Ya no se puede hablar de una pija

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Una ola de solemnidad pseudo progresista nos inundó tan gradualmente que no nos dimos cuenta. Estamos sumergidos en una patética realidad donde nadie puede opinar tranquilo, como se le cantan los huevos, sobre un tema en particular.

Antaño, los eruditos letrados olor a museo del más recalcitrante progresismo te mandaban a leer, a estudiar, a informarte. Si opinabas algo de manera apasionada y cometías algún error, ahí nomás te cortaban con un “anda a leer”, “topate con un libro”, “estudia un poco, burro” y fin de la conversación. Quién no era letrado, el militante o el laburante, te mandaba a la calle, onda “enfrentate con la realidad, gil”. Si vos opinabas alguna barbaridad, era porque no tenías “calle”, porque no tenías claro cómo era la “realidad” de las cosas, viviendo en un mundo de fantasía, creado por vos.

Esta estupidez ha cobrado niveles insospechados y ahora ya no solo no te manda a leer el tarado de polera o a la calle el vendedor de humo, sino que hay una horda de censores esperando con los tenedores en la mano para almorzar tu opinión. Y esto se ha exacerbado tanto que uno ya no sabe de qué se puede hablar y de qué no.

Es casi imposible contar un chiste sin herir susceptibilidades, por cada uno que emitas, vas a perder a un amigo, te van a dejar de seguir varios contactos en las redes y seguramente te bloquean de algún grupo de WhatsApp. Y si hablamos de opiniones, mejor deja las convicciones y los sentimientos de lado, porque lo que no opines sostenido por estudios científicos que avalen tu postura, sin lugar a dudas va a ser defenestrado, criticado y censurado. A menos que opines igual que ellos. “De eso no se habla”, “con eso no se jode”, “no podes opinar así”, “¿en serio pensas así?” y varias frases de manual que ya me tienen las bolas por el piso.

Para cualquier manifestación que intentes transmitir, habrá un “ista” que te sentencie, racista, machista, feminista, peronista, macrista, fachista, etc. Siempre, pero siempre habrá un herido que te escrache entre su séquito de llorones, para así etiquetarte como portador de lo más bajo de la condición humana. Cualquier cosa que te guste será inmediatamente captada por un grupo de fanáticos, que tendrá su equipo antagónico en la vereda de enfrente dispuesto a destrozarte, así que tampoco podes andar manifestando libremente tus gustos.

Tampoco es bien recibido el cambio de opinión, tenes que pensar de una manera y mantener esa línea y ese decoro por el resto de la eternidad, porque ante el más mínimo cambio, vas a haber “defraudado” a miles de personas que “no esperaban eso de vos”. Si tu pensamiento no progresa de la mano del progresismo reinante, no está bien recibido, no es válido, no podes replantearte nada. Existe la libertad de expresión… de la expresión que ellos creen que debes expresar. Y la tolerancia y apertura mental que ellos fomentan, se va a dar siempre que no opines diferente.

Y ojo… ojito, con esto no ando diciendo que uno es libre de esparcir barbaridades a los cuatro vientos porque “se debería poder”, no señor, no. Hay que hacerse responsables también de lo que decimos y de cómo lo decimos. En estas cuestiones obvias estamos todos de acuerdo con que hay que parar la mano, pero que ya reine en absolutamente cualquier ámbito y posición es sinceramente cansador, frustrante y patético.

Y si te plantas firme en una posición, sin lugar a dudas vas a ganarte adeptos fanáticos y enemigos brutales, que no descansarán hasta verte sumido en la cochina miseria. Los niveles de violencia van creciendo exponencialmente y uno nunca sabe cuándo una discusión sobre si se dice “lila” o “morado” termina a las piñas, con puñaladas de por medio, tiros, un muerto y perpetua para un familiar. Es una cosa de locos, ninguneo, insultos, amenazas, violencia, es de no creer los niveles de estupidez a los que hemos llegado.

Entonces tenes que andar con la cola entre las piernas, cuidándote de cada palabrita que digas, cada idea que comentes, cada cuestión que opines, porque te puede estar escuchando uno de estos policías del pensamiento y la moral dispuestos para sancionarte o darte leña. El humor se va convirtiendo en algo cada vez más soso, más naif y tibio. El fanatismo atroz nos ha superado en todo sentido.

El otro le escribí a uno de mis amigos en el grupo de whatsapp “negro, el asado es sin las mujeres, vamos los vagos solos, ¡no seas tan puto, culiado!” Y me rajaron del grupo por xenófobo, oligarca, machista y homofóbico.

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