El mensaje de Whatsapp | Quinta Parte

  •  
  •  
  •  
  • 21
  •  
  •  
    21
    Shares

Se sentía cada vez más furioso y agitado. Era como revivir la noche en que mató a Florencia. Inhalaba todo el aire que podía, sin embargo, sentía que sus pulmones nunca se llenaban, era como intentar inflar la cubierta de un auto solo con sus pulmones.

La cabeza de palpitaba en un martillar incesante y; como si fuera poco, en el ojo izquierdo, una mancha negra resurgió nublándole casi toda la vista. Maldecía a cada paso y con cada movimiento que se amortiguaba en su adolorida y atormentada cabeza.

Ya no lo soportaba más, necesitaba recostarse en su cama y dormir, dormir mucho; si era posible hasta que el cuerpo inerte de su esposa se terminará de podrir en la fosa que él mismo había cavado hacía tres días atrás.

Cuando se encaminó a su dormitorio, se percató que su celular no dejaba de vibrar. Al revisarlo leyó más de cien mensajes burlescos de su ya fallecida esposa, que lo denigraban como hombre y cada uno de ellos estaba acompañado con un “jaja” tan característico de Florencia. Entonces, un grito, estridente como un relámpago en una noche despejada, surgió de lo más  recóndito de su ser…

―!AAAAAAHHHH! ¡Mátame o déjame en paz, hija de puta! ―vociferó. Lo que Leandro desconocía era que el inspector todavía no se había subido a su vehículo y escuchó todo lo que acontecía adentro de la residencia. El oficial se volvió, pero se arrepintió, pues percibió que algo estaba a punto de pasar. En lugar de volver, como primera reacción, se sentó adentro de su patrulla y se quedó expectante, esperando pacientemente.

Mientras tanto, Leandro seguía maldiciendo, sus ojos despedían lágrimas debido al atormentante dolor de cabeza. Empezó a caminar hacia su dormitorio, tanteando las paredes, ya que no podía abrir los ojos. Cuando llegó al lugar donde la cabeza de Florencia se partió en dos notó que el suelo estaba húmedo. Entrevió uno de sus ojos y vio la mancha de sangre que parecía querer trepar por su pierna y ahogarlo. En ese momento, el aire se le hizo todavía más delgado. Trató de continuar, pero cuando alzó su mirada para ver el umbral de la puerta de su habitación, vio que la silueta de su esposa estaba parada justo debajo del marco, llena de tierra y sangre, observándolo con odio y cizaña. En lugar de correr, como la última vez, le arrojó su celular, el cual la atravesó como si se tratase de una simple cortina de agua.

Leandro, al ver que no le sucedió nada, corrió en su dirección y se arrojó sobre ella. El resultado fue el mismo, solo se golpeó en la cabeza cuando la atravesó y el dolor se intensificó. Cansado de todo lo acontecido vociferó:

―¿Así qué me queres volver loco, hija de puta? ―La sombra de su esposa lo miraba con una expresión burlona, jactándose de que Leandro estaba cruzando la delgada línea que lo llevaría a la locura― Te voy a prender fuego, conchuda. Te voy a desenterrar, te voy a partir con la pala y después te voy a prender fuego. Y cuando termine voy a tirarle tus huesos a los perros.

Se levantó, fue hasta su auto y salió, a plena luz del día, a toda velocidad. Mientras que Leandro conducía a más de ciento cincuenta kilómetros por hora, el inspector lo perseguía muy de cerca y pedía refuerzos.

En solo una hora llegó hasta la tumba de su esposa.

―Esto querías, hija de puta. ¡Esto! ―gritó, mientras clavaba la pala una y otra vez en la fosa. El inspector llegó poco tiempo después, al igual que sus refuerzos. Se quedaron a una distancia prudente, observando cómo Leandro trabajaba arduamente bajo un sol sofocante.

Hasta que vieron que sacaba un objeto enorme de debajo de la tierra.

―Ahora ―ordenó en inspector y se acercaron lentamente a espaldas de Leandro que, en un ataque de locura, reía a carcajadas. Entonces, el desquiciado hombre comenzó a romper las bolsas de consorcio y la cinta de papel con sus propios dientes y una parte del cuerpo de Florencia, más bien dicho la cabeza salió a luz, enseñando una herida profunda y llena de sangre coagulada.

―¡Alto! ―dijo el inspector, absorto por lo que veía. Leandro se volvió con la sonrisa desencajada y balbuceando como un histérico― Alto le dije. ―Y Leandro se detuvo entrando en razón. Vio el cuerpo de su esposa, blanco, inerte y sucio; y comprendió que se embauco a sí mismo…

Continuará…