Tráfico Central

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“¡Soltame, chupapija!”, se oía de una voz masculina, joven. Después, un golpe seco y el silencio. La oscuridad de los ventanales me indicó que faltaba un rato para amanecer. Miré la hora. Tres de la mañana. Las luces blancas intensas sobre mi cabeza ya no me dejaron pegar un ojo. Sentí sed y pensé en cruzarme al kiosco por un café, un jugo y quizás unos cigarrillos. En el hospital no hay agua a disposición de los acompañantes, ni siquiera un baño por piso, había que ir hasta la planta baja. Me siento, me estiro, suspiro y me pongo la campera para bajar.

Me dirijo a las escaleras. Cuando llego al tercero, dos policías con itakas custodiaban las escaleras y no me permitieron pasar, me dijeron que usara los ascensores, pero de noche prefiero no hacerlo porque a veces se quedan trabados. Ya los he visto quedarse varios minutos parados en un piso sin que nadie entre o salga de ahí. Lo de los ascensores es un misterio que no he podido comprender. El hospital cierra sus puertas a las veintidós y sólo queda abierta la guardia, en el primer subsuelo. Para entrar o salir hay que llegar hasta ahí y pedirle al policía que custodia el acceso que abra la puerta, previa muestra de la oblea de acompañante. De modo que sólo usarían los ascensores quienes se quedan de noche. Pero nadie lo usa, la mayoría duerme y los pocos que damos vueltas, lo hacemos por las escaleras. Sin embargo, pareciera que en los ascensores alguien se pasea.

El cuarto piso tiene la unidad coronaria en el pasillo, así que tenía que subir hasta el quinto, llegar hasta el extremo del edificio para usar las escaleras laterales. Cuando voy caminando por el pasillo del quinto piso, escucho el tintineo de las rueditas de una camilla. Me doy vuelta y todo está vacío. Me apresuro a llegar a las escaleras y comenzar a bajar. Cuando llego al tercero, la curiosidad me puede y me aventuro al pasillo para intentar saber por qué en el hall había custodia policial. Nada. Escucho un ruido de puertas y sale del ascensor de servicio un hombre empujando una camilla vacía. Estaba vestido como cualquier enfermero, pero tenía barbijo. Me extrañó, porque el personal sólo usa esos elementos en el quirófano, y evidentemente la camilla no venía de cirugía porque no traía a nadie. Me quedo agazapada atrás de una viga, observando.

El hombre entra a una habitación y deja un momento la camilla en el pasillo. Sale otro, ingresa la camilla, cierra la puerta y se queda haciendo guardia. Se prende un cigarrillo. Más extraño aún. Está claro que no se puede, pero a esa hora nadie vigila. No parece el comportamiento de alguien que trabaje aquí.

Pasan unos minutos, tira la colilla en el piso, la aplasta con el zapato y entra a la habitación. Luego, sale el que vi bajar del ascensor con la camilla, que la tiraba para sacarla al pasillo, ahora con un bulto arriba. Tras la camilla, salen dos personas más, todas con cofias, barbijos y guantes. Los tres miraban a los costados. Cuando llegan al ascensor nuevamente, giran la camilla y puedo ver claramente una bolsa mortuoria extendida, cerrada y llena. Ingresan al ascensor y escucho el ruido aparato que desciende.

Vuelvo corriendo a las escaleras y empiezo a bajar hasta el primer subsuelo, donde está la morgue.  Mi respiración agitada se oía como en un eco por el ojo de la escalera. Siento el latir acelerado de mi corazón en el oído. La adrenalina me hacía bajar casi corriendo. Me quedo agazapada entre la planta baja y el subsuelo. Los veo entrar a la morgue. Bajo y veo la puerta entreabierta. Dudo. Veo al policía que custodia la entrada de la guardia y disimulo caminando hacia la puerta, cuando él se da vuelta, giro de nuevo y me aventuro hacia la puerta de la morgue.

Respiro y pienso qué decir si alguien me ve al entrar. Antes de empujar la puerta, activo la cámara del celular y trato de ver sin asomar la cabeza. Todas las puertas del hospital chirrían, era inevitable que supieran que yo estaba ahí si empujaba la hoja. A través del ojo de la cámara, veo en la pantalla del móvil a los tipos metiendo la bolsa en uno de los nichos frigoríficos. Guardo el celular y me vuelvo hacia el pasillo, camino a la guardia, para pedirle al policía que me permita salir.

La habitación de la guardia estaba llena. Gente durmiendo, gente quejándose, gente sentada en el piso, gente con la cabeza golpeada y los ojos morados. Salgo y veo una ambulancia parada en el ingreso. Me siento en un banco del jardín exterior y observo que salen los tipos ya sin los barbijos, suben la camilla a la ambulancia y se van. Me cruzo al kiosco, pido un café y me siento en la mesita, mirando tras la ventana, la mole de cemento en la que a diario circulan más de diez mil personas. Hay cinco pisos de internación, con setenta internados por piso. Más un acompañante por cada uno, más una enfermera por habitación, más los médicos, los guardias, la gente que va y viene a la farmacia, los estudiantes de medicina y enfermería, los residentes… En los consultorios externos hay otra gran cantidad de enfermos que deambula por las mañanas. Gente que viene de Fuesmen o Coir a traer muestras y resultados de estudios. Una manzana completa de gente enferma y sus familiares. Es una pequeña ciudad adentro de otra. Termino el café y cruzo la calle Alem que a esa hora tiene el semáforo intermitente. Muestro la oblea de acompañante al guardia y avanzo hacia la rampa central y me prendo un cigarrillo antes de volver a entrar. Desde ahí veo el edificio del Sheraton.

Las dos caras de la urbe a los pies de la montaña en la que los focos de incendio del Arco ya empezaban a visualizarse desde el otro lado del pozo, como una caravana de antorchas incandescentes que esperaban el Zonda para expandirse y abrazar con sus ráfagas los restos de un día de festejos estudiantiles.

Entro de nuevo al edificio, cruzo el hall central de la planta baja y me aventuro hacia arriba por las escaleras. Al llegar al tercero, los policías ya no estaban y decido ir al pasillo hasta la habitación en donde entró y salió la camilla hace un rato. Puerta cerrada. Silencio. Me regreso al cuarto y me instalo allí con la esperanza de retomar algo de sueño. A las seis, el guardia me golpea la pierna y me pide que me despierte, el hospital está abriendo y en breve empezará la circulación de gente. Me pide la oblea y después se va.

Ya entrada la mañana, cuando veo que están sirviendo el desayuno en las habitaciones, me voy de nuevo a pasear por el tercero.

Las puertas de las habitaciones están abiertas y me asomo por la 311. Veo de reojo a un hombre en la cama y me sorprendo con la cofia y el barbijo en la mesita de noche. Llamo por teléfono a mi hermana y le digo que esta noche también me quedo yo, que ella me reemplace durante el día.

Ya conocía un poco el mecanismo de la noche anterior, así que iba dispuesta a no dormir y observar. Cuando se hicieron las tres de la madrugada me fui directamente al quinto, bajé por el otro extremo y me quedé en la escalera del tercero. Cuando escucho el tintineo de las rueditas, me asomo y veo al camillero otra vez con barbijo empujando la camilla vacía, que ingresa a la habitación 311 y sale con la bolsa mortuoria llena, con dos acompañantes más. Cuando entran al ascensor, voy hasta la habitación y veo un bulto bajo las sábanas, lo destapo y son almohadas. Reviso el clóset y en un bolso encuentro ropa de personal hospitalario. Saco una muda, la acomodo en el interior de la campera y salgo. Sé que las cámaras están en el hall, así que vuelvo por el pasillo hasta la escalera del extremo y me dirijo de nuevo al cuarto piso. Esta vez tomo el ascensor, rogando que no se atasque y marco el primer subsuelo. Salgo por la guardia a la espera de ver a los tipos de nuevo. La ambulancia estaba en la puerta. Más atenta que la noche anterior, veo que le dan la mano al policía que custodia la entrada y se van.

Decido cruzarme al café y no volver hasta la hora que abre el hospital, para meterme con todos los que esperan ingresar y pasar desapercibida. Definitivamente, esta noche tendría que volver, con el uniforme que había robado.

Al ingresar durante la cena a la habitación de terapia en neurología, para ver a mi madre, que está recuperándose de una cirugía en la columna. En un descuido de las enfermeras, extraigo de la mesa de insumos una cofia, un barbijo y un par de guantes. Me los meto en el bolsillo.

Pasada la medianoche, cuando bajó la intensidad de la actividad, me voy al baño de la planta baja a cambiarme de ropa.

Me dirijo a la morgue, sé que hay cámaras pero no me preocupo. Si estos tipos están haciendo algo raro en complicidad con los guardias, las cámaras deben estar apagadas o no funcionan. Me meto al laboratorio de anatomía patológica, frente a los nichos, y me quedo observando tras la rendija de la puerta. Lamento no tener un barbijo más grueso, el olor es nauseabundo y penetrante. Miro la hora en el celular y decido ponerlo en modo silencioso, entra el policía de la guardia, abre un nicho, deja un bolso encima de la bolsa negra del interior y vuelve a cerrar. Cuando él sale, voy un paso más en la osadía y activo la cámara de filmación. A los pocos minutos ingresan los tipos con la bolsa mortuoria arriba de la camilla, se dirigen al mismo nicho que lo hicieron dos noches atrás y en donde el policía había colocado el bolso. Abren, sacan el bolso y la bolsa y los dejan en el piso. Evidentemente no hay un cadáver ahí. Abren la bolsa y sacan fajos de dinero de todos los colores que meten en el bolso. Luego arrojan la bolsa por el contenedor de desechos y colocan la nueva bolsa que traen en la camilla adentro de la cámara frigorífica. Dejan el bolso en un extremo de la sala y se van con la camilla vacía. Minutos después, entra el policía y se lleva el bolso. Espero y decido salir, camino al tercero, nuevamente. Entro a la habitación 311 y veo al tipo acostado. Voy al baño, me quito el uniforme y salgo por la guardia. Sentada en la mesita del kiosco, observo el video. Estaba claro que pasaban dinero por la morgue del hospital. Me faltaba averiguar cómo llegaba el dinero a la habitación del tercero y quién era el que figuraba internado allí. Llamo a mi hermana y le digo que me quedo todo el día y que esta noche viniera ella.

A las cuatro de la tarde, con el horario de visita, me voy al tercero. Veo a un tipo de limpieza que deja una bolsa amarilla llena en el pasillo, y luego otro que entra a la habitación con la bolsa. Sale de allí con las manos vacías. Tenía el mecanismo completo en mi cabeza. Ya llevaban tres días haciéndolo.

Bajo al hall de la planta baja y le explico al guardia que estoy buscando la habitación 311 porque tengo que hacerle una visita religiosa al paciente que está internado allí, pero que no sé cómo se llama. El guardia, muy amable, busca en la hoja y me dice el nombre.

Me cruzo al kiosco, compró un chip nuevo y se lo coloco al celular. Desde ese nuevo número envío el video al WhatsApp del canal de televisión local, luego saco el chip, lo arrojo por la alcantarilla y me voy a mi casa a dormir.

Cuando llego al otro día a las ocho de la mañana a reemplazar a mi hermana, la reja de la entrada estaba todavía cerrada y la vereda llena de periodistas. La llamo para que baje a intercambiar la oblea de visitante porque no me dejan pasar. Cuando la veo, me dice: “¡No sabés la que te perdiste anoche!”, y me cuenta el despliegue policial, los gritos y los pedidos de datos a todos los acompañantes. Nos tomamos un café juntas en el kiosco y me cuenta detalles, compro el diario y veo la portada: “Banda de traficantes hospitalarios opera en el Central”. Luego me cruzo, entro y veo el pasillo a la morgue cerrado con cintas y varios policías custodiando. Al llegar al cuarto piso, me siento a leer la crónica que narraba el video que yo tenía en mi celular y que, a través de la web, se había hecho viral. Estaban los nombres de los involucrados y era una incógnita quién lo había filmado. Las autoridades policiales declaraban haber montado una operación de inteligencia para desbaratar una banda narco a la que seguían desde hacía meses.

Pura mentira. Fui yo con mi morbo literario.

En el Hospital Central pasan muchas cosas y cuando uno conversa con la gente que lleva varias semanas ahí, hay más historias de la que cualquiera puede imaginar. No sólo se escuchan ruidos, pasos y gritos, sino portazos y chirridos cortando el silencio de los insomnes. Desbaraté un circuito de delincuentes, ahora me falta saber por qué los ascensores suben y bajan sin gente durante la noche.