Amigas en la vida y por toda la eternidad

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Hace algunos años atrás tuve la iniciativa de confeccionar el árbol genealógico familiar, recurriendo a mi abuelo Antonio y mi abuela Encarnación por la parte materna, y mi nona María del lado paterno; mi nono Juan había fallecido y no tuve la posibilidad de conocerlo.

Desde chico había acompañado a mi abuelo al Cementerio de Guaymallén, al que asistía todos los domingos en forma religiosa a visitar a su madre, Rosenda Sanchez, la que estaba (y está) enterrada en una tumba doble, a unos 50 metros de la entrada y pasillo principal, y 20 metros a mano izquierda tomando por el veredín secundario; rodeada en aquel entonces, por un corralito en hierro forjado de un metro de alto y de tres por tres en largo y ancho.

Mi abuelo tenía por costumbre comprar dos ramos de flores, una vez en el predio, practicaba las honras correspondientes y colocaba un ramo en lo de su madre y otro en la tumba contigua, luego salía del corralito y lo cerraba con un candado. Una vez al año se tomaba una tarde completa y pintaba aquel enrejado de color negro. Nunca se me ocurrió preguntar, ni de niño y tampoco siendo adolescente, quién ocupaba la otra tumba, dando por descontado que era mi bisabuelo.

Para concretar mi objetivo y tras sendas entrevistas con mi abuela y mi nona, y de haberme hecho de información muy importante, era hora de sentarme a charlar con mi abuelo. Frente a frente y papel en mano, comenzó a darme nombres, fechas y datos de sus antepasados, que hacían más completo aquel relevamiento por mi solicitado. Al terminar me despido.

Voy a casa para ordenar aquella información y que en mi afán de anotar la mayor cantidad de detalles posibles, había escrito sin prestar atención. En el año 1905 había nacido mi abuelo y en 1910 había fallecido su madre. Hice un alto y revisé lo leído, pensé que había un error y regresé para confirmar ese dato. Muy entrado en años y sentado en un sillón, le pregunté si se había equivocado en darme la fecha de muerte de su madre.

No dijo nada… noté que de sus ojos cayeron algunas lágrimas y las pude contar, se incorporó y fue hasta su habitación, luego salió y me entregó un formulario que estaba dentro de un folio y en letras grandes decía: “Acta de Defunción” y un sello de la Municipalidad de Guaymallén. No dudé ni un instante, cambié de tema y lo convidé a conversar de bueyes perdidos, luego me fui con el formulario en mano para analizarlo.

Al llegar a casa comencé a leerlo sin sacarlo del folio, noté que era un documento por demás importante y, a partir de él, quedaba confirmado que en aquel año de 1910 mi bisabuela había partido al más allá, dejando a mi abuelo con tan sólo 5 años huérfano de madre, con un gran dolor y una gran pena que lo acompañarían por el resto de sus días.

Me di cuenta que debía preguntarle a mi abuela sobre aquel suceso para no perturbarlo a él. Ella sabía de los acontecimientos a partir de una charla con su suegro, a su vez, me explicó que el silencio de mi abuelo era motivado por el gran dolor de haber olvidado el “rostro de su madre”, y la gran pena por no recordar el haberla llamado “mamá”. Luego de la charla…

Vuelvo el tiempo atrás al año 1910, la ubicación de los hechos al terminar el carril Godoy Cruz en Guaymallén, del que se desprenden tres caminos: al norte a Los Corralitos, al sur a Kilómetro 8 y Rodeo de la Cruz, y al este a La Primavera… siguiendo en esa dirección antes de llegar al vecindario y frente al callejón de los Diablillos, habían dos chacras en dirección norte.

En una de ellas vivían mis bisabuelos y tenían por vecinos a Marta Gimenez y su marido. Rosenda y Marta compartían siembras y cosechas, tristezas y alegrías, siempre unidas a partir de una profunda y entrañable amistad. Ese año nacía el hijo de Marta, mis bisabuelos serían sus padrinos. Rosenda para ese tiempo estaba embarazada, a su vez, preparaban la fiesta para el bautismo del niño. Nada hacía presagiar que aquel día de fiesta se transformaría en un día para el olvido, y cambiaría para siempre la vida y los destinos de dos familias.

El día tan esperado llegó… ellas vestían de gala con vestidos de trazo largo y ruedo ancho, metros de telas habían sido cortados y cosidos por las manos diestras en el oficio de la costura por ambas amigas, los que embellecían aún más a tan hermosas damas. Todo estaba listo… juntas iniciaban con aquel niño, hijo de una y ahijado de la otra, una como madre y la otra como madrina, el camino a la Iglesia a fin de descargar del pecado original el alma del crío.

El medio de transporte utilizado un sulqui tirado por un caballo brioso, las dos mujeres suben y se acomodan en él. Los maridos sostienen al nervioso animal por las riendas, viendo que se altera cada vez más, piden a las amigas que desciendan. Rosenda es la primera en hacerlo, ya en el suelo y sin darse cuenta, su vestido queda enganchado de una de las maderas del vehículo. Marta se incorpora y se queda de pie sobre el estribo en espera de que algún caballero le extienda su mano para bajar. En ese preciso momento el caballo se desboca y comienza una carrera infernal, Marta se da un golpe en seco y fortísimo contra el piso, Rosenda es arrastrada y al zafarse su vestido cae al suelo y la rueda trasera le pasa por encima.

Por la noche y en los días posteriores, Rosenda comienza a sentir dolores abdominales, ella pide esperar unos días pensando en mejorar. A la semana y en estado crítico, no quiere que llamen al médico y tampoco que la internen, aquella vida que llevaba en su vientre había muerto en el accidente y desde el cielo le reclamaba a Dios por su madre. Rosenda fallecía.

Al otro día… el cortejo fúnebre daba inicio con un carruaje y dos caballos azabache, encargados de trasladar a Rosenda a su morada final en el Cementerio de Guaymallén. Al llegar y después de ingresar por la puerta principal, se podía ver la fosa doble comprada por mi bisabuelo y a los empleados municipales en espera del féretro. Marta no paraba de llorar y acallaba el llanto de los demás, le pedía a Dios y a los presentes, que el día que dejara este mundo fuese enterrada junto a su amiga muerta.

Por las secuelas del accidente y sumado a la angustia por la perdida, Marta comienza a sentir molestias y su salud empieza a deteriorarse, pasan unos días y a una semana de la muerte de su amiga, es internada de urgencia y en estado crítico; sólo la mantenían viva la esperanza de aquellos que la querían, afuera el espíritu de Rosenda deambulaba en espera de lo que vendría. Marta fallecía.

El cortejo fúnebre parte en dirección al Cementerio de Guaymallén, aquellos empleados municipales habían cavado un nuevo pozo, siendo que aún no terminaban de tapar el que habían abierto una semana antes; cambiando el destino de aquella tumba matrimonial para transformarla en una tumba de la amistad. Rosenda Sanchez y Marta Gimenez -rezaba el epitafio- amigas en la vida y por toda la eternidad.

Muchos años después y por una disposición municipal, se intimaba a los dueños de tumbas de suelo a sacar las rejas, ese día mi abuelo se dio por vencido y sucumbió ante el sistema; casi imposibilitado de trasladarse y con achaques por los años vividos, dejó de ir al cementerio; sin decirlo y al entregarme aquel día el acta de defunción, legó en mí la tradición de cuidar el descanso eterno de las amigas.

Aquellas lágrimas que derramó mi abuelo al darme el acta de defunción, habían sido un presagio y coincidieron con la cantidad de años que le restaban de vida. Lo primero que cruzó por mi mente fue pensarlo en ese preciso instante al traspasar el umbral de la muerte y al ingresar en el paraíso, imaginé que la primera palabra que diría sería… “mamá”, y que por su tan corta edad las injusticias de la vida le había negado pronunciar.

Con el paso del tiempo y sin las rejas, la tumba se había transformado en tierra de nadie, como podía y a mi modo la honraba. Una mañana me informaba por el Diario Los Andes, respecto de algunas irregularidades que se habían detectado en el Cementerio de Guaymallén y las tumbas de suelo, el entrevistado era Gabriel Conte. Recorté la nota y la adjunté en una carpeta con el acta de defunción de mi bisabuela.

A partir de ese momento y en forma inexplicable, imagino que por sugestión y no por mensajes del más allá, comencé a soñar con la tumba, viéndome de rodillas y con mis manos cavando en la tierra, a fin de confirmar que los cuerpos de Marta y Rosenda seguían allí y descansando en paz. Fueron varias noches y el sueño recurrente, por lo que decidí -carpeta en mano- ir a la Municipalidad.

Al llegar me fui directo a Mesa de Entradas y solicité una entrevista con Gabriel, no recuerdo si era funcionario o qué tipo de actividad cumplía, a los pocos minutos se presentó; comencé a contarle la historia antes dicha y a explicarle la situación que me había llevado a contactarlo, a fin de reclamar ese pequeño predio tan preciado por mí.

Luego de escucharme, me invitó a iniciar el expediente correspondiente a mi reclamo, previo a ello, saqué de la carpeta el acta de defunción, su sorpresa fue mayúscula y al querer extraerla del folio, no me permitió que lo hiciera; la tomó en sus manos y comenzó a observarla por varios segundos, luego y sin dudarlo se encargó de agilizar el trámite personalmente y me pidió sacar fotocopia del documento en cuestión.

Así lo hice, fui a una fotocopiadora a la vuelta por calle Libertad, en la que sin saberlo me esperaba una sorpresa más, al entregar el folio y en forma inmediata, el cuarentón que atendía expresó… ¡qué reliquia !… luego, veo que abre un cajón y saca unos guantes de látex y se los coloca, me comenta que hacía mucho no veía un documento tan antiguo y esperaba que no se deteriora al fotocopiarlo; no era un saca copias tradicional, sino un entendido en el tema.

Volví a la Municipalidad… allí me esperaba Gabriel con una ficha de cartulina amarilla y con el trámite ya iniciado, en cuestión de minutos el expediente estaba armado y aquel predio había sido legalizado a mi nombre; me pidió que fuera al cementerio y presentara la autorización, para que los empleados del lugar se anoticiaran de la resolución, quedara asentado en sus registros y guardado en el archivo correspondiente.

Una vez allí, me presenté ante el encargado y fuimos hasta la tumba, me aconsejó hacer una cruz y una placa alusiva. Salí del cementerio y crucé a uno de los locales que venden flores e hice el encargo, que consistía en una cruz en piedra laja rosa del salto y una placa de bronce; a los pocos días volví y me entregaron el trabajo terminado, fui a la Secretaría y uno de los empleados se tomó el trabajo de conseguir cemento y una pala, cavó un pequeño pozo e introdujo la cruz y allí quedó erigida.

Después de un tiempo logré terminar aquella genealogía familiar. Aunque el relato se había vestido de tragedia, no quería que finalizara en una historia triste; sabía en mi interior que detrás de tanto dolor debía encontrar el lado positivo de la situación; entonces pensé en las amigas, en el amor que se profesaban en vida y seguramente en el más allá seguía; logré unificar mis sentimientos en un mensaje mundano y un pensamiento celestial: “la amistad es un regalo divino -al abrirlo- no encuentras un ángel bueno, encuentras un buen amigo”.

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