Tengo intacto al niño que fui

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“Tengo intacto al niño que fui” dice la canción en la radio, seguramente te pasó, llegaste a un lugar que no visitabas hace muchos años, más específico, desde que eras un niño, ya sea patio del colegio, el kiosco en el que comprabas la merienda en la primaria, la casa que te encantaba y en la que soñabas algún día hacer una vida, o quizás te encontraste con esa persona que te ayudo a levantarte cuando te caíste jugando a la pelota y porque no a la maestra que te separaba siempre de tus amigos porque no parabas de hablar.

¿No te impacto la distorsión de tamaños que había en tus recuerdos? El patio no era tan grande como lo recordábamos, al igual que la casa de los sueños, hoy seguro la ves como una casa normal, seguro la persona que te retaba no era tan mala, pero en nuestra memoria quedo marcada por ese momento que no nos gustó y por supuesto viceversa, el bueno puede que no sea tan bondadoso como lo teníamos grabado.  Eso nos pasa en todos los niveles, tanto con las dimensiones de los espacios que recorríamos a menudo como con las emociones y recuerdos. De niños todo se ve con lupa, incluso la culpa o el temor.

La imagen de la nota muestra una obra de arte en la que se muestra a dos adultos de espaldas, peleados, dándose la espalda, los cuerpos son representados por una jaula y en su interior se ven dos niños iluminados tratando de llegar uno al otro. ¿Qué mejor explicación que esa imagen? El niño interior es un tema muy amplio y complejo de exponer, representa la parte de nosotros mismos que guarda intacta desde el punto de vista de un niño, las experiencias buenas o malas que vivimos entre los tres y los cinco años de edad.

Estas experiencias determinan y regulan nuestro día a día, desde lo más profundo del inconsciente, ocurre naturalmente y de manera invisible. Cuestiones que aceptamos como verdades universales porque no conocíamos otra cosa, algunas heridas que nos obligaron a construir nuestras primeras corazas de protección y defensa, en resumen, maneras de reaccionar o actuar hechas con algunas herramientas emocionales automáticas, que fueron útiles en esos momentos.

Nuestro niño o niña interna también guarda tesoros increíbles, ya que recuerda y nos muestra la potencialidad de aquello que vinimos a hacer, el mundo que soñábamos de pequeños, aquellas cosas que podemos experimentar cuando somos capaces de conectarnos con la existencia plena. Existe una meditación muy interesante que se llama meditación del niño interior, que consiste en recrear en la mente a ese niño que fuimos en la habitación que teníamos en ese momento, recordar las actividades que realizábamos en esa etapa, como a lo que jugábamos, que veíamos en la televisión, como era la decoración de la habitación, todos los recuerdos que uno pueda sacar de esa época y los sentimientos que teníamos en esos momentos. Después de eso la tarea continua con un ida y vuelta de opiniones, que piensa el niño del adulto de hoy y viceversa, y a partir de ese ida y vuelta de opiniones empezar a sanar esas heridas emocionales que nos marcaron de pequeños. Por supuesto que es más extensa y pueden realizarla con todos sus detalles si la buscan e investigan.

Protege y ama a tu niño interior, cuidarlo es de vital importancia para la mejora de nuestra parte emocional y para mantener una autoestima equilibrada, sanarlo es un ejercicio de autodescubrimiento de nuestra vida y su sentido, donde viajas en el tiempo hasta tu niñez, descubres que emociones o hechos negativos no fuiste capaz de sanar en el momento y te mantienen atado al dolor.

Solo cuando liberamos ese dolor y aceptamos lo que sucedió ayudamos a nuestro niño interior a sanar y no hay nada más saludable que dejar que tu niño sea espontáneo.

Tu niño interior te está esperando.