La llamada

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Sergio estaba sumergido en el libro desde hacía tres días. El relato era atrapante. Amadeo, un psicópata asesino, acechaba a Diana, una joven mujer desde las sombras. Su semblante siniestro la perseguía incluso en el silencio de los pasillos, en los recovecos de cada claroscuro citadino desde hacía varias noches. La historia del asesino serial de Luján no era muy trascendente, pero estaba narrada de tal manera que sumía al lector en las entrañas de la misma, tal cual le habían contado. Amadeo no era el típico asesino de las historias, cínico y calculador, sino que era torpe y brutal, pero había algo más profundo y llamativo en la historia. Había una lista detallada de las víctimas, las cuales en algún momento habían tenido buena relación con el asesino, y eso era lo que más miedo generaba.

El relato se desarrollaba en un día ordinario para Diana, nada fuera de lo común. Se había quedado trabajando horas extras en una oficina ubicada en Ciudad y no había podido ver las noticias de las que hablaba toda Mendoza. Tampoco logró cargar su celular, donde varias llamadas y mensajes se almacenaban advirtiendo que hacía un par de horas alguien había logrado escapar de las garras del asesino y lo había reconocido. Se trataba de Amadeo Suarez, quién estaba prófugo del psiquiátrico el Sauce desde el año anterior. Amadeo Suarez… aquel novio psicópata que le arruinó cinco años de su juventud. Amadeo Suarez había sido visto por última vez merodeando las calles de Luján, el pueblo que vio nacer su relación.

Había algo siniestro en el relato, había algo crudo y tajante, que fusionaba la ficción y atormentaba la realidad. Quizás el vértigo de la narración o tal vez la cercanía de los lugares. Sergio leía en la soledad de la noche, recostado en el sillón. Jamás había sentido la necesidad de tener que levantar la vista a cada instante para aseverar que nadie más estaba en su departamento. Le habían contado de la intensidad del relato y cuando le sumó la dificultad de conseguir el libro original, la ansiedad lo llevó a devorar los párrafos hasta altas horas de la madrugada. Entonces sonó su teléfono.

Detuvo la lectura, miró en dirección al aparato, en completa quietud, sin esperar la llamada de nadie se quedó esperando que el “ring” cesase. ¿Qué deuda sería reclamada por un computador a esta hora? Pensó. El teléfono dejó de sonar, entonces volvió a sumergirse en las aguas oscuras de la historia de Amadeo y Diana… esta vez ella corría desesperada, atravesando la plaza principal un frío martes de invierno, con la sensación de ser perseguida como en una cacería.

Nuevamente la cruda alarma de la llamada volvió a interrumpir la lectura de Sergio. Atendió… nadie respondió del otro lado. Cuando se dispuso a acomodarse en el sillón, otra vez sonó. Volvió a atender, pero nuevamente escuchó sólo su voz y colgó. Entonces sonó una cuarta vez. Esperó enfadado que el ruido acabase y luego de un tiempo retornó el silencio. Pero antes de retomar las hojas del libro, el aparato volvió a destrozar la calma. Esta vez se paró violento y desconectó el cable, obligadamente reinó la paz.

El psicópata estaba dentro de la casa de Diana… ella había olvidado cambiar las cerraduras del patio, él había recordado guardar copias en una maceta.

Otra vez el teléfono sonó… solamente que ahora un torrente gélido recorrió la espada de Sergio, que sintió cómo su corazón se ponía alerta  por el extraño suceso. Se puso de pié nervioso, tenso, dejando el libro caer a sus pies…

– ¿Quién habla? – dijo titubeando con voz ronca… mientras del otro lado el silencio espectral detenía el tiempo – ¿quién habla, la puta madre? – volvió a preguntar esta vez firme pero intensificando los temblores.

– Amadeo – respondió alguien del otro lado y la luz del departamento se cortó.

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