Muerte y resurrección

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Esta nota es un experimento creativo colectivo muy conocido llamado “cadáver exquisito”, donde cada autor sólo conoce el párrafo anterior y agrega el siguiente, en el mismo participaron 16 miembros del staff: Richard Bomur, Betsy Bennet, Lorelai Lee, Mina Murray, Celso Jaker, Carlos Pérez Grullo, Pericles Gonzales, Doctora Li, Sr. Zantata, Cristian Wonders, Black Mamba, Diem Carpé, Zippo Alfa, Bilbo Mendo, Lady Sucubo e Ismael Mascarpone.

Los invito a divertirse con el resultado e identificar la pluma de cada uno…

Se despertó asustado, sabía que algo pasaría y lo cambiaría todo.

Estiró la mano y tomó su reloj, estaba detenido en una hora 4:17 de la mañana… su celular, conectado al cargador, estaba sin batería. Muerto. Estimó que serían entre las 7 y las 9.

Se puso de pie e intentó encender la luz de la habitación. No pasó nada. Estaba cortada.

No podía entender por qué, quizá su vecino se habría dado cuenta que se estaba colgando hacía 5 meses. Molesto se levantó y quiso ir a encarar al maldito que la dejaría sin luz, pero la escena que encontró al entrar a la casa la dejó helada.

Todas las luces estaban apagadas, y tampoco entraba la luz de afuera, y en el cielo no había luna. Un clima propicio para lo desconocido.

Entre temor y excitación, comencé a sentir un sudor frío y la respiración cambió el ritmo. Escuché a mi garganta tragar saliva antes de desvanecerme por completo.

Mientras duraba mi trance profundo pude percibir a mi alrededor la presencia de algo que claramente no estaba bien, una mezcla de pavor y de ansiedad culminaron con un brutal golpe asestado en la sien que me devolvió a la dura realidad.

Mientras la adrenalina me inundaba de realidad,  un movimiento reflejo de mi mano arrancó una abeja del foco del dolor.

Y fue en ese momento cuando una lágrima se dibujó tímidamente en mi mejilla, tanto sufrimiento para alcanzar la cima, pero al fin puedo respirar paz.

Comencé a pensar en cómo había llegado hasta allí, el esfuerzo y los momentos de duda, y la disimulada lágrima que había escapado le abrió camino a otra y otra más, y sin quererlo empecé a sollozar abiertamente, los plañidos entrecortados por carcajadas, con la boca de par en par, con toda el alma, con todo el corazón asomándose a mi boca abierta en un monumental desahogo.

Ya no daba más, quería salir de ahí, huir lo más lejos que pudiera, pero se me era imposible. No le había prestado atención a mis piernas, que me dolían a más no poder.

Mis tendones explotaban, y mis gemelos estaban a punto de desgarrase, pero la adrenalina que sentía en mi pecho aplacaba el dolor que sentía.

Me gustaba sentir ese dolor, el dolor de la libertad, me faltaba un buen whisky al lado y de fondo “Run like hell” de Pink Floyd, pero yo corría, corría como los dinosaurios.

No sé si por el cansancio de mis piernas, o por el peso de mis pensamientos, pero llegando a mi destino, caí. Fue un solo golpe seco. Un golpe que hizo retumbar hasta el último lugar de mi mente. Un golpe que me trajo imágenes que creía olvidadas.

De repente, no sabía si estaba enfermo, si estaba con la mente en blanco o si estaba en otra dimensión. Apoyé un pie en tierra y sentí toda la vida del planeta bajo la planta de mis pies.

Me invadió entonces ese sentimiento de vida por completo y todo presagio de enfermedad desapareció, por un instante volví a sentirme más vivo, como un niño que monta su bicicleta cuesta abajo, y deja el viento moldear su cabello y sus miedos, fue entonces que aquel hermoso momento dió un quiebre para dar paso a un vacío que traía de la mano el recuerdo de lo que alguna vez fui, las decisiones que erróneamente tomé, y en las que acerté, como extraño montar mi bicicleta cuesta abajo, tomar firme el manubrio, cerrar los ojos y dejar el viento moldear mi cabello y mis miedos.

Pero ya no es momento de recordar lo que fui, es momento de decidir qué haré, estar seguro de lo que quiero e intentar volver a tener ese sentimiento de libertad como cuando era un niño.

Como en aquel 9 de julio de 1810, cuando Tomás Godoy Cruz (representando a Mendoza) fundó en Tucumán el club al cual le dió su nombre. Nombre que no cayó en gracia a los ciudadanos locales que calientes lo insultaban y lo lapidaban.

Sin embargo él, con firme tesón, les dijo: “tucumanos agárrenmela con la mano”. Y se subió a su carreta voladora y escapó hacia la tan ansiada libertad.