Para los hinchas del Tomba: “Campeones de la vida”

– Papá, vamos a salir campeones, ¿no? – susurró Martín, tendido en la cama del hospital, donde desde hacía un largo tiempo pasaba sus días, cuando los médicos le diagnosticaron un tumor cerebral.

– Claro que si hijito, y seguro que el Morro García hace el gol del campeonato – dijo Jorge, su padre, con un nudo en la garganta y aguantando las lágrimas – Ellos saben que estás en el hospital y se van a esforzar el doble por ganar el domingo – dijo mientras buscaba la aprobación en la mirada de su esposa.

Lo cierto es que Martín, transitaba un momento delicado en su enfermedad, y debía ser operado en los próximos días, y los pronósticos, siendo muy positivos, indicaban pocas probabilidades de que la intervención saliera bien.

Sin embargo, en su inocencia, Martín vivía aquellos días lleno de ilusión, y esperaba ansioso el gran día, aún cuando a su alrededor no sobraban los momentos felices. Faltaban algunos días para el domingo, el día en que Godoy Cruz Antonio Tomba se jugaba la posibilidad de ser campeón ante su gente. Había hecho una campaña excepcional, que lo dejaba a un punto de Boca, a quien enfrentaba el domingo, y debía vencer para lograr superarlo en la tabla de posiciones.

Su padre, quién hacia las transmisiones deportivas en Radio Nihuil, había solicitado por pedido expreso de Martín, hacer el relato del partido, aún cuando se había tomado licencia por la enfermedad de su hijo.

“Papi, quiero que vos me digas que somos campeones por la radio”, le había pedido Martín, y claramente no había podido decir que no.

Al fin llego el día, y no se hablaba de otra cosa que no fuera la final que se jugaba en Mendoza, y los diarios reflejaban el gran momento del equipo tombino, que chocaba contra la historia y el peso que tenía el equipo Xeneize. Jorge se despidió de Martín, y le prometió que todo saldría bien.

El estadio era una fiesta, de las acostumbradas que daba el público del bodeguero, pero los corazones explotaban de emoción, y las ilusiones de ser campeón eran inmensas. Jorge se acomodó en la cabina de transmisión, y observó en silencio a las tribunas repletas, y canturreó por lo bajo una canción de cancha.

El partido comenzó y Godoy Cruz salió al ataque con la intención de comerse al rival, y después de varios acercamientos, al minuto 25, un centro despejado le dió la pelota servida al Morro García, que de sobre pique la puso al lado de un paño para el delirio de la gente bodeguera. El Expreso era literalmente un tren, y tenía a Boca en un arco, con varias chances de aumentar, pero que al fin dejaron el marcador 1-0 al término de la primera parte.

Jorge aprovechó el parate para saludar a su hijo, e imaginó su cara de felicidad pegado a la radio. El segundo tiempo dió inicio, y el trámite del partido era el mismo, con un Boca con pocas ideas, y un Godoy Cruz arrollador.

Pero a los 30 minutos, con tan poco tiempo para el final, un tiro de esquina que se va largo, y un buscapie al área que rebota en mil piernas, le da el empate a Boca, y lo consagra campeón de mantener el resultado. El estadio se llena de incertidumbre, y Jorge se cae a pedazos en la cabina, pensando en la tristeza de Martín, en su enfermedad, y en que quizás sea una de sus últimas alegrías. El reloj ya cuenta 43 minutos, y el relator deja ser serlo, para transformarse en papá, y se pone de espaldas al campo, mientras hilvana en su cabeza una jugada maravillosa del Tomba, que arranca con una barrida del 5 que recupera la bocha, y un cambio de frente magistral para el 7, mientras en la cancha, pasa algo totalmente distinto, con un Boca que le quema la pelota en los pies y juega solo a tirarla lejos.

La jugada de Jorge sigue, y su voz se quiebra de la emoción, como si todo ocurriese realmente, y su compañero de relato se queda atónito ante lo que ocurre, sin saber que hacer al respeto. El relator sigue con su magia, y el 7 la baja como los que saben, la pone contra la suela y triangula con el 10, para tirar un centro magnífico al área grande.

Mientras tanto el comentarista, se levanta de su silla y espera el desenlace de la jugada, que ya a esta altura parece más real que cualquier cosa, y corre a cerrar la puerta de la cabina para evitar que algún desentendido quiera romper con el hechizo, y se queda mirando a Jorge, que espera ansioso que en su mente la pelota caiga al área. Allí está el Morro, que se eleva sobre los centrales suspendido por vaya a saber que fuerza, e impacta el balón de cabeza, que termina en el fondo de la red. El grito de Jorge se mezcla con lágrimas, y la emoción lo invade cuando piensa en su pequeño hijo, en una cama de hospital, viviendo quizás como él, una emoción grandísima, una emoción que ambos comparten. No importaba ya que enla cancha Boca esté dando la vuelta, ni que seguramente perderá su trabajo, ni tampoco importan los gritos de furia de los directivos de la radio agolpados atrás de la puerta cerrada con llave del estudio. Detrás de todo eso, estaba Martín sonriendo de felicidad, abrazado a su camiseta y esperando a papá para, con sus pocas fuerzas, abrazarlo y gritar “¡Dale campeón!” juntos, aunque ya hacía rato, ambos fueran unos campeones de la vida.