Azul oscuro

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Hola. Mi nombre es Azul.

Tengo 17 años.

No tengo papá. Si un padre biológico que no conozco. Mi mamá lo era todo para mí. Tengo un medio hermano más chico, aunque para mí, es mi hermano completo. Desde que tengo uso de razón voy a un colegio de monjas gracias a mi tía. En mi casa nunca sobró nada.

Soy de la zona del pedemonte y vivo en un barrio conflictivo.

La primera vez que me violaron, fue el padre de mi hermano cuando tenía 16 años y comenzaba a desarrollarme. Ese fue el fin de la relación de ese sujeto con mi mamá y desde entonces tampoco ve, ni visita, ni mantiene a mi hermano.

La denuncia fue realizada, pero como tiene amigos en las fuerzas de seguridad, todavía sigue prófugo.

Después de ese episodio mi cabeza cambió rotundamente. Aquellos muchachos del barrio por los que me sentía atraída, incluso los cantantes de moda con los que soñaba, repentinamente comenzaron a producirme repulsión. Estaba completamente asexuada.

Producto de ese encuentro forzado, al poco tiempo supe que mi cuerpo estaba mutando en su anatomía. Lo que más temía había sucedido. Estaba embarazada de mi violador. Iba a parir un hermanastro de mi hermanastro. No se lo dije a nadie.

Las decisiones coyunturales en la vida nunca son sencillas. Esta no era la excepción. Colegio católico, mis compañeras todas con el pañuelo celeste a clase y mi vientre que ya empezaba a dar signos de que algo estaba pasando.

En medio de un debate legislativo por la punibilidad del aborto y sin poder consultarlo ni con mi familia ni con mis compañeras de curso, decidí escuchar a nuestros legisladores para ver si con su sapiencia y vasta experiencia en la materia, ayudaban con mi decisión.

Creo que ese fue el peor error. Mucho más confundida y con más miedo que antes decidí buscar un tutorial en internet para realizarme yo misma el aborto. El misoprostol no lo podía adquirir sin el consentimiento de mi mamá por ser menor de edad, así que decidí hacerlo yo misma.

Lo último que recuerdo antes de desmayarme, fue la aguja de tejer. Tiempo después me desperté en una camilla ensangrentada, con recuerdos borrosos, recién volvió mi conciencia gracias a un rayo de sol que se colaba por la ventana del hospital público.

Al abrir los ojos una mirada de desaprobación por parte de la enfermera corroboraba que estaba consciente. Ofuscada, me dio un sermón de varios minutos sobre la decisión que había tomado y me contó que estuve a punto de morir. Persignándose, me devolvió una mirada fulminante y me informó sin más – Por si te interesa, tu bebé está bien, vas a poder seguir con el embarazo.

El sermón de la enfermera no fue nada al lado de la disertación Pro-vida que tuve que escuchar de parte de mi tía. Mi mamá sintiéndose culpable y superada por la situación no emitía comentario alguno. Solo lloraba.

Luego de ese episodio, todo el colegio se enteró no solo que estaba embarazada, sino que había sido violada y que había querido abortar. Claramente los mecanismos psicopedagógicos de las escuelas no están preparados para soportar tanto y en mi caso en particular fallaron desde todo punto de vista.

Ahora también me juzgaban mis maestras y compañeras. Perdí las amigas que tenía por el miedo y pudor de sus madres, que no les permitían juntarse conmigo. Mis calificaciones se desplomaron por el piso y me invadió una mezcla complicada de ansiedad y depresión.

Si se preguntan por las marcas de heridas cortantes en mis muñecas, las mismas son producto de la segunda violación que tuve.

Luego de mi episodio fallido de aborto, mi tía tomó las riendas de la situación y me obligó a encaminarme por el lado de la iglesia, acercándome a dar catequesis y colaborar con la institución. Siempre fui religiosa.

Allí conocí a una dulce joven de 21 años. Muy atractiva de por cierto. Fue ella quien hizo las veces de tutora para mi inicio en la comunidad eclesiástica y la que llevaría adelante mi proceso de Confirmación.

Durante el retiro espiritual y durmiendo ambas en el mismo cuarto, promediando la madrugada comencé a sentir caricias en mis pechos. Nerviosa me desperté sobresaltada mientras ella me besaba y metía su mano en mi entrepierna.

Quise gritar, pero de repente todos los recuerdos que tenía bloqueados de la violación anterior llegaron de imprevisto y me dejaron completamente inmovilizada. Parecía un sueño en los que uno no puede gritar ni moverse, por más que quiera.

Afortunadamente la catequista se quedó dormida rápidamente y aproveché para escapar de allí. Sabía que no tenía ningún sentido hacer la denuncia, porque ya conocía lo que iba a suceder. Nunca pasaba nada. Cuando no eran las fuerzas de seguridad, era la Iglesia la que tapaba estas situaciones.

Llegué a mi casa con las primeras luces del alba y sollozando le conté a mi mamá lo sucedido. Ella no sabía si creerme o castigarme. Si la primera vez la hubo de superar por completo, esta vez la terminó de fulminar. Sin saber cómo reaccionar me dio un cachetazo y me mandó a mi cuarto, con la promesa de internarme en un convento.

La liviandad que siente el cuerpo cuando la sangre abandona las venas y arterias fluyendo en el agua tibia de la bañera, solo se interrumpe por un molesto frío que recorre las entrañas y un intruso zumbido en los oídos, como cuando uno queda aturdido. Aparentemente era el fin.

En el Instituto Psiquiátrico conocí a Milx. También estaba allí por un intento de suicidio, pero con abuso de pastillas. Milx nació como Emilio en el seno de una reconocida familia provinciana y conservadora. Al tiempo se dio cuenta que habitaba un cuerpo equivocado. Quería ser Mili. Los gustos y la vestimenta eran los de una dama, pero su inclinación sexual, continuaba siendo por las mujeres.

Esa particular situación y la incomprensión por parte de su entorno, agravada por un constante bullying de familiares y compañeros, llevaron a que Milx decidiera terminar con su vida. Por suerte no lo había logrado.

Casi sin saberlo, yo completamente asexuada y asustada por todos los géneros y Milx confundida y temerosa del mundo, nos encontramos una tarde de octubre en el jardín de un Instituto Psiquiátrico y nos dimos la mano.

Desde entonces nunca más nos las soltamos.

Hace unos días somos una familia de 3.

Así que cuando escucho a la gente abogar por el aborto, cuando los escucho defender a la vida y sobre todo cuando escucho a la gente juzgar y burlarse livianamente por los intentos de las minorías de proponer un lenguaje inclusivo, para darles la posibilidad de sentirse por momentos un poco más aceptados por la sociedad que los escupe y los empuja al abismo, aprieto fuerte la mano de Milx, sonrío para mis adentros y agradezco que ellos no hayan tenido que pasar lo que yo pasé, para finalmente entenderlo todo.