Todo comenzó entre un domingo en la noche y un lunes en la madrugada. Como ya era habitual en la vida de Florencia Azcurra, su marido volvía a reclamarle por unos celos enfermizos y sin sentido que lo cegaban incontrolablemente.

—Estoy seguro —argumentó Leandro enojado— de que me gorreas con ese hijo de puta del gimnasio.

—Ya te dije, estúpido. Joaquín no más que un amigo que me ayuda a entrenar.

—“No más que un amigo que me ayuda a entrenar, no más que un amigo que me ayuda a entrenar” — dijo Leandro burlándose del tono de voz de su esposa—. ¿Pensas que soy pelotudo? ¿Qué no me doy cuenta de lo que haces?

—¿Y qué hago según vos?

—Te coges a todo pelotudo que se te cruza.

—De lo único que si me doy cuenta es que sos un tipo inseguro, un imbécil, un infeliz; que sólo consigue algo de felicidad haciendo sentir miserable a los que lo rodean. Por eso es que ya nadie te viene a visitar, Leandro. Alejas a todos, como me estas alejando a mí. Mereces las cosas que te están pasando, sos un pobre tipo.

Florencia no lo notó porque en ese momento le estaba dando la espalda. Leandro avanzaba violentamente por el pasillo a su encuentro. Su rostro demarcaba una demencia pasajera, pero consiente. Un estado de ira y de furia acumulada muy grande que no tardaría en reaccionar como un volcán a punto de hacer erupción.

La tomó de los cabellos y la arrastró hasta la cocina, mientras que Florencia gemía y gritaba del dolor.

—Repetí lo que me dijiste. ¡Dale, puta, te desafío!

Entonces Florencia, con todo el dolor del mundo, giró sobre si para mirarle la cara a su esposo. El tirón de pelo le produjo un dolor similar a una quemadura en la epidermis sobre el cuero cabelludo.

A pesar de que estaba en una posición muy incómoda, ella lo miró fijamente a los ojos y sonrió. Esto enojo mucho más a Leandro. Fue entonces, cuando ella sin perder la expresión en su rostro exclamó con aire triunfal:

—¡Poco hombre!

La ira de él era tan grande que un color bordo envolvió sus expresiones. Los ojos azules se profundizaron aún más, demostrando que cualquier tipo de misericordia o piedad se había perdido en alguna laguna mental. La soltó por solo un segundo y la golpeó en el centro de la cabeza.

El cuerpo de Florencia descendió tan rápido que la imagen se distorsionó un poco. A pesar de lo potente que fue el golpe, ella alcanzó a colocar su brazo izquierdo entre la trayectoria de su cabeza y el suelo.

Se hizo la inconsciente. Ella era una mujer fría, inteligente y calculadora; sin embargo, no pudo prever lo que estaba a punto de pasar. Leandro, naturalmente, se asustó cuando vio el cuerpo inerte de su esposa en el suelo. Entonces, trató de reanimarla temiendo que hubiese pasado lo peor.

—Florencia, cielo. La puta madre, ¿qué hice?

Mientras qué Leandro se lamentaba, Florencia esperaba el momento exacto. Leandro intentó levantarla para llevarla a la cama. Cuando estuvo segura de que su esposo no sospechaba nada, ella abrió los ojos y le propinó un cabezazo en la nariz. Él la soltó de inmediato tomándose el rostro e intentando contener el hilo de sangre que se desprendía de su cuenca nasal. Florencia aprovechó el momento y lo pateó con todas sus fuerzas en los testículos. El dolor era insoportable. Leandro con sangre, lágrimas y mocos en su rostro; se arrastró por el suelo de vuelta a la cocina: estaba perdiendo la pelea. Florencia, a pesar del dolor de cabeza, gozaba y disfrutaba al ver a su marido arrastrándose.

—¿Sabes una cosa? —preguntó ella burlándose de él—. Sí, me cogí a Joaquín a tus espaldas y él a diferencia de vos si me hizo acabar; y no una o dos veces, cuatro veces en un día. Mucho más de lo que has hecho vos en este año, impotente.

Leandro sintió como estas últimas palabras liberaron en él una rabia exponencial que crecía tan rápido y con tanta violencia que parecía no tener límites. La adrenalina se hizo cargo del dolor y se levantó como si no le hubiese pasado nada. La cara de Leandro parecía sacada de una película de terror. La sangre comenzaba a coagularse y formaba una costra roja que surcaba las arrugas prematuras en su cara.

Florencia, al ver la expresión desencajada y desquiciada de su mirada, se asustó; se dio cuenta de que se había excedió con su confesión y comprendió que tenía que huir si quería sobrevivir. Se dio vuelta lo más rápido que pudo y encaró hacia el pasillo, cuando sintió que algo se rompía entorno a su cabeza. Muchos fragmentos de cerámica se enredaron con sus cabellos, mientras que otros la pasaban en su carrera al suelo. Cayó al piso, de pronto todo se tornó frío y distante, era como quedarse dormida.

Mientras sentía cómo su cuerpo parecía helarse en una tundra congelada, algo espeso, caliente y viscoso salía de la parte posterior de su cabeza. La sangre corría en desnivel en dirección a la cocina, donde yacía Leandro parado, mirando la escena sin ningún tipo de expresión en su cara.

Florencia, en sus últimos segundos, pensó: “¿Qué está esperando?”

Entonces, todo se volvió cada vez más y más oscuro. Los sonidos parecían perderse en la bruma, quería gritar, pedir ayuda; pero se le era imposible. Por alguna razón, que no comprendía, no podía articular ninguna palabra. Todo se volvía confuso, de apoco olvidó como fue que llegó a estar tirada en el pasillo, que era lo que se escurría por el oído y porque tenía cada vez frio. Fue cuando, cerró sus ojos y nunca más los volvió a abrir.

Leandro siguió parado en el umbral del pasillo, mirando lo que había sucedido. La sangre que corría por sus venas estaba aún caliente, a diferencia de la Florencia que se encontraba completamente regada en el suelo. No podía comprender del todo lo que había pasado, pero de una cosa estaba seguro: si esa puta hubiese mantenido las piernas cerradas, nada de esto hubiese ocurrido.

Se aproximó hasta el cuerpo, lo miró asqueado, se veía inmaculadamente blanco. Los labios se tornaron morados y algo verde escurría donde impactó el florero. Pequeños fragmentos de cerámica estaban incrustados en cráneo de su esposa muerta, tomó uno y lo quitó con cuidado.

Mientras estudiaba el fragmento se dio cuenta de qué debía hacer. Entró en su habitación, sacó las sabanas y envolvió con ellas al cuerpo. Como notó que la sangre seguía goteando la envolvió en seis bolsas grandes de residuos y las aseguró con cinta de papel. Una vez acabada la tarea colocó el cuerpo de su difunta esposa en el baúl de su auto.

Volvió al baño, debía lavarse la cara antes de salir por si alguien lo veía. Después de limpiarse la hinchazón en su nariz se hizo más pronunciada, tardaría muchos días en sanar.

—Puta —murmuró, mientras se secaba la cara con cuidado. Salió de su casa con una pala, la cual metió también en el baúl.

Condujo por la RN7 hasta la desviación con la RP153. Dobló en dirección al sur y a diez kilómetros de Monte Coman, en el medio de la nada, enterró el cuerpo de su esposa. Cuando terminó, vio que el lucero se asomaba en el horizonte, ya era muy tarde. Condujo los ciento cincuenta kilómetros de nuevo hasta su casa. Al llegar esquivó el gran charco de sangre que su esposa había dejado.

Se tiró sobre el colchón de su cama y miró la hora en su celular, eran las seis y veinte. Más rápido de lo que creyó se quedó dormido, y fue ahí cuando un mensaje llegó celular…

Continuará…

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