El cerro

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El tipo llegó apurado a la terminal de La Dormida y le dijo al que iba delante que sacara boleto para el cerro.

El colectivo paró diez minutos en la terminal, antes de hacer el último tramo hacia arriba. El Gringo estaba en el último asiento del Ersa, y sudaba, le había agarrao’ fiebre de pronto. Y se había olvidao’ para qué estaba ahí.

El colectivo dio marcha atrás y salió de los andenes, enfilando pal’ cerro. Fueron casi tres horas desde que salió de Córdoba. La ruta tenía pasto y sol al costao’, como dejándose caer, y siguiendo pallá’ se llegaba a las Salinas. El colectivo entró y empezó a subir. Uno de los pasajeros tenía una radio portátil y se escuchaba a los Hermanos Barrios. El Gringo tenía fiebre e hizo el ademán de vomitar, pero solo tosió y luego se reclinó de nuevo sobre el asiento y resopló. Tenía en el bolso una botellita de coca cola con agua para beber.

Los cerros son una manifestación de la preñez de la tierra en su viejo telar de memorias. Nada ni nadie puede con su rostro de piedra, nadie puede decir que haya visto llorar a los cerros. El Gringo pensó en el alma de la tierra. Y en el alma a secas. Recordó con dificultad cierta conversa con su compadre, y este le decía:

– Los científicos no consideran que haya un alma, pues lo que se llama alma para ellos es la mente.

– ¿Ah sí? -dijo el Gringo -¿Dónde está ubicada el alma entonces, en la cabeza?

– No, la mente no es el cerebro -dijo el compadre.

Si quisiera buscar el alma en algún lugar, ¿en cuál la buscaría? Si junto al mar o si entre los desmanes de la lluvia, si entre los caminos sinuosos rumbo a las alturas, o entre las cosas perdidas de ayer, en cuál… No importa en cuál, será un espacio a la altura de donde duele más. Pero ya cerca del final del recorrido, al pie del Cerro Colorao’, el colectivo da unos tumbos sobre el camino de tierra y se levanta el polvo.

A veces se pierde en el camino los símbolos religiosos, a veces se pierde hasta la devoción más profunda. A veces, la memoria. Y el Gringo sentía que estaba perdiendo, que había perdido la memoria, parte de ella, no recordaba sus pasos, no sentía sus propias huellas. Y la fiebre, con la calor junto al cerro, todavía aumentaba.

El tipo que subió en la terminal de La Dormida se le acercó en el asiento de atrás:

– Compadre, llegamos al final, hay que bajar.

Se levantó dificultosamente del asiento y a los tumbos recorrió el pasillo del colectivo para bajar e ir zigzagueando hacia alguna dirección, mientras el colectivo pegaba la vuelta. Al pie del cerro no había terminal, solo una rotonda de tierra, donde el colectivo pegaba la vuelta y los pasajeros esperaban bajo un frondoso árbol que hacía de parada de colectivo.

El Gringo buscó un pañuelo en el bolsillo de atrás y se secó el sudor. Luego se tomó el pecho, los latidos de su corazón se aceleraban cada tanto, pero ahora, un tanto calmado, pensó en seguir camino. ¿Hacia dónde? No tenía memoria, increíblemente se le hizo pedazos, no sabía desde cuándo ni porqué, no tenía un horizonte. No sabía, en definitiva, qué hacía ahí.

Su cuerpo estaba bastante mal, le costaba respirar, se sentía cansado, pero su alma, siquiera sabía si todavía la tenía y se podía llamar alma a eso que tenía o le quedaba. Era algo deshecho en veinte pedazos, algo que se había roto aunque no era material. ¿Qué fue, acaso alguna traición, acaso una decepción profunda, acaso una muerte, acaso un fracasar y llegar a nada de lo que era todo, acaso un desprecio que le haya pasado por encima como una tropilla entera, acaso un simple adiós?

No sabía, no recordaba de pronto. Pero enfiló sus pasos hacia allí, en la calle e’ tierra que subía, bordeando los alambrados y los yuyos, bajo la vista omnipresente del cerro. Llegó al fondo y la calle doblaba vadeando el río, donde los sauces caían dentro como reflejos de agua cimbreante. Un cartel de madera indicaba que hacia allí estaba la casa-museo de Atahualpa Yupanqui. Y bajo la señal, un cesto de basura. Cestos de basura, uno cada tantos metros. Dentro de un rato lo olvidaría. El tipo del colectivo también iba en esa dirección y dijo que el Ersa volverá a pasar recién al día siguiente a eso de las diez de la mañana, que no había más colectivo de vuelta por hoy. El Gringo lo miró e hizo una seña de agradecimiento y luego lo perdió de vista.

Miró en su bolso, la billetera estaba ahí, contó el dinero pero no tenía mucho sentido hacerlo, no recordaba cuánto tenía, pensó que podría comprar algo para comer, pero no había ningún almacén a la vista. Y subiendo hacia el cerro, menos.

Esta tierra, es mirarla y evocar un enigma y sus pedazos rotos, el viento de esta tierra es un altar de sombras tormentosas, y los nudos de su garganta se atan a caminos pedregosos. Los caminos rezan en esta tierra.

Una sombra salió de la espesura al costao’ del camino, era un paisano con el facón al cinto.

– Oiga, si precisa ayuda pa’ subir, tengo el matungo acá.

El Gringo se extrañó. No necesitaba ayuda, no la aceptaría tampoco.

– ¿Qué anda buscando por acá? -dijo el hombre.

– No sé. Lo olvidé. Perdone.

Y siguió caminando. Sin temor, por extraño que sea no sintió temor, allí en la soledad total de esos dos seres solos y uno de ellos armado con la faca. Se olvidó que el hombre armado siempre es un perro de cuidado. Miró hacia el cielo y vio que las nubes eran más densas que en la ciudad. Pero también estaba olvidando el rostro de la ciudad.

El camino era una imploración de piedra profunda. Una curva y bajo la espesura que se derramaba sobre el sendero, noche. Y luego el cielo abierto otra vez y al final de la subida la entrada a la casa-museo del indio cantor. El predio estaba desierto, y entró y caminó entre las piedras en el suelo con los versos de Yupanqui grabados en ellas, piedras diseminadas por todo el lugar. Mirando hacia el río que corría en esas alturas doblando hacia abajo en la esquina donde estaba la casa se veía un busto al cantor. Se acercó. El busto de Yupanqui, pero ¿quién era Yupanqui, que de pronto se estaba olvidando? Se borraba hasta lo elemental. El busto miraba hacia el recodo del río. El Gringo se secó el sudor y luego se pasó la mano por la frente, que estaba ardiendo de fiebre.

Entonces se dio vuelta y lo vio: un gran puma.

¿Acaso nadie había allí, en la casa-museo, para auxiliarlo y cercar al animal? El Gringo no tenía fuerzas para gritar, menos para pelear si acaso tuviera sentido. En menos que canta el río sería bocado de la fiera. Se apoyó en el busto, tocando la cabeza de piedra del cantor. El puma avanzó.

Su mente se puso totalmente en blanco, solo atinó a decir:

– Pssst, pssst.

Los ojos del puma eran un diamante chispeando en el verde. Y detrás, el ojo pétreo de las paredes grises y amarronadas. El canto del cantor era una mudez súbita, y los rasgos de su rostro se volvían solo una única línea sin más forma. Incluso el puma se transformaba por un instante en líneas, líneas rectas trazando un lomo y cuatro patas. El cielo atrás también eran líneas, rectos trazos que se movían como andamios de viento. El puma, cual fuera la tierra que se acercaba para echar al intruso, al extranjero de sus tierras, despacio, y un rugido que precediera la línea del salto.

El Gringo trató de recordar algo, de recordar por qué estaba allí, qué perseguía, qué le hacía bien y qué le hacía mal. Nada que sepa le hacía bien ni mal, por tanto tampoco el salto del animal sobre él podía hacerle bien o mal. Por qué entonces esos últimos resabios de temor. Dio unos pasos hacia atrás, con cautela, y vio que la roca sobre la que pisaba terminaba en un pequeño precipicio que se arrojaba sobre el vado del río. Se dio vuelta entonces, caminó rápidamente unos pasos y saltó al vacío.

Cayó abajo y rodó sobre la piedra hasta caer en las aguas. En el cristal de las aguas pasaba un cardumen inocente a la pesca del sol en el agua. Escuchó el hondo respirar del puma en la punta del precipicio y entonces se incorporó y casualmente se tocó el cinto. Llevaba en él atravesado un facón. Y tuvo el breve recuerdo, recordó que el hombre del camino allá abajo le había dado su facón y le dijo:

– Llévelo, hombre, puede necesitarlo.

Tomó el facón y miró al puma. Se bendijo por haber recordado algo de lo que pasó hace menos de una hora atrás. Y pensó que hasta podía ser que olvidara que el puma estaba detrás de él, por lo que caminó de espaldas hacia la otra orilla. Era un riacho apenas profundo, el puma lo cruzaría también. Y del otro lado solo había yuyal y pared de piedra. Echó una ojeada y vio una saliente. Tal vez pudiera trepar a la piedra. Y siguió caminando de espaldas, mientras el puma ya había saltado hacia abajo y se acercaba a la orilla.

Miró más allá y vio a una persona, quizá el encargado o el casero de la casa-museo, y le hizo señas. El hombre lo ignoró y siguió haciendo lo suyo, que era llevar una manguera hacia los canteros junto a las paredes de la casa.

El alma, de nuevo pensó en eso. Había pedazos sueltos que ya no servían para nada, y otros los había perdido no sabía dónde. No sabía qué forma tenían, si eran líneas rectas o curvas, si tenían la forma de un pecho o de una cabeza o de ninguno de los dos. Esos pedazos, desgarrados y caídos en algún lugar, le hicieron pensar que su cuerpo acabaría también así: desgarrado en pedazos. Y quizá no pueda evitar que eso pase con el cuerpo, pero tal vez habría podido evitarlo con el alma. De algo estaba convencido: fue algo sorpresivo, inesperado quizá, cómo perdió el alma, cómo se le hizo pedazos en algún lugar. Y siguió caminando hacia atrás, mientras el puma se tomaba todo el tiempo y caminaba lento hacia él. No debía correr, porque en ese caso el animal correría y el Gringo estaría perdido. Chocó con un zarzal y siguió caminando de espaldas, con el facón empuñado y apuntando hacia el animal. No sabía cómo usarlo o no recordaba.

Miró el facón, con su empuñadura gastada como un camino que no tiene regreso. A cierta edad, o digo en cierto tiempo, todos los caminos tienen un regreso. Pero luego no hay dirección y todo camino se vuelve una línea recta sin retorno alguno. El Gringo pensó en eso sin que el recuerdo lo ayudara, y también pensó que sin un regreso a algún lugar, si no se sabe qué lugar ni dónde, entonces es mejor acabar sobre esa línea recta que no tiene vuelta. Un hombre necesita de un retorno. Del descanso que halla en el retornar, de un mantel familiar sobre una mesa, que solo se halla en el volver. Y adónde habría de volver, adónde estaba algún volver.

El puma se acercó más y el Gringo quiso tirar el facón al suelo, pues nunca había usado arma, y se sabía cobarde. Sin embargo, por decoro se quedó con el facón en la mano. De alguna manera, comenzó a tranquilizarse al pensar que si aquel animal desgarraba su cuerpo en pedazos, no estaría haciendo más que uniendo los pedazos del alma con los del cuerpo. Solo estaría poniendo unas cosas junto a otras, haciendo con una parte lo propio que fuera hecho con la otra. Y sería lo mejor.

Tal vez fue el casero de la casa-museo, pero alguien dio aviso sobre el puma y apareció un paisano a caballo en la otra orilla, el puma se dio vuelta y rugió, y el paisano le dijo al Gringo:

– Quédese quieto, no se mueva. Esta bestia bajó del cerro hoy, viene de allá arriba, y lo estábamos buscando.

El caballo corcoveó y levantó las gotas del río. El puma se quedó en el medio, entre el paisano y el Gringo, y no miraba a ninguno de los dos, sino que sus ojos se clavaron en el cerro. No le habrá sido fácil bajar, pero de seguro no podía volver a subir sobre esa empinada pared. El paisano maniobraba el lazo que traía, ajustando el nudo y el ancho del lazo, y mientras tanto hablaba, quizá para distraer al puma, para dejarlo estático en esa posición, escuchando el zumbar de las palabras:

– ¿De dónde viene, caballero?

– No lo sé.

No lo sabía y cada vez recordaba menos, y quizá dentro de unos momentos no recordaría siquiera el instante anterior en que estaba frente al puma. Le pareció que su vida era menos valiosa que la del animal, que seguramente sabe a dónde retornar: arriba de la montaña. El qué hacía allí, eso lo explicó vagamente el paisano:

– Este animal viene de arriba a buscar algo. Y estará con hambre pronto.

– Yo no vengo a buscar nada -dijo el Gringo, como si hablara por el animal. -He perdido algo pero no hay lugar donde pueda volver a encontrarlo.

– En ese caso -dijo el gaucho -le recomiendo un té de yuyos.

La montaña nos miraba desde arriba. Y la montaña tiene memoria, recuerda los versos del indio, las voces y susurros de los animales, los pájaros que andan en el agua. Los rostros de las lagartijas, el lomo de las corzuelas, los dientes del puma, la noche de los peces multitudinarios. El alma de la montaña no se hace pedazos, siempre es una sola roca, atraviesa el tiempo como nosotros el espacio, grita cuando la noche pone una sábana sobre ella, se regocija en el salvaje correr de la distancia. Se hace mundo en su propia, indivisible estampa.

Porque el alma y la memoria son uno.

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