El Rey del Mundo III

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La vida es lo que es, uno sueña con vengarse.
Paul Gauguin

I

La primer batalla entre La Cosa Misteriosa y la horda de pericotes fue épica.

Los animalejos habían tomado por asalto el más popular y céntrico shopping de la ciudad. Miles y miles de roedores pululaban por el lugar, generando caos entre la gente que huía despavorida,

Las fuerzas públicas rodearon el establecimiento, esta vez estaban preparados para un evento de esas características. Contrataron a todos los exterminadores de plagas de la ciudad, quienes tenían dispuesta una defensa: entrar enfundados en trajes especiales para evitar los mordiscos y así rociar al hatajo con un potente veneno.

El plan resultó muy mal, los encargados de realizarlo no pudieron ni siquiera acercarse. Las ratas les cortaron el camino y los rodearon. Éstas no pudieron morderlos pero si asfixiarlos bajo su peso.

Entonces, cuando todo parecía perdido, apareció un desconocido. Llegó de una manera glamorosa y combativa. Subido a una torre de alta tensión se deslizó surfeando por los cables de ésta y cayó en la entrada principal del establecimiento.

Gritó que era La Cosa Misteriosa y que venía a salvar a la ciudad.

Entró al lugar infectado y se puso a girar sobre sí mismo; al cabo de unos segundos había tomado tal velocidad que era imposible distinguir su silueta. Haciendo esto comenzó a recorrer el sitio, despedazando a las ratas como si fuese un taladro funcionando a toda revolución.

En pocos minutos el interior del shopping quedó pringoso de sangre, restos de piel y carne. Las pocas que sobrevivieron al embate escaparon por las alcantarillas.

La Cosa Misteriosa fue ovacionada por todos los presentes. Detrás de su antifaz Enrique Beltrán esbozó una sonrisa. Entonces divisó entre la multitud que lo aclamaba algo que le cortó el aliento. Era la mujer más hermosa que vio en su vida, era la belleza perfecta.

La Cosa Misteriosa se había enamorado.

II

Soyo sintió en su misma mente la masacre de sus congéneres. Sufrió con toda la sangre derramada. No pudo evitar llorar ante esas imágenes. La tristeza dio paso a una furia intensa. Quería venganza.

Estaba en su cuartel secreto, rodeado de cientos de miles de roedores que le habían brindado su confianza, que creyeron en él. Debía hacer algo, no quería que la moral de los suyos decayese por ese fracaso.

Entonces la idea vino a su mente como un relámpago. No sería un ataque, serían varios al mismo tiempo, guerra de guerrillas. Tenían que llevar un mensaje de destrucción.

Otra cosa lo preocupaba sobremanera: ese Dos Patas que prácticamente solo pudo con miles y miles de sus soldados. Soyo era un buen general y sabía que cada enemigo tenía un punto débil, debía encontrar el de ese peligroso recién llegado.

Llamó a una decidida y valiente laucha. Muy pequeña, pero con el suficiente coraje como para infiltrarse y así poder espiar a su ahora contrincante personal.

III

El mundo estaba convulsionado ante la aparición de La Cosa Misteriosa y la gente había caído rendida a sus pies. A Enrique Beltrán, extrañamente, no le importaba. Por más que buscó el reconocimiento durante años no le producía el mínimo gozo.

Le importaba Sara, la que le sacudió el corazón.

Beltrán la buscó por cielo y tierra (bajo la forma de su alter ego La Cosa Misteriosa). Al encontrarla le juro amor eterno antes de saludarla. A Sara esto le pareció un tanto apabullante, pero se sintió halagada y le permitió seguir con el cortejo.

Mientras tanto la laucha, que envió Soyo como agente encubierto, vigilaba desde una distancia prudente todo lo que La Cosa Misteriosa hacía. Éste había dividido su tiempo entre el galanteo hacia Sara y la defensa del mundo ante el peligro latente de los roedores.

Por su parte, Sara le pidió al superhéroe que le mostrase su verdadera identidad. Después de varios e insistentes pedidos él accedió, no sin cierto temor a que cuando ella lo conociese sin su antifaz y su traje ella perdiese el interés. Esto no ocurrió y sellaron su amor con un beso eterno.

Los ataques cesaron, durante una semana todo estuvo en calma. Hasta que nuevamente aparecieron las ratas dando pequeñas arremetidas para luego desaparecer sin dejar rastros. Las fuerzas públicas no alcanzaban a organizarse para repeler uno que éste terminaba para que comenzara otro y así sucesivamente.

IV

Soyo estaba al tanto de todo lo que su enemigo hacía a través de la laucha espía; se enteró de la verdadera identidad de éste. Cuando tuvo esta información ordenó a su ejército que los ataques cesaran y que sus fuerzas se reunieran para dar un golpe mayor.

Soyo ordenó un avance a gran escala contra toda la ciudad, sabía que las bajas serían muy grandes, pero necesarias. El fin justificaba los medios.

Sabía que La Cosa Misteriosa podía significar la derrota total en la guerra. No era su poder, era el mensaje de esperanza que daba con sus victorias. Ese era el verdadero peligro.

Necesitaba distraer a su archienemigo.

La embestida estaba dirigida a toda la urbe.

La gente miraba horrorizada como ríos de ratas llenaban las calles y se metían en las casas atacando a diestra y siniestra a aterrorizados Dos Patas.

La Cosa Misteriosa se presentó y empezó a batallar en diferentes frentes sin cansarse o perder el norte de la victoria. Apoyado por las fuerzas públicas la victoria parecía segura.

El superhéroe se alegró al ver a las cámaras de la TV, supo que su amada Sara lo estaba viendo.

V

Sara miraba lo que ocurría en la ciudad por la televisión. Se sentía orgullosa de su pareja al ver cómo defendía a la humanidad de la peste de los roedores.

Entonces con asco vio a una pequeña laucha en el piso que la miraba. Sara no les tenía miedo. Se sacó un zapato, presta a matar al animal.

No se esperaba lo que sucedió después.

Sara gritó con todas sus fuerzas al ver como, por la ventana y por la puerta entreabierta, entraban a la habitación cientos de ratas que comenzaron a subir por su cuerpo.

Continuará…