El infierno de Butel

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Butel tenía dos libros de cabecera: uno de Oliverio Girondo, en el que releía en especial un texto que hablaba de la mujer de Girondo, que tenía el defecto de hablar en voz alta y lo soñaba a él como un soldado que le rompía el espinazo contra los barrotes de la cama, o como  un marinero que se ha acostado en cien ciudades, mientras el pobre Girondo confiesa que solo tuvo la ambición de ingresar al Club Deportivo Vélez Sarsfield. Ejercicios de estilo como ese rara vez se hayan visto. El otro libro era de Hunter S. Thompson, donde releía a menudo la frase subrayada: “La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz alta: ¡Uf! ¡Vaya viajecito!”.

En fin, tal como se lo sugiriera en sus hablares en voz alta al sedentario Girondo su mujer. Pero sucedió todo lo contrario en la vida terrenal de Butel, que fue pacífica, sedentaria, lánguida, lúgubre y dolorosa. Y sin embargo, allí se hallaba, caminando por las calles del infierno, sin haber tenido la oportunidad de hacer el mal.

Butel especulaba, especulaba demasiado. Hacía malabares para que su vida fuera un pacífico remanso, pero el destino se encargaba siempre de ponérsela doblada. Por otro lado, Butel sentía deseos de pecar como Dios manda pero el pecar le resultaba quizá demasiado trabajoso, había que poner su empeño en ello, y solo los laberintos de su mente le quedaban para recorrer el hondo cauce de la fiera buscando algún pecado como quien busca una flor. No el vulgar pecado de la carne o el espíritu atormentado, sino la corrupción interior más refinada: soñar por ejemplo con un gran embotellamiento de autos y que de un salto cuántico uno pasara sobre los automovilistas y se riera de aquella inmovilidad de motores y humaredas.

O vestir un traje de esqueleto y asustar a los que caminaban. Miles atravesados por un esqueleto desnudo. Qué buscaban esos miles a diario yendo de acá para allá en el infierno de las autopistas llenas, de las mentes petrificadas contra el cemento de una sacrosanta vidriera, ese inútil ir y venir, y ese comerciar y comerciar, qué buscaban en realidad… Nada, nadie buscaba nada. Si algo debiéramos buscar, si hay un Dios, si hubiera un Dios no se discutiría el precio del petróleo sino el precio de las Biblias. Tras este simple razonamiento Butel llegó a la obtusa conclusión de que o bien Dios no existe o bien el demonio estaba ganando la batalla. Ninguna duda que el demonio estaba ganando la batalla, sobre todo cuando vemos la cara de un boliviano y su dentadura blanca en ese cobrizo rostro.

No te esfuerces demasiado, todo envejece y se corrompe de la peor manera. Llegan torres relucientes pero pronto serán pasto de la nada. Solo una arquitectura tocada por la gracia divina acaso sobrevive, solo las cosas más antiguas permanecen, y lo más antiguo es también lo más frágil, por eso la majestuosidad de hoy desaparece en la noche de mañana, y la fragilidad, la hoja que tiembla, es siempre el objeto de amor del mármol, esa piedra nacida del otoño y la soledad. Pero permanecer no era la intención de Butel. Mi destino no es una mujer o una familia o una jubilación, mi destino es el suicidio. Nadie más que el suicida conoce de antemano su destino. En cuanto al resto todo es incierto y, como tal, absurdo. La belleza no es belleza sin pecado, pero el pecado -símbolo de la fealdad- siempre fue atrapado en las redes de alguna paradoja mortal.

Butel se divertía mirando viejas joyas cinematográficas como “Canuto Cañete conscripto del siete” en el cine del infierno, una sala hedionda que olía a pochoclo barato y esperma en cada butaca. A veces se sentaba junto a algún diablo de rango superior. Había en el diablo, según pude notar, un asco profundo por los sociólogos (así como en el infierno de Dante un asco sutil se destila hacia los dentistas). Evidentemente era un old fashioner, prefería el mal en su viejo estado, en su vieja falsedad. Prefería a los que tienen clase y hacen pactos con el demonio por simple aburrimiento a estos simples mercaderes babeando por unos billetes. ¿Acaso quería el diablo preservar el viejo concepto de familia? Claro que sí, pues en el viejo concepto de familia tradicional estaba su gran potencial: meter la cuchara y hacer que un hijo salga torcido, poner la sospecha de un amante y desatar ráfagas de odio silencioso, pero de ningún modo prefería el divorcio, el rompimiento de las familias, la libertad. Y si al diablo le repugna la libertad, imagino lo que la repudiará el cielo. No sé nada del cielo, no llegan noticias de allí. Tal vez el tormento de los que allí moran sea mayor que el nuestro, no lo sé, pero sospecho que de algún modo no es muy distinto al nuestro.

La moda de los sociólogos es el mayor banquete de la realidad: escuchalos hablar, lanzar esas máximas como “en el amor ya no hay dos mitades, sino que son dos enteros; el amor ya no es el egoísmo de la supervivencia sino el placer de la compañía”. Escuchalos bogar por el rompimiento de la familia, pero ¿dónde estaban esos sociólogos a la hora en que tuviste que construir tu casa? ¿Alguno puso un ladrillo en esa casa que ahora casi te instan a destruir, a vender y entregarles a unos abogados lo que construiste? Se trata de convertir en dinero el amor. No escuché que ningún sociólogo lo dijera de este modo, simplemente porque es inaceptable decirlo así, y entonces el eufemismo de: en el amor son dos mitades, no dos enteros. Dos mitades, repartidas así: una para ustedes, la otra para los abogados.

En el infierno Butel se encontró cierta vez, caminando por la calle y cruzando el semáforo en rojo como corresponde, con un antiguo amigo, Rotovich, y Butel se extrañó sobremanera. Antes de que atinara a preguntar algo, Rotovich se explicó solo:

– Una cagada de último momento…

Por supuesto, el tema de conversación fue la literatura, el nacionalsocialismo y los conocidos en común. Vaya uno a saber qué cagada de última hora se habrá mandado tras una vida de virtudes. De cualquier manera, por el fallo, inapelable según supe, habrá sido algo grave, muy grave. Nada dijo desde su mente filosófica sobre la belleza o la hondura del pecado, no sé si valió la pena ni creo que él lo supiera, pero aquí, en el infierno, no hay lamentos, sino el dolor de no ver a los seres queridos. Ni un alma conocida, nadie de la aldea o del barrio, solo el mundo ancho y ajeno, y el fuego seco de las lágrimas que no se secan. El dolor de la separación, pero no ese dolor que imaginara C. Lispector desde la mujer separada mirando el techo y que no entendía qué había sucedido a la vez que se fortalecía, porque aquí no nos fortalecemos, no pasamos por una experiencia. Ya lo hemos hecho, y el infierno es, simplemente, el fin de la experiencia.

Butel volvió la vista atrás. Allí, entre las imágenes fantasmagóricas de nada y de nadie, las llamas de su mente abrazaron con alguna precisión el recuerdo de una infancia casi solitaria. El primer día de clase, el primer día en el proceso (pfff) de socialización de un individuo. Su madre lo había peinado y puesto el pulcro guardapolvo blanco y en la mano llevaba el portafolio con un cuaderno y los lápices. Dentro de los muros de la escuela, las maestras dando órdenes de formar en filas (órdenes, filas – la primera impresión de que el mundo no puede ser bello, sino una cloaca llena de negros fornicarios que marchan en fila hacia el cielo, porque siquiera en el infierno los quieren). Butel se metió mal en la fila, entendió mal las órdenes de esas vociferantes maestras. Primer signo de que las órdenes no se llevaban bien con él. Formó con alumnos mayores que él, y cuando las filas se movieron hacia las aulas entró en un aula de segundo o tercer grado. La maestra escribió algo en el pizarrón y los alumnos debían copiar, y así lo hizo Butel, que empezó a escribir sin saber escribir. Dificultosamente copiaba esos signos del pizarrón que no entendía. Luego la maestra pasó por los bancos y miraba las hojas de los alumnos. La preocupación de Butel era que esas palabras le salieran bien, derechas sobre el renglón, y que la maestra no notara que no sabía escribir. Trataba de pasar desapercibido. Sabía que se había equivocado de fila y entrado en un grado que no era el que le correspondía, pero eso ya era secundario, ahora la preocupación principal era nadar en esas aguas lo mejor que pudiera. Miró esos muros y la ventana que estaba lejana del banco donde se sentaba. La primera preocupación debiera ser salir escapando de allí por la ventana. Salir de allí y correr junto a su madre y decirle: Mamá, huyamos del mundo, ven conmigo, vayamos lejos de todo.

La maestra advirtió que algo no estaba bien y le preguntó el apellido. Bu-Butel. Luego miró en su planilla y salió del aula. Aquellos minutos sin la maestra en el aula Butel fue el blanco de la mirada de todos. Su mudez y los labios apretados se hicieron allí seguramente. La maestra volvió y le dijo que recoja sus útiles y vaya con ella. “Qué vergüenza la concha de la lora”, pensó Butel. Y enfilaron hacia el primer grado. Era solo la primera vergüenza.

El primer grado era aburrido, según la oscilación del recuerdo, en el primer grado no sucedían cosas tan interesantes como trazar sobre el papel algo que uno desconocía. Allí se harían tonterías como recortar figuras y pegarlas en el cuaderno, usar lápices de colores y tonterías parecidas, pero la gran abstracción del sinsentido, de escribir lo que no tenía ningún sentido comprensible para Butel, eso fue lo único que en siete años le diera la escuela.

Las letras son un viaje al exterior, hacia más allá del espacio donde todo se aferra a la ilusión de algún sentido. Un escape del frío y uniformado derredor hacia las regiones donde se aísla el tranco lento de la ilusión perpetua.

Las llamas que dibujan en el recuerdo su marca de agua se desplazan hacia otros años. Años posteriores, rabiosos con esa rabia del yo que desafía las paredes de cualquier razón. Qué razón se alcanza, sino la razón putrefacta y desviada que solo la pureza de la nada puede atraer con misericordia a su seno. Dejemos que en la tierra se hunda todo y se perdone todo. Pero el perdón no es posible, el malestar es eterno y burbujea como lo que se deshace fácilmente ante la palabra eternidad.

Esos años, ese día en que tomó el auto y escapó, de sí mismo o de lo que sea, una tarde de un día rabioso. Escapar de la propia piel, sin ir hacia un cuerpo ajeno, sin imitar lo que se nos muestra para imitar, sin la sangre caliente de los imitadores. A la altura de Pergamino vio un hecho extraño, un caballo que tiraba al suelo a su jinete y se alejaba a la soledad. Detuvo el auto. Un caballo con la silla de montar puesta y mirando hacia una dirección sin saber, sin saber nada, sin acertar, preso de la incertidumbre como está preso cualquier incauto que no posee información. Desconcertar a alguien negándole la información precisa y necesaria, confundir y alejarlo de las aristas completas de la realidad, porque la realidad es eso: una información. La obsesión por la información, la astucia de ocultar información etc. No hay otra forma de realidad para las bestias. Pero aquello era un alma, carecía de información.

Butel apagó el Dodge Polara y se acercó al caballo. Quizás ambos podían mirarse a la cara. Esos ojos grandes y bovinos que parecen mirar en dirección al orgullo del horizonte. Se acercó y le quitó la silla de montar y las bridas. Era libre, si acaso no había sido domado en su interior. No con la libertad que es simple provocación. Oh vacíos que se posan aquí y allá, vacíos de sentido que perdieron su ilusoria nobleza. Butel subió de nuevo al Polara y el motor tosió a lo Dodge. Como la máquina de escribir Remington. Su ruido es solo de la Remington. Agarró la ruta y se la empezó a bajar como una botella. A lo largo de la ruta, el cielo despejado y largo como una soga marinera. Por qué un partidario de la comodidad extraña el vacío del pasado. A la altura de Arrecifes paró el auto. De pronto lo vio: el caballo había estado galopando tras el Dodge Polara y se detuvo donde se detuvo él. Y luego seguía cuando él siguió. Quizá lo imaginara tan solo. Oh pues bien. Que la imaginación haga lo suyo.

Butel le contó a Rotovich, hablando en las arenas del infierno, tomándose el tiempo:

-No fui partidario de la libertad. Algún tirano moderado me parece bien para que el hombre no pierda el tiempo entreteniéndose con la política. El tiempo en la tierra se pierde rápido, y mucho antes de que se acabe ya se acaba.

Rotovich, con ese apellido de anarquista, solo podía asentir.

Aquel caballo, sin saber si tendría un lugar en la tierra sin el abrigo del jinete sobre su lomo, parecía desmentir a Hunter S. Thompson: el “viajecito” es tortuoso, y solo el mundo exterior se permite aquella caricatura de una ilusión. Pero lo importante: no ayudes a que alguien haga el viajecito a costa tuya. No le des el gusto. Que se las arregle solo, y veamos.

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