Poligamia…poliamor

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Poligamia

De una tarde tibia, llegó una noche fresca, cuando no está el vapor tímido que sale de los labios, pero sí la necesidad de algo de abrigo.

Caminábamos por una calle de las que cortan las avenidas céntricas, no muy concurridas pero tampoco del todo despobladas. A mitad de cuadra había un pequeño restaurant, de esos de minutas que hay en todas partes, llenos de mesitas para cuatro, con sus pequeños manteles y los vidrios medianamente empañados.

Nada elegante, nada lujoso pero en el pasillo del costado se veía movimiento. Mientras íbamos caminando las cuadras que nos llevaban hacía allí, pudimos apreciar que cada unos minutos alguna persona sola entraba y salía, muy discretamente pero bien vestidas.

Veníamos de una fiesta, aburrida y por consiguiente había sido dada por terminada temprano. Unos metros antes comenzamos a sentir retumbar a nuestros pies, el vibrar al ritmo de la música pero no se podía identificar la canción, nos pareció buena idea pasar y mirar.

Llegamos al pequeño callejón, porque de cerca era más que un pasillo, y al fondo a la derecha, como dice el refrán, había una pequeña puerta de chapa gris. Rodeada de paredes de ladrillo visto desgastadas, parecía una escena de película clásica de los 60′, entre gris, sepia y rojiza.

Nos pasaron dos chicas, tocaron la puerta, abrieron unos centímetros y las dejaron entrar. A ese punto nos miramos de manera cómplice y nos dijimos: “¿Por qué no?”.

María Pía era mi amiga hace años, no necesitábamos hablar para entendernos en estas cosas y menos con unas cuantas copas encima. Pusimos nuestra mejor pose sexy e interesante y tocamos la puerta.

Un morocho alto y pelado se dejó ver mínimamente cuando se abrió nuevamente un ápice de la puerta. Nos miró de arriba abajo, aparentemente dábamos con el tipo de gente que recurría al evento y nos dejó pasar.

Una música pesada y un tanto lenta con graves profundos, que hacía retumbar las paredes, sonaba de fondo. La escuchaba mientras nos parábamos en el descanso que había entre la puerta y una escalera de un metro de ancho que descendía al tumulto de gente que se movía al compás.

Un salón de unos 15 metros cuadrados como mucho, albergaba a unas 40 personas, que saturaban el ambiente, se sentía calor y se entremezclaba con vapor, con el humo, con las luces tenues de las esquinas que iluminaban lo suficiente para no caer pero si para perderse.

Nos mezclamos, no conocíamos a nadie, bailamos y nos volvimos nadie también. Una mano tomo mi cintura, en ese momento mi amiga ya bailaba con alguien, nos perdimos de vista en instantes.

Me abrazó y me tiró contra su cuerpo. Era un poco más alto que yo, ciertamente más corpulento y fuerte, por lo que pude tocar. El pelo claro pero no rubio, una barba corta y prolija, ojos marrones pero claros, y una sonrisa leve que no predecía nada bueno.

No sabía quién era, ni pregunté su nombre, era lindo, no había una explicación racional que explicara porque estaba conmigo y lo mejor es que nada de eso importaba, me estaba prendiendo fuego. Llevaba mi cadera a la suya, nos recorríamos con las manos, con el cuerpo y finalmente con la boca, pero nos comíamos con  la mirada.

Nada como los ojos para que hablen por uno, son los únicos que saben hablar el idioma del deseo sin escalas ni miedos. El pecho me iba a explotar, la respiración agitada se empezaba entrecortar y llegué al punto sin retorno. Se alejó, sólo teniendo mi mano y me dijo al oído:

– Vamos…

Me tiro suavemente hacía él y el pacto estaba hecho.

Pasamos por entre medio de las sombras que ahora llenaban el lugar, hasta la escalera de la otra punta, la subimos sin soltarnos las manos. Arriba, en el descanso, uno más amplio habían dos puertas, al lado de una estaba una pareja besándose y riéndose.

Reconocí a mi compañero de trabajo con una mujer impresionantemente bella, no pude evitar pensar que no era la única que tuvo suerte esa noche. Para mi mayor sorpresa mi compañero de esa noche se detuvo a saludar, y para mi total aturdimiento me presentó:

– Mi mujer Lía – mientras me la indicaba – y su nuevo novio…

– Hola – dije mientras me acercaba a saludar intentando ser simpática, preparar la cara para un cachetazo, entender algo y esconder todo tras una cara de normalidad.

– Nos vemos – dijeron ambos.

Cada pareja tomo dirección hacia una puerta y desaparecimos.

Del otro lado la noche se desplegaba sin límite, estábamos en el techo, mientras se acercaba de nuevo. Estábamos solos y el deseo se hacía sentir de nuevo. Me sentí torpe y se notaba, la moral jugaba en mi cabeza y entorpecía mis manos. Se dio cuenta…

Mientras metía su mano en mi pantalón, me explicó al oído:

– Somos un matrimonio… “grande”, no somos pareja, no tenemos un límite – a ese punto mis pensamientos eran un mar de confusión, y continuó:

– Tengo mujeres y maridos, tengo amantes y ahora te tengo a vos…

Una habitación sobre la esquina nos esperaba, una cama en medio, una calefacción intensa que invitaba a sacarse la ropa, tanto que nos desnudamos mutuamente.

Me rodeó, su cuerpo pegado me presionaba suavemente para caer sobre la cama, ayudandome. Me miró tendida, beso de mis pies, rodillas, muslos, ombligo, vientre, en medio de mi pechos, llegó a mi boca, mientras lo sentí entrar en mi…desperté el miércoles por la mañana.

Para seguir soñando “La dirección equivocada” o tener algunas pesadillas “Falso despertar” o “Unos meses en cautiverio“.