El mensaje de WhatsApp | Tercera Parte

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Después de la desagradable escena, Leonardo condujo a más de ciento veinte kilómetros por hora, casi colisiona tres veces antes de llegar a su domicilio. Cuando llegó, tenía a ligera sensación de que alguien lo seguía, era como si una presencia lo observaba desde la oscuridad, susurrando silenciosamente una carcajada burlesca al oído.

Tomó su celular y el mensaje seguía ahí, como si se riera de él. Las letras negras traspasaban la pantalla de su móvil e impactaban en sus retinas, llenándolo de pánico y miedo. Una lagrima corrió por su mejilla, nunca en su vida estuvo tan asustado como en ese momento.

Se movió rápidamente por la cocina y cuando entró al pasillo vio una escena que lo enloqueció: la sangre que había limpiado un día antes volvió a aparecer como un espectro malévolo y desafiante.

La reparación abandonó del todo el cuerpo de Leandro. Inhalaba grandes bocanas de aire, pero este parecía negarse a llenarle los pulmones. Sus piernas comenzaron a temblar, parecía vacío, taciturno; como si estuviese perdido en la niebla. Se sentía como un tipo que camina por una cornisa cegado por el sol y con una insolación inclemente. Sus movimientos se volvieron débiles y torpes y el sudor le caía a borbotones.

Intentó tragar saliva, pero su garganta estaba muy seca: un gusto a sangre subió por su paladar hasta llegar a la lengua; pero, no era el gusto normal que la sangre tiene cuando por accidente te lastimas la boca. El sabor era de putrefacción, como si se estuviese pudriendo en una zanja llena de moscas enormes y otras alimañas.

Su celular comenzó a resplandecer, uno, y otro, y otro mensaje llegaban al móvil con la leyenda: jeje, jeje, jeje. Esa era la risa característica que su esposa, Florencia, usaba en alusión a algo que le causaba gracia.

De pronto, sintió que perdía el equilibrio, y fue cuando la energía eléctrica se esfumó de la residencia. Todo quedó en un completo silencio y oscuridad, similar al que da la frialdad de la tumba, a excepción del móvil que seguía centellando con mensajes que repetían sin cesar: jeje.

Era Florencia, se estaba burlando de él. Tomó el celular e intentó apagarlo, pero el aparato no respondía. Se dio cuenta de que era inútil seguir tratando. Entonces, encendió la linterna para poder moverse hasta el tablero secundario que estaba en un rincón de la cocina. Caminó escuchando como unos pasos lo seguían muy de cerca. Giró sobre si mismo alumbrando hacia el frente todo el tiempo.

No vio absolutamente nada. Alumbró hacia el tablero y lo abrió. Los dispositivos de protección se encontraban abajo — debe de haber sido alguna falla en la instalación — se dijo.

Subió los interruptores, pero la electricidad seguía sin volver. Lo hizo nuevamente una y otra vez, pero el resultado era el mismo. Lo único que despedía una leve luz era la linterna del celular que parecía debilitarse a cada segundo. Miró hacia el pasillo alumbrando frenéticamente, intentando no caer en un ataque de pánico; lo cual era en vanos, porque estaba a punto de gritar como un loco atado con camisa de fuerza. Alumbró hacia el pasillo y vio como la sangre se dirigía hacia él deslizándose por el suelo. Era como si él fuese un imán y aquel líquido negruzco fuese partículas magnéticas. El la atraía y la sangre disparaba hacia su dirección, como acusándolo del crimen atroz que había cometido. Cerró los ojos y gritó lo más fuerte que pudo, hasta que sintió el frio del fluido putrefacto en sus dedos.

Sin darse cuenta cayó al sueño desmayado y no se levantó hasta al otro día, alrededor de las ocho de la mañana, cuando un oficial de la policía tocaba a su puerta…

Continuará…