Políticamente incorrectos II

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Les mentí. Cuando dije que me había encontrado con ese hombre, ahora casado, y que habíamos sido políticamente correctos, mentí.

El deseo no sabe de discreciones, pero el que nos juntó en ese café, sabía perfectamente dosificarse para lograr un incendio en nuestras manos.

Sinceramente, poco me importaba ese anillo. A fin de cuentas, no creo en esas sociedades. Nos comíamos con la mirada, respirábamos el olor de nuestros cuerpos, nos rozábamos con la suavidad de los manjares caníbales y aún, caminando por el borde del precipicio, ninguno tomó iniciativa de beso.

La noche anterior me había escrito para contarme que su estadía se prolongaría un poco más, el tiempo justo para vernos. Había traído con él un regalo y no quería llevárselo nuevamente a Mendoza. Pusimos hora y lugar. Moría de nervios, yo no me parecía ni un poco a la mujer que vio por última vez en este cuerpo y éste también había cambiado su apariencia. Un año había sido suficiente para poner nuestras vidas en planos totalmente diferentes, seguros, decididos y encaminados. ¿Nos volveríamos a gustar? ¿No hubiera sido mejor seguir enamorados del recuerdo, en lugar de tentar a la desilusión con la realidad?

Cuando lo vi, estaba igual de hermoso que siempre, con ese color de “dame cinco minutos más” al sol. El hablaba de cosas que, de momentos escuchaba y de momentos me perdía, tanto en el sabor de su voz como en el sonido de su mirada. Me arrepiento de no besarle todas esas cartas que traía para jugar.

Sacó de su bolso el regalo. Había traído para mí, embotellada la tinta del corazón de las vides, de dos enamorados. Un vino especial, con historia y dedicación. Quise acercarme, tomar su cara entre mis manos y descansar en sus labios, pero elegí corresponder con algo más. Sosteniendo una tensión que hasta el cajero del lugar notó, levantamos nuestras cosas y le pedí que me acompañara a la librería.

Yo estaba leyendo un libro de Balmaceda: “Romances argentinos de escritores turbulentos” Estaba enamorada de todas esas historias, unas en París, otras en Buenos Aires. Mientras estuvimos en el café —como saliendo de mi cuerpo y observando desde afuera—nos veía como algo que nunca coincidió en tiempo y espacio. No coincidíamos, pero los trascendíamos. Éramos nuestra historia y la de todos esos escritores. Éramos prohibidos, yo era prohibida para él. Como Emilia a Lugones, como Matilde a Pablo Neruda, como María Esther a Horacio Quiroga.

Correspondí el gesto con una entrega de plumas, dedicadas al amor. Quería que, al leer esas historias, me tuviera un ratito entre sus manos. Estábamos dispuestos a sentirnos, aunque la distancia nos diera pelea.

Inventamos una dimensión nueva, un mundo paralelo solo nuestro, para encontrarnos en cualquier latitud del interior del libro.

Él y un café más cerca del Pacífico que del Atlántico. Yo con un té, más cerca del Atlántico que del Pacífico, pero ambos con nuestro libro en la mano, listos para la cita.

Nos mandábamos un mensaje con la dirección del lugar en cuestión: «Página 32, escrito en cursiva. Continúa en 33» Estábamos ahí, en el fragmento de poema que le escribió Quiroga a María Esther. Podía saborear su beso infinito entre los arándanos y la canela de mi té y acariciaba las palabras con las quería tocarlo como un ciego lee braile. Sentía sus manos en mi piel cuando cruzaba de una hoja a la otra y su lengua rozaba el contorno de mis labios en el punto final de la oración.

«Página 81, párrafo 3, oración 4, texto entre comillas. Te veo ahí» Victoria Ocampo escribía “Miré esa mirada y esa mirada miraba mi boca, como si mi boca fuesen mis ojos”. Nos recordábamos en el café, en mi casa 12 lunas antes. Nos imaginábamos una vez más enfrentados, rompiendo la escuadra de sus legalidades y dándole al cuerpo lo que es del cuerpo. Imaginaba esos ojos acariciando mis pechos con la suavidad de los kilómetros y la fuerza de un tren que los recorre. Con su pensamiento, llevaba mi mano a tocarme los pasajes que Victoria Ocampo no escribió.

«Página 124, texto escrito en verso. Llevate un abrigo, está fresco».

«Página 151; último párrafo. Con éste te conquisté en el café, cuando me regalaste el vino. Te espero ahí, llego en 30’.Si llegás antes, andá llenando la bañera».

Un día se nos ocurrió algo: dado que solo habíamos coincidido tres veces, una por año. La primera en Mendoza, las otras dos en Buenos Aires, alimentaríamos la memoria de manera retroactiva. Nos dijimos los nombres de los perfumes que usábamos actualmente y fuimos a una perfumería. Cada uno pidió una muestra del que usaba el otro. Ésta, que a veces hacía de separador,aromatizaba las hojas para respirarnos.

En un libro de 399 páginas tuvimos un mes de citas, de encuentros, de tocarnos con poesía, de respirar nuestros perfumes. No podíamos más, necesitábamos vernos. La pasión se desbordaba en forma de discusiones sin sentido por el solo placer de llevarnos a algún lugar que en letras no hubiéramos llegado aún.

No resistí.Saqué un pasaje en avión con destino a Mendoza.

Cuando llegué, me alojé en un hotel. Sólo él sabía que viajaba.

«Página 400, párrafo Intercontinental, habitación 713. Sé que estamos cerca, no te demores»

En menos de una hora lo tenía en el hotel. A penas abrí la puerta me atropelló con un beso que dejó en evidencia las ganas de vernos que ambos teníamos. Nos volvíamos torpes en el afán de descubrir nuestros cuerpos como tantas otras veces lo habíamos imaginado. Podíamos cerrar los ojos y sentirnos, sin tener que dibujar en la mente las siluetas. Cercando con los dedos los límites que en minutos más dejarían de existir, desnudos, tendidos en la cama. Por momentos nos alejábamos un poco para mirarnos perdidos.

—Pará, Andrés, pará. ¡Pará!Jajajaja. Esperé mucho este momento, voy a poner música.

—Qué música, vení acá… Dale… Bueno, poné música. ¡Que linda cola, Dios!

Como pude me escapé de sus manos, corriendo desnuda en la habitación con el celular en la mano. En el aeropuerto, tuve tiempo de pensar qué música marcaría ese momento. Comenzaba a sonar Jack Johnson.

Me mordí los labios, sonreí. Él también lo hacía, conocía la canción.

Empezamos otra vez. Acostada en la cama entre sus brazos, sentía tibio su cuerpo sobre el mío. Su pierna izquierda se perdía en la unión de las mías dejándose mojar por el caudal que denunciaba una larga espera. Con sus manos recorrió cada una de mis columnas y con sus dedos abrió las puertas de mi templo. Con mis manos extraviadas en su pelo, se abrió camino en los pliegues de mi femenino estupor. Afinando la punta de su lengua sin juicio, diseñó para mí un recorrido húmedo de placeres aún no escritos y sucumbió con ella hasta mi centro profundo.

Vino a mi boca la suya y con ella mi sabor. Reconocerme en su beso, verme en sus ojos y encorvarme hacia adelante con un jadeo, un quejido y su vicio engrosado y duro llenándome hasta los bordes; no dejó lugar a pensamiento alguno.

Al ritmo de la música, mi punto débil se mecía sobre su piel rasposa de reciente prolijidad. Mi cuerpo estaba hinchado por el éxtasis. Mis pezones, delirantes, buscabanpelear con sus manos, incitaban a su boca y desafiaban a sus dientes de morderlos, así fuera un poco. Lo separé de mí, empujándolo hacia la cama y me senté sobre él, de espaldas. Quería dejarle postales de mi viaje relámpago. Unas con las que recordara ese paisaje redondo y suave, enmarcado con sus manos morochas haciendo presión y moviéndolo a su gusto y ritmo.

En mi espalda, se formaba un surco que señalaba el final; el mismo de donde él me sostenía con un pulgar decidido y curioso. Este detalle detonó instintos primitivos y nos olvidamos de las cortesías que teníamos hasta el momento, de las citas bibliográficas y los perfumes.

Se sentó en la cama, con su torso apoyado en mi espalda, mordiendo mis hombros y apretándome los pechos con las dos manos. Movimientos de infernal desenfreno con impulsos cada vez más intensos, más profundos con saturnal lujuria y empoderado placer, sudando el cuerpo ajeno y confundiendo fluidos.

Se dejó morir sin retirarse.

Me dejó caer hacia adelante, rendida en sus piernas y un fresco ante sus ojos, perversos descansados, de orgasmos mutilados a la luz de un hotel.

La luna salía sobre sus obligaciones y nos sobraban los motivos para vernos otra vez.