La estructura de una duda II

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La necesidad de ser productivo y sobre cómo llegar a la cama sintiendo que el día había valido la pena, pero es domingo, ya es suficiente, a no matarme la cabeza. La relación con mi familia es algo inestable, me cuesta ser productivo ahí. Solté la lapicera. Tuve una larga llamada con mi madre.

Después de salir de nube reflexiva, salí a andar en bicicleta y sucedió algo. Esta sería la primera vez, no la primera vez que sucede algo, sino la primera vez que sucede ese algo. Hacía frio, varios árboles me miraban angustiados. La plaza no queda lejos de casa, con un amigo decidimos llamarla ágora porque es redonda, ideal para caminar sin parar y charlar. Esta vez iba en bicicleta, necesitaba encontrar inspiración para el proyecto, esto es decisivo, me dije. Los pedales estaban medio duros y con el frío chirriaban, sentía la molestia del ruido repetitivo hasta que lo vi. Me costó reconocerlo al principio. Detrás de un banco había un bulto agachado, buscando algo. Mi paseo redondo, circular, me permitía ir descubriendo su figura a cada vuelta. Un bulto, un individuo, mucha ropa encima, pelos sucios, negros, sus pies, sus ojotas, su cara. Ahí estaba el uruguayo, agachado buscando tucas, pensé.

Fuimos a casa, no me costó demasiado invitarlo. Preparé un mate. Fui al baño, me miré en el espejo y no me reconocí. Volví a la cocina y el pibe estaba repasando mi colección de imanes. Parece que has viajado mucho me dijo con voz ronca, gutural, mientras examinaba un imán de Venecia, yo no me puedo quedar quieto, remató. Supongo que me interesa bastante viajar, supongo, porque en realidad no sé si no será una necesidad impuesta por esos fenómenos colectivos, amigos, pares, ejemplos. Sí, me gusta viajar, dije. Le pregunté acerca de su presente, qué hacía, o qué sentía. En ocasiones, me dijo, siento que el mundo es demasiado enorme y yo solo soy más que nada, entonces me dejo llevar, totalmente llevar. Bueno y a dónde te ha llevado, pregunté. No sé loco, respondió. Tenía más de tres camperas puestas encima, varias de ellas de lana y otras de cuero. Era realmente único, y olía muy mal. Date una ducha, le dije. No puedo, estoy muy enfermo y me tengo que ir, gracias por el mate, dijo y partió cerrando suavemente la puerta.

Pensé que eso era totalmente entendible, y me tiré en el sillón que eran dos almohadones en el piso a leer un libro de William Blake que había conseguido hacía poco. Desperté tarde, más de las once, con mucha hambre y sin ganas de volver a dormir. Esa noche no cené, tuve pesadillas y poluciones nocturnas.

No hay gran cosa que decir acerca de mi relación con Sofía. Solo la entiendo la mitad del tiempo, pero la quiero. En ocasiones he llegado a escribir poemas sobre ella, pero no por deseo, sino por simple despertar sensible que genera en mí. Supongo que por eso la mantengo a mi lado. Más bien ella me mantiene a mí. Ese martes fue el cumpleaños de María en el estudio. Mucho para tomar y poco para comer. A pesar de no haber terminado con las láminas, o las lágrimas, no aguanté y tomé tres cervezas al hilo. Javier se acercó:

– Loco, tengo algo que contarte ¿te acordás de Felipe el maquetista?

– Si – dije algo nervioso, no sé por qué.

– Bueno anoche salí con él, íbamos a una fiesta electrónica. Al principio teníamos grandes expectativas, teníamos pasti, birras para la previa y MD. Invitamos a algunos de acá, hasta María vino, como me gusta ¿sabes si esta sola?

– Supongo que todos lo estamos, Javier.

– No boludo, si tiene pareja – dijo fumando.

– Si entendí, pero no quería responderte, si, está sola disponible como dicen ustedes… bueno ¿Qué paso?

– ¿Ustedes? No te hagás el copado gil, se nota que a vos también te gusta – me dijo empujándome un poco

Solo lo miré – Seguí – le dije.

– Bien, estábamos empezando, o sea, tomamos media pastilla antes de salir. Ahí fue cuando Feli me dijo que tenía más por si no pegaba. Y desde ahí no paró de joder con que no le había pegado, y yo le decía wacho aguantá un toque la acabás de tomar, Y bueno sacó el MD y empezó la joda. El boliche bastante decente, la verdad es que estábamos tan drogados que cualquier situación hubiese sido hermosa. En un momento conocí a alguien y perdí a Felipe. Lo busqué un rato, me perdí de todos y me quedé apoyado en la barra. Hasta que lo vi, acostado, saliendo por la puerta, envuelto en una bolsa negra cerrada hasta la altura de su cuello, por eso lo reconocí. Cargado por cuatro tipos.

– ¡Qué terrible! – dije, pero en realidad tampoco estaba tan horrorizado.

– Si loco, todavía no puedo recomponerme, no es que haya sido un gran amigo, pero verlo ahí listo para el ataúd da que pensar… – dijo Javier abatido

– Que fuerte Javier ¿por qué me lo contás?

– Lo necesitaba, hablar con alguien, pero parece que di con la persona equivocada.

– Eso parece.

Continuará mañana…