La estructura de una duda IV

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Los días transcurren bastante tranquilos. Más que días fueron meses. Conocí a un par de personas interesantes. Valeria por las redes, Raúl en un café, Matías en el correo, Laura en el estudio. Sexo cotidiano y trivial. Mi relación con Sofía seguía el curso habitual. También tuve un encuentro con mi ex, nos deseamos lo mejor mutuamente. Ojalá siempre estés bien, dijo, aún estando mal, a veces, se está bien.

Había empezado a tener trabajos particulares que me alegraban un montón, hasta logré comprar un sillón y unos cuantos libros carísimos que siempre me interesaron. A veces me tocaba o elegía viajar.

*

Me encontraba fuera de la ciudad, guiándome con el celular, admito que estaba un poco perdido. Calles de tierra, plantaciones de trigo y girasoles, algunas flores silvestres muy bonitas. Se trataba de un laburo que no dudé en aceptar, un atelier en las afueras. Se me apagó el celular y tuve que aceptar la realidad, no sabía dónde estaba. Vagué errante algo de dos horas hasta que me crucé con un tipo que parecía vivir ahí y me indicó como llegar, con algo de recelo, pensé que no era bienvenido.

Con desconfianza caminé siguiendo las indicaciones. Llegué, era tarde. Me recibieron muy bien, ella, su pareja y un hijo pequeño. No dudaron en invitarme a dormir, lo cual yo tampoco dudé en aceptar, no quería volver a perderme en la oscuridad. Coincidimos en que hablaríamos de la ampliación al otro día. Cenamos modestamente, charlamos de trivialidades y me tocó lavar los platos. Me guiaron hasta un pequeño cuarto en un ático poco ventilado y aprovecharon a mostrarme la casa entera, era bastante bonita, pero poco iluminada, imaginé en penumbra.

La noche fue bien plácida, grillos, luciérnagas, ni un auto, ni una bocina. Brisa por la ventana. Dormí como un campeón. Desperté temprano y con energía. Desayunamos todos juntos, huevos revueltos con café, el niño no quería comer nada y sus padres no lo obligaron. El hombre parecía no haber dormido en toda la noche, parecía trastornado. Dans cheque personne, il y a du bon citaba un cartel sobre la heladera.

– No, no. Vos acá necesitás luz.

– Si es que no me gusta la luz directa para pintar – me dijo mientras hacía ademanes y se acomodaba el pelo.

– Claro, hacés bien, luz indirecta del norte necesitás. Con esta vista hermosa imposible no inspirarte – señalé el horizonte.

– Si, no sé si entiendo o si he sentido la inspiración.

– Yo tampoco – le dije pensativo mirando por la ventana de la lavandería que se convertiría en atelier.

En ese momento, sin previo aviso, volvió a suceder. Ahí estaba, mirando por la ventana, cuando lo vi. No estaba lejos, pero tampoco estaba cerca. Con sus tres o más camperas encima, sonriendo y saludándome con la mano, en medio del campo de trigo. Permiso, dije. Salí y troté en dirección al extranjero. Nos saludamos efusivamente, tal vez con mayor énfasis del que verdaderamente se necesitaba. Me tengo que ir, dijo, y se fue corriendo, sin dar explicaciones.

El relevamiento fue breve y conciso, ya no tenía ganas de estar ahí. Volví a la estación a pie mirando constantemente hacia atrás, un tanto abatido. Tomé el tren a las cuatro de la tarde, con cielo nublado y campos de trigo, y nubes bajas, y algunas vacas con las cuales me sentí bastante identificado. Intenté leer un libro de Bolaño que llevaba en el morral y no pude.

Siento que todo lo que haga o deje de hacer me va a llevar indefectiblemente al mismo punto. A ese punto en donde todas las causas parecen colisionar, causas que dieron lugar a mil coincidencias aleatorias, las cuales no importan. Siento que la totalidad de mis actos me llevan como una barca por el único curso de agua, me llevan constantemente a ese mismo momento, a ese punto en el que tengo un encuentro con este tipo. No hay nada que hacer, ya nada vale la pena, siempre todo llegará hasta la punta del embudo.

Mañana, el fin…