Solo una vieja cama tirada

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Ahí estaba en el cordón de la vereda, el elástico por un lado, resistiendo al tiempo con dignidad. A su lado los espaldares. La lluvia si había hecho estragos, haciéndole perder su brillo de antaño. El gran ausente para que el conjunto fuera una cama era el colchón. Como todo en la vida siempre es uno el que se va primero, el que abandona, el que deja de pertenecer.

Esos espaldares me llamaron la atención, aquel orfebre había hecho figuras dignas del mejor artista, fue en décadas pasadas, donde no nos ganaba la urgencia. Horas de inspiración, quizás en el taller instalado en el fondo de su casa, con el mate de la patrona y la radio como compañía, el artista terminaba su obra.

“Fue una cama matrimonial” pensé, también pensé en sus dueños. Tal vez el primer juego de dormitorio, adquirido con esfuerzo, el mudo testigo de la primera noche de amor en un dormitorio, solos y sin culpas ancestrales. Tal vez alquilaron y después esa cama los acompañó de un barrio a otro en sucesivas mudanzas, hasta que se cumplió el sueño de la casita propia. Allí lo pensaron y concretaron el sueño del primer hijo y los que vendrían después, esperados o no.

La cama fue compartida, mañoseando a los niños que se acostaban al medio, pegadito a la mamá, rivalizando con el papá sobre los afectos y elección de la madre. Lo hizo el primero, ¿porque no el segundo y el tercero también? Las noches sin dormir de ella, cuando el marido se iba de viaje, rogando a la Virgencita para que no le pasara nada, ¿y porque no?, somos humanos al fin, la terrible duda de si estaba con otra y no con los muchachos jugando al truco. Porque “con los hombres nunca se sabe” como le había dicho una vecina. Pero ella prefería ahuyentar esos pensamientos. Él también, acostado en esa cama, sufrió y rezó por ella (aunque jamás se lo reconocería a nadie). Cuando ella estuvo internada en el hospital y hasta pensó qué sería de su vida si ella un día le llegara a faltar.

También hubo noches que los dos estuvieron despiertos, él con los ojos cerrados para no mostrar “flojera”, ella pensando en los varoncitos, “¡Que tarde y aún no llegan! Diosito guardamelos que no les pase nada malo”. El en la nena que era la luz de sus ojos, “que no le pase nada, porque me desgracio” Un día uno de ellos se fue para siempre y fue allí, en esa cama, donde rezaron, oraron, prometieron… pero nada evitó su partida.

¿El otro habrá seguido el mismo camino? ¿Por piedad o por comodidad estará internado en un geriátrico? No lo sé, pero esa cama, demasiado antigua y no tan valiosa para venderla en una casa de antigüedades fue a parar al fondo, bajo la lluvia, el viento, el frio, el calor, hasta que se tomó la decisión de sacarla a la calle, ¿quién compraría algo así? Si ya las camas no vienen con elástico y esos espaldares de bronce son feísimos.

Iba a una entrevista, luciendo saco y corbata, no tenía pinta de “cachurero”, por ello aquella vecina me miró extrañada y hasta con sospecha. Por eso me alejé, y para dar por terminada mis zonceras me dije invitándome yo mismo a un baño de realidad…. es solo una vieja cama tirada.

Escrito por Oscar “el Chino” Zavala para la sección: