Doce lunas atrás

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Allá por el mes de Junio del 2018, la Argentina vivía otra etapa de días turbulentos: una ola de inseguridad cambiaria inundaba de gestos cabreados cualquier mesa de café de la república. Salvo una.

Con la ayuda de un bastoncito de madera, algo así como una cucharita moderna, Valentina y Andrés revolvían, además del café, el pasado cercano y el presente latente, para darle algo de certeza al futuro incierto. Una especie de política cambiaria que equilibre la escasez de información real con el sobrante de artilugios para no enfrentar lo que les estaba pasando.

Veinte horas antes, mientras Valentina cerraba la cortina metálica del bar que administraba, un mensaje le hacía vibrar el bolsillo derecho del sacón malva, con el que la señorita combatía aquel invierno incipiente.

“No pude irme. Por H o por B tuve que postergar la vuelta. Quisiera pasar a dejarte el regalo que te traje” decía el texto que Andrés le había enviado “Pensalo y avisame. Beso.”

Andrés era un pibe del pueblo donde había nacido Valentina. Aunque solo se habían visto una vez, se animaron a encontrarse doce lunas atrás con las expectativas del caso. Un buen vino, una charla interesante y correcta, alguna insinuación de manual y algo menos que un rechazo le habían dado la excusa a ambos para terminar, repentinamente, la velada e irse a descansar.

Pero el fruto que crece puede verse cuando es obvio para el ojo distraído.

Atrás habían quedado unos cuantos dimes y diretes para esta primera vez bis. El tiempo les había demostrado que podría volverse un aliado si eran capaces de reconocerse únicos. Si eran capaces de entender que lo que allí sucedía no iba a tener que ver nunca con cualquier otro tipo de relación que hubieran tenido ni fueran a tener. Se respiraba en el ambiente el “ahora o nunca” que es siempre una oportunidad peligrosa, para el que salta como para el que huye.

Andrés esperó los veinte minutos, parecidos a una hora, que Valentina le había prometido tardaría en llegar, en punto exacto conocido solamente por ellos. El muchacho soportó como pudo a su vientre interrogante hasta verla aparecer. Se persiguieron como dos cachorros en la mirada, remediando desde el vamos cualquier desencuentro. Se acercaron con los saltos de una hormiga hasta trenzarse en un abrazo interminable.

–¿Qué hacemos? –dijo él, intentando tirar para más adelante el plato fuerte que los convocaba.

–Huyamos juntos… o almorcemos, tonto –agregó ella, disfrutando el engaño en la cara de Andrés.

El arroz fue el fiasco que les permitió avanzar algunos casilleros para entrar en tema. Debían explicarse algo, para entenderse menos quizás; pero necesitaban hacer el repaso de rutina que limpiara la maleza estancada por todo lo que no se pudo ni se quiso decir durante este tiempo.

En el medio, iban a poder saber que compartían la caída libre. Una flecha los tenía atravesados.

Hasta acá me ajusto a lo que describió Andrés, esa noche, mientras volábamos de regreso a Córdoba. A partir de ahora los hechos juegan con el imaginario que, en muchos casos, suele ser más atrevido y consecuente que la pura realidad.

Me dijo que debía empezar a por contarme cómo era ella por fuera para intentar llegar a cómo era por dentro. “Empiezo por lo más importante y luego vamos a lo fundamental”, agregó.

“Valentina es morocha. Tiene un estilo que responde directamente con ella. Es como si no pudiera ser solo una y debiera encontrar en sus formas la mejor manera de comunicar que en tu recalcada vida vas a terminar de saber quién es. Ni que te vas a aburrir, en igual proporción. Es delgada con las curvas del fuego; de caminar indeciso y ondulante. Un péndulo explota al final su espalda, atrapando a propios y ajenos, con cada tranco da. Tiene en su sonrisa indomable la llave que todo lo abre. Habla suave con su acento original, aunque levemente mejorado por las luces de la gran ciudad. Es linda, ella es muy linda”. Me contó detenido por una de las típicas turbulencias. Volar no estaba entre sus acciones predilectas.

Después del almuerzo caminaron buscando un café para estirar la despedida. En pocos minutos estaban en aquella mesa redonda de metal, apenas alejados, dubitativos, como quien voltea por última vez un reloj de arena y se sienta a observarlo caer. Revolviendo el mismo café que al principio de estas líneas.

Mientras ella hablaba, Andrés descifraba el sabor de su expreso envuelto en el perfume de Valentina. Las caricias empezaban a resbalarse sobre la mejilla del otro, sobre la rodilla, sobre el alma, como el agua de una cascada sobre las piedras que no pueden contenerla.

Se pusieron de acuerdo y pactaron no desconcertarse el uno al otro. Se confesaron involucrados preservando la vulnerabilidad ajena. El tan ansiado equilibrio de Nash en el que todos ganan algo más que lo que perciben.

–Me gustas –dijo él junto a su costado adolescente.

Ella sonrió después de morderse el labio inferior. O antes. O durante.

–Tengo muchas ganas de besarte –continuó él desde su otro costado maduro.

Ella encogió su puño derecho discriminando al mayor de los dedos de la misma mano y le dio un mensaje poco encriptado. El contexto delataba lo prohibido. La cintura de Valentina serpenteaba erosionando la silla con la pulsión de su cuerpo.

–En quince minutos debo irme –advirtió ella.

Andrés abandonó la represión de su materia zambullendo, en cámara lenta, su rostro sobre el cuello de la dama. La respiró. Le caminó con la boca abierta sobre el calor de la piel como si lo hiciera descalzo, en verano, por la playa. La señorita se amarró a su pelo, trepando de a uno sus brazos, y se escondieron en ellos mismos hasta dejar sin luz sus ojos. Se dedicaron a respirarse una eternidad.

Aunque no lo fuera, él se sintió, en ese preciso instante, el amor de su vida.

Se separaron lo suficiente para tocar, apenas, la nariz de uno con la del otro. La temperatura de sus bocas podía magnetizarse a una distancia que no era medible. Ambos pensaron en no besarse, al mismo tiempo, aunque aumentara el margen de error con el correr del segundero.

El muchacho descubría que el desierto de su paladar reclamaba la humedad que brotaba al otro extremo de su cuerpo.

–Vamos –apuró Andrés.

Levantaron campamento y de la mano, como si el mundo estuviera abandonado, dieron unas vueltas hasta salir a la calle. Veinte pasos, censurando los gritos internos, los acercaron a la esquina. Podía observarse, en el rostro de los jóvenes, el jadeo que dos luchadores tienen al terminar un round.

El semáforo tenía una cuenta regresiva anunciando el cambio de color.

–Quedan pocos segundos para cruzar –comentó él.

–Esperemos –sentenció ella y sin que él pudiera prevenirlo, lo anestesió con un beso cuando el cronómetro llegó al cero.

“Fue interminable, como si hubiéramos estado sumergidos bajo el agua”, me dije traspasando la ventanilla del avión con mi mirada.

Tan interminable como el viaje que nos vuelva a poner frente a frente, una y otra vez, me contesté.

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