La mujer en el espejo

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“Sabina se quedó sola. Regresó al espejo. Seguía en ropa interior. Volvió a ponerse el sombrero y estuvo largo rato observándose. A ella misma le resultaba extraño llevar ya tantos años persiguiendo un instante perdido”.
La insoportable levedad del ser. Milan kundera. Tercera Parte. Palabras incomprendidas. Capítulo 2.

Salí de bañarme con el pelo revuelto, envuelta en mi bata blanca. Me senté en la cama, frente al espejo, como hago siempre, con el celular en la mano. Hice tiempo blanco mirando historias de Instagram, busqué la cuenta de Juan Andrés. No nos seguimos, pero los dos tenemos el perfil público, se lo ve muy bien.

Ya será lunes y me volverá a escribir, pensé.

Los suspiros de amor son con la boca entreabierta; los de cansancio, pena y decepción se escapan por la nariz a boca cosida. Me mordí los labios y por mi nariz hice un puente con un suspiro de su nostalgia.

Ya estaba casi seca, el roce con la bata y el tiempo que había pasado secaron las gotas que me gustaba mirar en el espejo. Aún quedaban esas que bajan del pelo, que se anidan en el espacio entre el cuello y la clavícula y ruedan divertidas hasta el pecho para morir ahí.

Abrí un vino y empecé a dejar a mano la crema, el peine, la bombacha… no había reloj para mí y eso me encantaba.

Me serví una copa. La saboreaba despacito, mirando en el espejo la asimetría de mi cuerpo. Miré mis pechos, redondos, blancos; mutilados sus pezones por un piercing que se pone frío. La cintura, tesoro mío que anhelo no perder. Mi abdomen que empieza a reclamar que ya no tenemos 22, el lunar con relieve que tanto me identifica. ¿Quién era ella, que me miraba siempre atenta? ¿Quién era yo, que buscaba en ella mis errores? ¿Yo era yo o era yo quién ella creía ser? Esa noche, sin saberlo, tendría algo más que un buen baño caliente.

Dejé la copa y la cambié por la crema. Me senté en la cama, me serví de ese líquido espeso y blanco en la palma de mi  mano y comencé el ritual. Siempre empiezo por las piernas, llevo la rodilla al pecho y lo hago como si desde el espejo alguien me espiara. Bajo los pies al piso, en punta, con apertura casi 180 y mis gemelos se dibujan como por el lápiz de un artista. Otro poco de crema en las manos y paso de un muslo a otro sin dejar de acariciar mi piel. Con ambas manos, de derecha a izquierda y viceversa.

Me gusta cuando las dos se encuentran en el medio y se dan besos con los dedos sobre un colchón de carne hinchado, curioso de placer.

Brindo por la gente que vive en los cristales. Levanto la copa a su salud.

Increíble mecanismo el del espejo, siendo “la prueba que nos da la carne de asumirnos vulnerables”, descubiertos, desnudos… o así leí por ahí. Infinita te veo, elemental ejecutora de un pacto antiguo, multiplicando el mundo como acto generativo, insomne y fatal… le recito a esa mujer que se refleja, mutilando un poema de Borges que recordé. Brindamos juntas, ella también tenía una copa.

Otro sorbo de vino anticipa el fuego del sexo casual que tendría con ella, que me miraba posesiva y excitada. La iba a desnudar sin otro permiso que el mío. Quería deslizar por sus hombros esa bata que caería pesada al piso frío y provocaba el empuño desafiante de sus pechos. Busqué un pequeño juguete que tenía, para mi sorpresa, muy guardado. Es pequeño y de una silicona suave. Me ubiqué frente a esa mujer para mirarnos en cada movimiento que diéramos. Yo hacía y ella me seguía.

Nos llevamos a la boca a nuestro pequeño amigo rojo y para besarlo como si éste tuviera conciencia de lo que le hacíamos. Quedó bien mojado de nuestras salivas. Nos dejamos el control cerca para darle velocidad media cuando ya estuviera adentro. De manera suave, una mano separó los pliegues de la libertad mientras la otra nos mostraba los vicios de estar sola. En el entrevero de ser y no ser, el espejo o yo —no sé quién tuvo la iniciativa— puso en marcha la delicada labor del motor a pilas. Un reflejo muscular estiró mi espalda hacia atrás y dejé de ver a la impúdica que repetía mis acciones. Ella se quedó ahí sentada, en el espejo, mostrándome sus pechos y tocándose conmigo.

Sonó el teléfono.

Un mensaje de Nicolás, un amigo con el que trabajamos en un proyecto en común. ¡¿Ahora?! ¡¿En serio?!

No atendí, pero fue insistente en sus repeticiones. Más temprano jugó Racing, pensé. Debería estar festejando ¿qué hace llamando un sábado a las diez de la noche? En eso, llega un mensaje que dice: “estoy cerca de tu casa, vamos a tomar una birra. Sé que no tenés planes, nunca tenés”. Estúpido, me conocía. Yo estaba en mitad de un asunto en el que cualquiera hubiera podido colaborar, menos él.

Volvió a llamar, atendí.

—¿Qué haces Nico, todo bien? Si estoy, pero me agarrás casi de salida. ¿Acá a dónde?

Y sonaron tres golpes de nudillos en la puerta de casa. Estaba afuera.

—Avisá con tiempo… No, nada especial, pero salía de bañarme. Te dije de salida, no cambiada y lista… La puta madre, dame un minuto.

Guardé a nuestro amigo rojo en el placard. La mujer del espejo seguía sentada en su cama mirándome con cara de odio. Le pedí que se tapara o que se fuera, pero que hiciera algo, teníamos visitas… después la seguíamos.

Le abrí en bata y le serví vino. Salió de mí una especie de sermón de “no podés llegar sin avisar”. Es más chico que yo, y me despierta ese lado… no sé… medio que lo cuido y medio que lo reto. Rematé con un “y sacate ese bigote que me distrae cuando te hablo”. Él se rió con una sonrisa blanca y perfecta, y respondió: —Te encanta este bigote….

Nos miramos cómplices.

Hablamos de tonterías que no van al caso, nos dimos la mano en reiteradas oportunidades, de esas que los dedos acarician la piel con ternura. Notó el olor a crema y se acercó una para respirarla más de cerca, con sus labios apoyados en uno de mis dedos. A él también se le escapó un suspiro, y tampoco el suyo era de amor.

Nico traía pegada la melodía de balada para un loco —aunque siempre le inventaba letras nuevas— el corazón bastante roto y unas copas de antemano. El desvarío, un poco de soledad y el deseo implícito y compartido, lo trajo hasta acá. Él no me buscaba a mí, quería correr con suerte y no verse reflejado sólo en el espejo. Iba camino a vestirme y me pidió que me quedara así. No es por nada, solo quiero que sigas siendo vos, mientras estoy acá —dijo.

Había un dejo de nostalgia, mezclado con la sinceridad de los borrachos. En la boca teníamos el sabor amargo de los besos que murieron allí, antes de llegar a destino. Nos envolvimos de desencuentros y buscamos en el otro un calor genérico, placebo de horas, mentira de ocasión. Ideal para lo que yo había empezado y para lo que él buscaba tapar. Dos cuerpos, en el momento indicado y en el lugar ideal. Sensual bloqueo de la capacidad para decir que no, que nos regala el vino y el desamor.

Cerraré los ojos, y pensaré en Juan Andrés. Cerrará los ojos y disfrutará.

Nuestros cuerpos, iluminados por la luz tenue de una lámpara de sal, se reflejaban dulces en el espejo. Y ella también estaba ahí, con su antifaz puesto y con algo más que el reflejo de Nico. La vi plena, acechante, creyendo con fidelidad devota que el hombre tendido en mi cama era el fruto del que ella comería. Nos miramos desafiantes, ella quería salir.

—¿Te gusta mirarte en el espejo?, preguntó Nico.

—Si mirás con atención, son ellos los que no dejan de mirarnos.

“El hecho de no verte y de saberte
te agrega horror…” J.L.Borges.