Relaciones peligrosas

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“Guarda silencio cuando no tengas nada que decir, 
cuando la pasión genuina te mueva, di lo que tengas que decir,
y dilo caliente”
David Herbert Lawrence

Al leerla por primera vez me asaltó la duda atroz. ¿De quién estaba hablando? ¿De ella o de mí? ¿Quién era el personaje que ocupaba aquellas letras con aciaga sincronía temporal? El vino, la música, el tabaco y Joaquín rompiendo el silencio entre pentagramas nocturnos y ebrios de San Telmo. Demasiadas coincidencias para una misma noche en distintos meridianos pero a exacta latitud.

Los escritores muchas veces escribimos historias de otros, me dije. Cuando los fantasmas perdidos de luna llena susurran al oído, pasan cosas extrañas que se cruzan en el camino, hilando de tal forma todo lo sucedido que no puedo seguir haciéndome la distraída y debo decirlo.

Escribí de triángulos amorosos y de frutas prohibidas. Lo hacía a ciegas, sin saber que entraba en un túnel. Esta vez, entiendo que hay algo que va más allá de lo narrado, una película que no creí ver de manera tan clara. Y en el instinto animal, asumo el peligro vehemente de salir de la crisálida para ver qué es lo que hay en esas formas que anteceden a cualquier historia, propia o ajena. Abrir las alas hasta alcanzar el orgasmo inevitable entre letras que comenzaba a entender a pesar de ella. A pesar de mí. A pesar de ambas y de un hombre, o dos, o todos.

Esta vez no me senté a escribir, sino a leer. Y mientras lo hacía, repiqueteaba en mi mente la sigilosa cadencia de las letras en el teclado, derramando ríos de tinta en mi mente, dibujando las imágenes insospechadas y vívidas de un deja vú traicionero. Era medianoche cuando llegó a mi computadora el alerta de la publicación y entré. Por segunda vez. Ahí, la confesión impune de la mentira. Como lectora sentí que era un juego literario y no más que eso. Como escritora percibí el frenesí de un mensaje cifrado. Ella parecía saber de mí más de lo que yo hubiera imaginado que alguien podría. No es real. No podría serlo. ¿Y si lo fuera? ¿Hasta dónde llegaría en su locura de contar?

Iban saliendo los versos de mis dedos, pero esta historia no pude versarse. ¡Hay tanto para decir! Miro el cielo a través de la ventana. Estoy en penumbras y afuera la luna llena pende como una lámpara carnavalera, desnudando la oscuridad hasta debajo de las piedras. Ladran los perros a lo lejos, quizás anunciando un presagio, quizás también leyendo el cielo y sus sentencias. Luego, el silencio. Me sirvo una copa de vino y aflojo los hombros. Me acaricio las vértebras del cuello y araño con las uñas el espasmo repentino. Pongo música, la misma que ella. Y siento. Imagino. Me muerdo los labios y suspiro. Me acerco a la ventana y observo… ¡Es tan mínimo el espacio que puedo ver del cielo…! Pero las palabras…, sus palabras son tan inmensas que pueden perforarlo, destruirlo y nuevamente volverlo a pincelar con trazos de insondable aridez, esta vez en mi desierto.

No es posible contar historias no vividas. ¿Cuándo narró la verdadera mentira? Estábamos vinculadas en mucho más que un personaje, una escena, olores, colores, paisajes, momentos. La magia a veces encierra estructuras de universo. El viento mece las hojas de la enredadera que trepa, hila, teje. El insomnio viene a mí con sus sombras, con los seres que vagabundean murmurando cosas que empiezo a entender, sin ver.

La noche tiene esas cosas. Lo que no se puede ver, aparece impune. En la noche puedo percibir y encontrar los signos de las estrellas. Ellos dormirán mientras sus fantasmas me incitan a buscar la verdad en esos relatos de oscuridad tras la ventana, bajo sábanas ajenas, con emociones a flor de piel pulsando las arterias.

Decido saber más. ¡Quiero saber más!  Vuelvo a la computadora y la sigo leyendo, la sigo buscando. Mis dedos enloquecen entre clicks que en mi cabeza dibujan la ruta de curvas y contracurvas, acelerando. Los hechiceros de la medianoche aparecen al costado del camino y me tiran arcanos en la cara: la luna, los amantes, la torre. La constelación de Piscis bordeando la emoción oscura entre los lunares de una piel. ¿Quién es ella? ¿Quién soy yo? Maldita bruja modelando la realidad a su antojo, creando lo que podría llegar a ser o no sería más que a través de las letras. Desee verle los ojos tras el antifaz y decirle que acá estoy. Devolverle la jugada de las runas cayendo sobre sus pies descalzos frente a los míos. Me había desnudado sin permiso y eso no era gratuito.

En carne viva, bebí más. Humedecí los labios. Cerré los ojos y los imaginé surcando el desagravio entre sábanas alquiladas. La envidié. La odié. Y también la amé en un espacio que todavía no comprendo. ¿Es posible que dos personas hubieran tenido la misma experiencia vital de compartir una misma historia? ¡La misma! ¿Misterios literarios? ¿Gemelismos trágicos? ¿Distintos planos de realidad y una misma vivencia? ¿Habría también ella leído en mis palabras un mensaje que sólo entenderíamos nosotras? Pitágoras se reía de mí dibujando triángulos en mi mente mientras la libido pulsaba por salir.

Encontré un espejo en el cual mirarme, una voz en la que me hallé, casi un mismo espíritu viviendo entre mis hojas y observándome desde el vidrio de la ventana. Debería dejarlo ahí, como una coincidencia que se ríe de mi destino, desgarrando por los aires los hilos, las tramas, los silencios. Pero quiero escribirlo.

Dejo la copa en la mesa y me quito la camisa, quedando frente a su imagen en la pantalla tan desnuda como me había dejado. Estiro los dedos frente al teclado para desvestir también a la verdad, llegar a saber si es real o si es un espejismo de mi mente imaginando una historia inexistente.

Cuando las historias se cuentan, toman vida y son también las historias de alguien más. Conjunción extraordinaria que salía a la luz tras el eclipse, quitándome la venda de los ojos. Dos reinas en el mismo tablero de juego. Habría un duelo, inevitablemente. Caería un rey, inevitablemente. Y yo no juego para hacer tablas. Ya no. La historia nos precedió, quizás siempre la historia antecede el deseo. Y mi mente, máquina infernal del infinito, está decidida a ir hasta el final del juego.

Me asaltó la lujuriosa tentación: a ver qué haces al leerla, cagón, pensé. Con ella y contra él, copié el enlace y se lo compartí en el celo infame que me oprimía la garganta. “¿La conocés?”, le escribí en un mensaje, abriendo el tablero con el peón de la reina. “No”, respondió él, imitando el movimiento. “Es hora de que la conozcas, entonces”, contesté sacando el primer caballo, esperando que mi ataque surtiera el efecto imaginado, tensando sus fibras íntimas en la incertidumbre de la amenaza.

Miré de nuevo hacia afuera. Me vi en el reflejo del vidrio, sentada frente a la computadora con mis pezones erectos y el flujo empezando a desandar el primer paso hacia el éxtasis de la venganza abrazándome por la cintura, con el dedo de una extraña descendiendo por la columna vertebral de mis adentros. Era un presagio, correrán ríos de tinta sobre una piel desesperada.

El espejo no es espejo, sino el reflejo de una ventana a través de la cual mirar. Mariposa desnuda en la fruta prohibida de alguien más. Hipotenusa criminal. Voy a correr las cortinas y desgarrar las fibras de la cama hasta que arda en la inesperada inquisición. Quizás es hora de usar el antifaz y ser también políticamente incorrecta.

Escrito por Lobesia Botrana