos cortos impactantes

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Harto de morir

Damián se había muerto hace un par de años. Ya se había acostumbrado. Se resignaba a morir como le había tocado. La otra vida ya había evolucionado, ahora los fantasmas se entretenían con partidos, por ejemplo entre los degollados de oro y los suicidas del sur. Hacía tiempo que ninguno necesitaba asustar. A Damián no le alcanzaba, estaba aburrido.

Estaba aburrido de su página en ghostbook, de viajar en buuuhndi. Todo se había vuelto una monotonía, y ni hablar si le tocaba viajar apoyando a algún miembro cercenado o un cuello supurante… si es que tenía suerte.

Damián se quería quitar la muerte, se asomó al vacío y saltó. Quizás sería un gato o un pez, o mejor un águila. Se sentía bien volar. Sí, eso quería ser.

¡Un aplauso!

–¡Un aplauso para el asador!– Propuso Pablo frente a todo el séquito de los martes.

Unos levantaron copas, otros hacían temblar el mesón.

–¿Donde compraste este lechón? Está sublime– Preguntó Mariano deleitándose del jugo que se escurría entre sus dedos grasientos con un apetito voraz.

–Me la recomendó Lucas– Respondió Hernán desde la parrilla y entre medio de los aplausos.

–Lo que se está perdiendo Lucas ¿No?– dijo alguno por atrás.

Hernán asintió mientras se sacaba un pelo enredado entre los dientes con el placer de saber las pruebas de su crimen se digerían en el estómago de su grupo de amigos.

El hedor de la suerte

La vidriera le devolvía su imagen, mezclada con zapatos. No notaba las arrugas que se le hacían en la frente porque estaba ocupada viendo qué calzado le convenía más. El vendedor la tenía en la mira pero no se había acercado para no parecer demasiado obvio de que tenía que venderle para cobrar comisión y así caerle con alguna sorpresa un tanto atrevida a su novia de turno.

Nadie sospechaba de quién tenían alrededor. Pero si olían el esbozo de mierda en el ambiente, dónde se mezclaba el aire puro recién pasado por todo el proceso de la fotosíntesis de algún árbol de esos que casi nadie sabe el nombre (pero si odian las bolitas con pelusa que dejan narices irritadas en el zonda) con el hedor a heces recién cortadas por el recto. La señora ya estaba acostumbrada de cargar con ese favor. Para ella era un favor, la mierda le había traído lo mejor de su vida, era su secreto. Pisar mojones era lo mejor que sabía hacer, desde que empezó consiguió trabajo, se salvó de que un colectivo la atropellara, incluso las personas tóxicas que alguna vez leyó de aquel libro de ofertas, se alejaban para su satisfacción. Hasta había embocado 6 números en el Telekino con lo que había decidido salir a renovar sus herramientas de rebanar mojones.

Tacos altos no quería, ya le pasó haber pinchado uno fresco y haberlo cargado por ahí, paseándolo por el shopping concheto de moda.  Necesitaba unas chatitas las cuales los aplastaran como puré y si era demasiado grande se mezclase esa papilla entre los dedos de los pies. Eso le traía más suerte de costumbre. Ella comparaba, sin saber que buscaba suerte en el amor y pisando mierda no la iba a tener, aún así seguía comparando.

Velocidad sobre dos ruedas

Lucio calzó sus guantes que le dejaban las falanges libres para un mejor agarre. Escaneó el panorama de la calle y con un movimiento automático las ruedas empezaron a girar casi quemando el caucho contra el asfalto. Le gustaba la velocidad, ahí era donde todos sus problemas se desvanecían y no había tiempo para pensar.

Las calles estaban desiertas, daban la oportunidad de conseguir mucha aceleración. Ignoró los tres primeros semáforos. Los peatones se giraban a verlo sin creer la velocidad que llevaba por el medio de la calle. Una llamó a la policía viendo tamaño desacato a la ley.

Lucio esquivaba a los pocos autos que iban apareciendo, sus bocinazos lo alentaban a seguir. De pronto un móvil a toda velocidad giró por la esquina. Lucio con reflejos rápidos viró por la derecha casi derrapando y haciendo que un lado del carro se levantará. Comenzó las maniobras de evasión para no ser capturado. El móvil policial ya le pisaba los talones. Lucio no sabía lo que pasaría si lo agarraban. No había pensado ese detalle, pero lo estaba haciendo en ese momento sobre ruedas, rompió su regla sin ver el montón de tierra que se aproximaba a una velocidad vertiginosa sobre él. Lucio frenó como pudo pero no alcanzó, dio de lleno sobre el montón. El impacto fue inminente. Cuando la policía llegó lo encontraron tirado en el piso muerto de risa, y la silla de ruedas a un par de metros.