21 de septiembre ¡Maldición! Va a ser un día hermoso

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Ayer jueves por la siesta tuve que ir una escapada al supermercado porque mi hija se había quedado sin leche, de paso mi esposa me encargó detergente, una ballerina y un paquete de sal gruesa. Como tipo de familia, cargué en el carrito cosas que siempre son necesarias, unas tapas para empanadas, dos paquetes de fideos, una mayonesa y encontré terrible promoción de 2×1 en papeles higiénicos de esos conchetos que son una caricia al poto, estaba como loco. Así como el niño se desespera por llegar a su casa para abrir la caja de un regalo, yo quería arribar para ir al baño y asearme con aquella maravilla de la ingeniería papelera.

Cuando llegué a la cola me detuve justo detrás de cuatro espigados adolescentes, llenos de granos, con los labios hinchados y cortes de futbolistas europeos. Llevaban cuatro cocas, dos fernet, doce latas de birra, tres botellas de vino y un costillar. No pude evitar escucharlos de cómo estaban organizando un encuentro nocturno, como previa al 21 de septiembre. Entonces me entró una angustia profunda, un cachetazo a la realidad… hace 12 años que no soy más estudiante. De pura bronca nomás fui y me busqué un Amargo Obrero y una pomelo para tomar esa noche con los fideos.

A última hora de la tarde salí a correr por la avenida, me crucé a unas pibas fumando y compartiendo mates. Estaban con mochilas, carpetas y escuchando música en un cuadradito. La más pispireta de las cinco se paró a bailar mientras gritaban “¡esta noche nos la damos en la pera!”, entonces me erguí y aceleré el trote, a los setenta metros me dio un tirón en el posterior y me quedé sin aire… la última vez que salí a bailar aún no se ponía de moda esa frase.

A la hora de la cena, como buen treintañero, me prendí el Noticiero 9. Ahí salía un alarmado Fernando Hidalgo mostrando los operativos que se harían durante la noche del 20, todo el 21 y el fin de semana en cuestión, al tiempo que con una cara híper verosímil y poco impostada miraba a la cámara y se quejaba de cómo la juventud está perdida en un mar de vicios. Drogas, sexo, alcohol… mientras yo miraba la mema de la gorda y me daba paja abrir el Amargo.

Volviendo al tema, habría “Tolerancia cero”, confiscación total del escabio encontrado en los autos detenidos. Sentí un placer envidioso y mala leche imaginando que le quiten el alcohol a los pendejitos magros que me encontré en el súper. Facheritos del orto. Igual les quedaba el costillar, la noche en el río y su estúpida y sensual juventud. Me tomé un ibuprofeno porque me dolía el tirón del trote. Les cancelé a los pibes el fulbito del sábado, no vaya a ser cosa de que me lesione.

Esta mañana abrí la ventana de la calle para ver cómo estaba el clima y así elegir si abrigarme o no y vi un grupo de vecinos adolescentes cargando cosas en la caja de una camioneta. Jóvenes, de ambos sexos, vestidos colorinches, transitando esa complicidad de miradas, risas e histeriqueos tan hermosos de esa edad. Subían bolsas de asado, un parlante enorme, cajas de botellas, guitarras, un kayak, mucha leña, un disco… entonces miré mi atuendo. Calzaba unos zapatos negros, un jean y una camisa. El sol estaba a pleno, no obstante me había puesto un pullover arriba de la camisa y una campera de plumas por si refrescaba en la tarde noche. Los volví a mirar… ellas de shorcitos micro y remeras flúor, ellos de bermudas de colores y gorras, me sentí mi abuelo Ñato. Me puse unas zapatillas rojas, me saqué la camisa y el pullover, la cambié por una remera rosada y clavé una camperita suelta de cuero trucha. Salí pensando que los pibes iban a mirarme como “el viejo fachero del barrio”, con una sonrisa de costado y el casco de la moto en la mano. Ni siquiera me saludaron, guachos mal educados de mierda. Encima me re contra cagué de frió y ahora escribo esto mientras que el agüita de los mocos me cae por la nariz. Suerte que tengo paracetamol en mi casa y me bajé dos películas para ver esta noche en la cama. Yo sí que la se pasar bien, pendejos felices del orto.

Encima ando con la nariz colorada como culo de mandril y estornudando estrepitosamente en todos los ambientes por el polvito de mierda este de la primavera, no sé si es polen, cositas de los árboles, tierra o que cornos que me vuelve loco. Qué época insalubre che. Además no sabes si salir abrigado o no, si prender el aire o la estufa, si correr de corto o de largo, no sé porque celebran tanto la llegada de esta estación nefasta. Recuerdo cuando la esperaba con ansias, subido a ese tren escandaloso y juvenil, borracho a primera hora del día yendo a ver un recital multitudinario a algún camping y consiguiendo precintos para algún antro nocturno que estallaba de gente, que frívolo… pero… ¿quién me mandó a crecer la reputa madre? Perdón… eso último se me salió del subconsciente.

En fin, escribo estas líneas desde la soledad de mi oficina, mientras escucho sobre los operativos en la LV10 y veo cómo hordas de estudiantes rateados van en dirección al parque… pero no todo está perdido… La Organización Mundial de la Salud y la Federación Internacional de Alzheimer definieron que el 21 de septiembre es el Día mundial de tal enfermedad. Ahora tengo un motivo para festejar este día de mierda y espero hacerle honor a la celebración y olvidarme cuanto antes de este maldito 21 de septiembre.

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