El falso nueve

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– ¡Hola, Beto!

–…

– ¿Beto? Beetoo… Sí… ¿Me escuchás, Betito? Ahora sí. Bien, Beto, bien… Acá andamos. ¿Vos como estás, Beto…? ¿Agitado? Puede ser, voy ligero caminando por Godoy Cruz… Ahora a la altura de la plazoleta Barraquero… No, no puedo un café, perdóname pero estoy apurado, Beto. Necesito prevenir un quilombo… Si, ya sé que yo te llamé, Beto, te quería comentar lo que pasó, finalmente, con la Peti… Si, se la dejé hoy bien temprano… ¿Cómo, Beto…? Ah, cómo me siento, de primera me siento, Beto…  Al fin y al cabo hice lo que tenía que hacer… Si, mejor, creo que mejor… Tirando… Bah, más o menos, Beto… Acá estoy. Me siento como el culo, Beto. No sé si estoy asustado o contento; tengo un sentimiento de angustia con un dejo de felicidad sobre el final… ¿No te ha pasado que tenés días tan cambiantes que ya no sabés cómo puta te sentís? Bueno, algo así, Beto… Si, Beto, le dejé un sobre bajo la puerta, como quedamos, cantándole las cuarenta… Clarito, clarito; no le apechugué ni en una coma, Beto… Si, olvidate, ya debe tener la carta en la mesita de luz; la conozco, Beto, como si la hubiera parido, la conozco… ¿Cuánto…? Dos meses y dieciocho días, hasta ayer… Ya sé que es poco, pero qué se yo… viste esas personas que, ni bien cruzas las primeras palabras, sentís como si las conocieras de toda la vida. Bueno, exactamente eso me pasó con la Sra. Balmaceda, Beto… No hice más que cerrar la verjita que tiene en la entrada y con eso sentía que cerraba una historia, sentía el alivio de la verdad, de haber dejado de contradecirme; como si en cada párrafo pudiera cerrar una infinidad de temas que nos solían quedar pendientes… Pendientes, Beto. Pendientes son cosas que no podés hacer, o decir, o ambas… Si, Beto, ya sé que ella no se come ninguna, ¿me vas a decir a mi? Tiene una eruptiva vocal tremenda la petiza, pero pasaba más por acá el asunto… ¿Sabés algo, Beto? Mientras le escribía, recordaba una de las tantas charlas que tuvimos sobre la vida, con la Carolina: íbamos caminando por la Alameda, era Otoño, tipo once de la mañana, los pájaros se desperezaban junto al chasquido que nuestros pasos hacían sobre la alfombra de hojas amarillas por donde caminábamos, ella tenía un vestidito celeste y el pelo recogido, su cara blanca y redonda brillaba con el sol que nos abrazaba desde el lado opuesto a la cordillera, todo era perfecto, Beto… Bueno, si, si, voy al grano. No recuerdo bien porqué salió el tema del matrimonio; te conté que ella es separada, también, ¿no…? No, el piloto se murió, después se volvió a juntar con un veterano que jugaba a las cartas en el club… Ramírez… Rodríguez… Algo por el estilo. Un morochón que le daba a la biaba como yo al dulce de membrillo con queso… ¡Salcedo! Ese mismo. Qué memoria tenés, Beto. Es admirable. El tema es que mientras caminábamos me dijo que “ni loca se volvía a juntar con alguien”, “que había dejado de creer en el matrimonio”, “que se sentía moderna”, “que cuando uno se enamoraba empezaba un camino de felicidad que se estrellaba cuando llegaba la convivencia”, ¿podés creer…? ¿Cómo que tiene de malo? No tiene nada de malo, Beto, quizás sea hasta más cómodo a esta altura del partido: una relación con la lejanía justa para separar los granos de la parte del racimo que no sirve;  pero yo sentía todo lo contrario en ese momento, Beto. Las circunstancias eran insuperables para ser eternos, ¡y no me salgas con eso de las cursilerías innecesarias, Beto…! Porque te veo venir, Beto. No existe una persona que en esa atmósfera sienta lo contrario. Carolina estaba equivocada al decirlo, quizás no al sentirlo. Estaba tratando de evitarse, y de evitarnos. Y no era la primera vez que lo hacía, peor aún, no iba a ser la última. Eso es hacerle trampa al destino, Beto… ¡Nada! No le dije nada, Beto. No puede. Le cambié de tema para mantener encendida una vela a la que le estaba asomando un Zonda de aquellos. Y así me visualicé mientras le escribía, Betito, como en tantas otras oportunidades donde no pude decirle que pensaba distinto, que patapín que patapán, me quedé calladito para no “romper” los momentos, como el de esa mañana… Si, hice bien en terminar este entuerto. No sé si era la manera o no, pero de una distinta no me hubiera animado. No hubiera podido, che. Si los días con ella son un remolino, la Carolina es el centro de donde no querés escapar, Beto. Es ese pedacito de vacío crocante, que aunque no des mas, lo comés sabiendo que te trae una pataleta de madrugada… Ahora estoy mejor, Beto, gracias. Repasando todo, escuchándome mientras hablamos la estoy viendo más clara… ¡Gracias, Beto! Si, Beto, corresponde. Vos siempre presente para dar el consejo adecuado, con el oído presto para mis urgencias pelot… Ya sé que no tenés intención de… Ok… ok… Bueno, Beto, ¿te cuento…? ¿Cómo que cosa…? Lo que pasó después de dejarle la carta a la Caro. Si estás ocupado te llamo después, Betito, no quiero ser inopo… Ok… dale, te cuento. Gracias, Beto, por tu tiempo… Ok, voy al grano. Resulta que, después de pasar por la casa de la Carolina, me vengo para el lado del centro. Rumbeé para el café, necesitaba distraerme, meterme en la rutina nuevamente, venía bastante badulaque desde la semana anterior, cuando le dije que la cosa ASÍ no iba más, y ya no podía seguir postergando temas pendientes, así que empecé a patear aprovechando que el día estaba lindo. Veinte grados hicieron hoy en Mendoza, Beto… Si, está loco el clima… Bueno, la cosa es que llego a 9 de Julio y doblo por Rivadavia, pensando que era Espejo, me doy cuenta a la media cuadra pero seguí. “Doy la vuelta por el otro lado”, pensé. No te cuento que llego a la esquina de España y quién me aparece, Beto… ¿Beto? ¿Estás ahí…? ¿Me seguís?… Ah ok… ¿Con quién me encuentro, Beto…? No, Beto, qué Carolina ni Carolina. ¡Con Robledo…! Robledo, el ex de Carolina…  Salcedo, ¡perdón! Salcedo, ese mismo. Es un pañuelo Mendoza. Cruzamos dos palabras. Me mandó saludos para vos y la Martita… Si, Beto, sigo, doblo por España y acelero porque me cambiaba el semáforo, cuando estoy llegando a Rivadavia siento que me gritan… A ver pará Beto, que acá viene llegando el Vicente. ARRANCÁ VICENTE QUE YA VOY… Perdón, Beto… Si el Vicente que nosotros conocemos, bueno sigo…, ya te cuento sobre el Vicente sino pierdo el hilo y me cagas a pedo…, bueno, me gritan ¿no?, decí que me gritan desde el lado derecho, que sino ni enterado. Giro un cuarto menguante y con quién me encuentro… ¿Cómo con quién, Beto? ¡Con la Carolina! Definitivamente estas dormido, Beto, hoy día. No sabés… Mi cara tiene que haber sido la del Pipita cuando se enteró que se quedaba en el banco porque Sampaoli iba a jugar con un falso nueve. Se me congeló hasta la última parte que tenía calentita del cuerpo. Me saludaba, desde la vereda de enfrente, con la mano abierta, mientras me pedía que cruzara. ¿Me querés contar qué hacía la Carolina, un miércoles a media mañana, en el centro…? Yo tampoco sé, bueno… yo tampoco sabía hasta ese momento… No me quedó otra que cruzar. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué le decía, Beto? A medida que me acercaba, la observaba como un luchador de Sumo antes de trenzarse con su adversario; iba recordando la táctica de Sotomayor para descubrirnos las cartas en el tute chancho, mirándonos a los ojos, pero nada. No me podía dar cuenta si se me venía un guascazo con la cartera o un abrazo, y mi preocupación aumentaba, proporcionalmente, a cada paso que daba… La vi altanera, despreocupada, peinadita para atrás como cuando está contenta, como si no le importara haberse desaparecido una semana completa después de aquella discusión en el trole, ¡nada de nada, Beto!; la tipa tenía la rigidez de un solado de la Guardia Suiza Pontificia, vestía muy parecida, incluso, ahora que recuerdo mejor; sostenía en un brazo una bolsa de frutas y en el otro un ramito de fresias. Estaba de COMPRAS la señora, ¿qué tal? “Salió a gastar para celebrar que se sacó de encima al viejo”, pensé… No le hablé, Beto. Le jugué, el tiempo que pude, con la indiferencia. Ella sí que me habló… ¿Qué me dijo…? Me dijo, eh… me dijo… “Hola, Tiernito”, me dijo… Y me apretó con suavidad un cachete, como le hace a su nieto cuando se porta bien… Si, Tiernito, Beto, así me dice ella… ¿De qué te reís, Beto? ¿No sabías…? Sin embargo a mí me parece original y cariñoso, ALBERTO… No la defiendo, pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa… Estoy calmado, Alberto… Bueno, perdón, es la emoción, Beto. Sigo. Me dijo que todavía no volvía a su casa desde el viernes pasado, que se tuvo que ir de urgencia a cuidar a su hermana, que empeoró y no podía levantarse de la cama; no la podía dejar así a la pobre vieja, Beto. Así que ahí la tiene a compota de manzana, tecito de miel y Reiki, todo el santo día; que no me pudo avisar porque se olvidó en su casa el papelito donde tiene anotado mi número. “Qué aturdida”, pensé para mis adentros, sin perder, ni un instante, mi mirada japonesa. “Lo extraño, Tiernito”, me dijo, interrumpiéndose, Beto… Y yo… yo me quedé duro. Patitieso. No me arrancaba la lengua ni para adelante ni para atrás. Rejuvenecí unos cuantos meses mientras ella continuaba contándome algunas anécdotas, cuestiones más, que no podía escuchar de lo perplejo que estaba. “Disculpe, Carolina, me tengo que ir, la llamo luego”, le dije, la saludé rápidamente y rajé para acá… Para Godoy Cruz, Beto… Sí, me vine otra vez a lo de la Carolina; pasé por el Vicente en el camino y quedamos en juntarnos en cuarenta minutos acá en la puerta… ¿Cómo para qué lo necesito a Vicente, Beto? Necesito que me abra la puerta de la casa de la Peti antes de que ella vuelva y encuentre la carta tirada en la entrada de su casa, ¿te parece poco? Tengo que evitar que ella… Beto. Hola, hoooola… Betito… ¿Beto? Beeeto… ¡Beto! ¿Te fuiste?

–Ahí la abrí, Rubén.

–Gracias Vicente.

– Qué cara, che. ¿Pasó algo?

–Estaba hablando con el Beto y se cortó… A ver… ahí llama, aguantame. ¡Eh Beto! Se cortó… si, si… Beto. BEEEETOOOOO…

–¿Otra vez? ¿Qué dijo?

–Algo horrible y me cortó. El Beto me cortó.

–Dejalo, cuando pierde Boca se pone infumable.

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