Frutas prohibidas

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El cuentito nos lo contaron bien de chiquitos. El escritor nunca habló de manzanas, sólo hizo referencia al fruto del árbol del bien y del mal. No tengo idea por qué los artistas pictóricos decidieron maldecir a la manzana y no a las naranjas, las peras o las uvas.

Nunca me cerró la historia del jardín del Edén. Desde que escuché el cuento, me pregunté cómo fue que de una sola mujer y un solo hombre se creó luego toda una comunidad. Nadie respondía la pregunta. Por algo el incesto sigue siendo un tabú y el complejo de Edipo trae más problemas que soluciones a la psique de la gente. Tampoco hablan de relaciones triangulares.

Pero fui más lejos en mis enroques mentales. Tampoco me cerraba que el fruto prohibido proviniera de un árbol que, al mismo tiempo, pudiera ser del bien y del mal. ¿Cómo saber cuál es el fruto bueno y el malo? ¿Dónde estaba la verdadera prohibición?

Borges escribió: “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?” Fue contemporáneo a Einstein, quien diría que “Dios no juega a los dados”. Los he sacado de contexto a ambos. ¿Quién no? Frases tan exquisitas y llenas de contenido, perturban cualquier mente que pretende entender de qué se trata el cuento, o el juego.

Imposible imaginar que un dios epifánico, que inspira a alguien a escribir la metáfora del árbol y los frutos prohibidos, no quiera sino jugar con el lector inocente. Quizás no a los dados, ni al ajedrez, pero sí a las escondidas. ¡Pobre manzana! Tan deliciosa que es.

La obsesión con los frutos, me hizo observar su génesis: las flores. La exquisitez de la abeja succionando el néctar de los pistilos en flor, quizás sea comparable al de clavar el aguijón en su amenaza, aun sabiendo que le provocará la muerte. De la flor fecunda, surge el fruto. Y ahí entro yo con mi fascinación por el instinto nigredo. La atracción de aquello que en el fulgor de su dulzura vital, comenzaría a evolucionar a un estado perfecto para ser devorado por otro.

¿Qué me hace inferior a ese otro que pretende lo mismo que yo? Ser un lepidóptero de segunda generación que desecha flores para ir por la fruta no me pone en diferente nivel de la cadena alimenticia. Es una lucha de poder y de supervivencia, como todo en la naturaleza.

Creen que somos una plaga. Y lo bien que hacen. Porque podemos devorar los frutos y también a quien los come, eliminando cualquier impostor que, con alitas de colores, crea que domina el interior del estómago de cualquier bobo comelarvas.

La fruta sabe cuándo entramos a succionarle su vitalidad. Y nos desea. Sabe que de todas maneras será comida de alguien y prefiere la lenta agonía que ya conoce, a la brutalidad de una deglución instantánea.

Ya fue flor y sucumbió al éxtasis de la abeja. Sabe que en su proceso a ser fruta, puede ser también nido. Y nos permite entrar, poseerla, amarla, hacer de su corazón un lecho en el que abriremos las alas para luego ir a otra fruta a seguir haciendo lo mismo: entrar, enamorar, poseer, habitar, dejar la huella, la marca del ultraje, evitarle la condena a muerte por deglución forzosa en pleno apogeo de su virtud natural. Olores, colores y temperaturas nos guían hacia el blanco elegido.

Somos necesarias para el equilibrio. No todos pueden comer lo que quieren y la naturaleza no sabe de propiedad privada ni exclusiva de todo lo que habita en ella. Por eso educamos los deseos y tenemos códigos. No hay límites de frutas ni huevos alojados en cada una, pero de a una fruta por vez, nada de andar dejando huevos en custodia compartida.

Tan justas somos en retribución al favor, que evitamos a la fruta la venta en el mercado callejero adentro de un cajón, hacinadas con otras, compitiendo por un buen puesto en la feria de trueques clandestinos.

El brote y la crisálida son exactos en su emergencia. La fruta nos conoce. Sabe que conocemos el principio y el final. Sabe que respetamos a la que prefiere la travesía nómade de ir a parar a una boca que la arrancó o la compró. Sólo anidamos en aquellas que, permeables al deseo de compartirse, emanan un perfume especial, libre de todo agregado ajeno, ofreciéndose vírgenes de impacto forastero.

En el jardín del Edén estuvimos primero. El fruto prohibido nos abrió su coraza enmascarada y conocemos el secreto. El creador nos puso también en su tablero de juego.

Si esa a quien llamaron Eva, hubiera sido pintada comiendo uvas, el demonio no sería una serpiente mentirosa, sino una lobesia botrana de magníficas alas.

¿Quién mejor que yo para escribir sobre frutas? Por eso te aseguro que no hay ninguna prohibida, porque sé que todas son absolutamente deliciosas.

Escrito por Lobesia Botrana para la sección: