¡Hagamos terapia ahora mismo!

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Me dijeron un millón de veces “empezá terapia”. Pasó un buen tiempo de ignorar el consejo de todos los que me rodeaban, hasta que me cansé, y fui casi por obligación.

Elegí de acuerdo a mis comodidades. Que estuviera cerca de la casa de mis viejos para poder dejar a mi hijo y yo poder ir tranquila. Llamé, me dieron día y hora. Fui.

A la pobre le taladré el cerebro en 5 minutos. Vomité todo lo que venía aguantando hacían días, meses y hasta años. No pude ordenar mis pensamientos de ninguna forma. Sólo expuse desesperada toda la porquería que venía guardando. Ella me escuchó, me interrumpió un par de veces para corregir ideas y siguió escuchando. Esa primera sesión fue completamente sanadora. Salí feliz y aliviada porque por primera vez me sentía cómoda con un psicólogo.

De lo que llevo de vida, conocí a muchos y uno estaba peor que el otro. Me acuerdo que era pequeña y le tenía miedo a las abejas. Un rechazo creo que bastante normal acorde a mi edad y a mi gran prontuario de cobardía. La ridícula saco una enciclopedia, buscó la foto de una abeja y me hacía tocarla para que “perdiera el miedo”. Increíble y por supuesto muy poco útil. El miedo lo perdí de grande porque comprendí que son los seres vivos más importantes sobre la tierra. Sin ellas, no hay vida. Así, sin ninguna foto. No era un trauma, era pura exageración.

Después fui a otro joven despeinado y muy raro por cierto, que me daba como especies de tareas para hacer en mi casa. Fui dos veces y nunca más.

Después conocí a una señora mayor, simpática y muy cálida. Todo iba bien hasta que en una oportunidad le conté una situación bastante desagradable que había tenido que vivir y la mujer se puso a llorar. Desopilante y no, no fui más.

Tuve otro intento fallido con un psicólogo que atendía en un consultorio que claramente era de un ginecólogo pero de post guerra. Deprimente a cargarse y todo pero absolutamente todo, parecía traído de la Alemania nazi. Pero ese no fue el inconveniente. Resulta que mientras me escuchaba hablar, me interrumpe en un determinado momento y me dice “noto que usas demasiado la palabra porque… ¿qué es porque?”. Automáticamente empecé a mirar para todos lados creyendo que alguien me estaba filmando y era una joda, pero no. Soporté los 40 minutos y lo mandé a cagar.

Verán que pasé por muchos caminos  y todos iban por distintas direcciones. Hasta que finalmente tuve la magnífica suerte de conocer a la genia que hace casi ya un año me ayuda. Y uso esa palabra porque eso considero que obtengo. Ayuda para poder salvarme. Siempre que me preguntan, respondo lo mismo. A mí la terapia me salvó la vida.

Todos tenemos nuestros lados oscuros, dolorosos y escondidos. Están los enredos mentales que es necesario ordenar y así poder curar cada daño y cada falta. Es esencial buscar la forma de sanar. No se puede estar una vida entera anhelando cosas, perdiendo otras y obligándose a soportar otras más. Hay que buscar siempre ser auténticos pero con uno mismo. Si no te gusta no vayas, si te maltratan rajá de ahí, si te someten, denuncia con tus acciones y tus palabras. Ser transparente siempre aunque no les guste a algunos. Animarse y ver qué pasa. Confiar en la capacidad que tenés para ser feliz, y así hacer felices a los que querés.

Pero ojo, no soy Buda ni el maestro Yoda. Creo que un poco me cansé de escuchar a mi voz interior decir “No lo hagas, no podés, no lo sabés hacer”.

Me queda un largo recorrido para sentirme completa. Sigo buscando todos los días un motivo más para quererme y respetarme. Pero el click lo hice cuando dije basta. Descubrí con 31 años que me gusta y mucho hacer reír. Me siento cómoda en ese lugar de humor en donde ver a otros divertirse gracias a mis historias, también me hace bien. Es terapéutico justamente.

Prometo para la próxima nota hacerlos reír. Hoy me levanté creyendo que soy Luise Hay. Con la diferencia que no tengo su poder adquisitivo porque cuando pienso que puedo tener unos billetes más en mi mochila, me llega una multa de 12 lucas y pierdo toda esperanza de ser una persona pudiente. Mis experiencias de vida me quitan dignidad. Pero eso lo dejo para la próxima.

En fin, en estos tiempos difíciles en donde lo superfluo a ganado terreno, hay que buscar la manera de ser distintos y encontrar en esas pequeñas cosas que te pasan, el verdadero significado de estar y existir. No se puede transitar la vida creyendo que somos nada. Hay que entender que estamos para algo, aunque sea una frase hecha y usada. Hay que creerlo nada más.

No voy a negar que muchas veces el día a día te pone pruebas complicadas y difíciles de aceptar. Me pasa seguido y pierdo el rumbo en un abrir y cerrar de ojos. Repito, estoy aprendiendo. Pero si aún no me colgué de algún duraznero, es porque mi psicóloga está haciendo bien su trabajo.

Buscá un cambio. Es necesario.

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