Con el diablo adentro

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Esta es mi historia: cuando tenía quince años me encontraba solo en mi casa, jugando videojuegos. Mis padres acostumbraban a salir solos varias veces al mes, y como yo era un adolescente que comenzaba a descubrir el mundo, disfrutaba de esos momentos de soledad. Hasta que; en una fatídica noche, la peor de todas; alguien, a quien no apreciaba mucho, me llamó por teléfono:

―Hola, Juan Carlos ―reconocí su voz al momento. Era la hermana de mi mamá. Una señora algo mayor que dedicó toda su vida a la iglesia. Era una monja que dictaba clases en el colegio católico del pueblo. Siempre fue muy estricta y mala conmigo, pues sabía muy bien que yo soy ateo. Discutía siempre que podía sobre todo tipo de temas, hasta me llegó a decir que la ciencia la inventó el mismísimo Lucifer.

―Sí, tía, ¿qué necesita?

―Mira, nene, tus papas tuvieron un accidente y están internados en el hospital. Prepárate porque en veinte minutos te voy a buscar. ―Esa era otra característica de mi tía: no pensaba en cómo dar las noticias. Tenía una diarrea verbal enorme, escupía insultos y noticias desagradables sin pensar el impacto que tendrían con su interlocutor.

Al recibir la noticia quedé pasmado, no pude reaccionar hasta que ella llegó y me llevó al hospital. Recuerdo que dejé la consola con el juego en marcha. Estaba tan perdido que no podía ni articular dos palabras.

Recuerdo el funeral, fue muy pequeño, pues la familia de mi papá nunca aprobó mi madre y por ello nadie nos visitaba. Una vez que el funeral terminó, un juez me dijo que tenía dos opciones: me iba a vivir con mi tía o me internaban en un patronato hasta que cumpliera dieciocho. No me quedó otra opción más que ceder e irme a vivir con mi tía.

Ni ella, ni yo, ni nadie en este mundo, podría haber predicho lo que estaba por comenzar.

En la primera noche me acosté muy temprano, quería convivir lo menos posible con mi tía. Apenas me quedé dormido, mi cuerpo comenzó a sacudirse espasmódicamente; era como si una fuerza increíble surgiera desde mi interior y tomara poder sobre mí. Mi cabeza se torcía de un lado al otro y mis ojos detonaban los tonos, por momentos todo era rojo, luego azul, violeta, amarillo, etc. Y la saliva salía disparada en todas direcciones. Ella no me oyó. No fue hasta la mañana siguiente que, al verme completamente demacrado como si me estuviese recuperando de una resaca, me preguntó:

―Juan Carlos, no voy a aceptar esa clase de comportamiento en esta casa. ―En ese momento algo en mí explotó, escuche que algo adentro mío hizo “track”

―Cállate, vieja puta, hija de mil putas. Maldita, conchuda cajetona, vieja trola, puta, puta, puta. ―Todavía no sé por qué, pero el decir malas palabras me tranquilizaba y por primera vez en mi vida vi que mi tía me temía.

―Cállate ―refutó―. No voy a permitir que trates así. ―Entonces, el track se hizo más fuerte, mi cuero comenzó a torcerse y sin querer golpee a mi tía mientras le decía puta una y otra vez. La golpee tan fuerte que salió despedida a un metro de donde yo me encontraba. Ahí me di cuenta que yo no estaba bien, mi cuello se torcía de un lado al otro, mis brazos demostraban hematomas muy oscuros y la saliva se desprendía de mi boca sin poderla contener.

Le expliqué que me sentía muy deprimido y que necesitaba ayuda profesional. Sin embargo, mi tía creía que el diablo estaba detrás, y en vez de llevarme con un psiquiatra trajo al cura de la parroquia… me iban a exorcizar.

Me ataron en una cama desnudo, llenó de hematomas. Mientras que el sacerdote me rociaba con agua bendita una y otra vez. Yo sentía que me moría del frío y como si fuera poco el maldito cura me obligo a ayunar.

Después de una semana, nadie curó mis heridas y comenzaron a infectarse, yo me sentía muy débil al borde de la muerte, me trataba como a un secuestrado. Sin embargo, todo eso lo compensaba con la ira que crecía en mi interior.

Durante los rezos en el ritual logré desatarme varias veces, me golpeaba a mí mismo, torcía la cabeza y la saliva salía disparada en todas direcciones, pero lo que más atormentaba a mi tía y al sacerdote era la catarata de insultos que les decía.

Me di cuenta de que nadie me iba a liberar y que lo más probable era que me muriera en esa cama hedionda. Entonces, cuando llegó la noche fingí estar tranquilo, soporté las oraciones y que me mojaran con agua bendita. El cura al ver que yo no reaccionaba me dejó tranquilo y se fue. Lo que él no sospecho, fue que mis cuerdas estaban flojas y que esa noche yo me escaparía.

Salí de la habitación por la ventana y, en el medio de la oscuridad y el cobijo de la noche sin luna, seguí al padre hasta la parroquia. Esperé solo cinco minutos afuera hasta que vi que la luz en su habitación se apagó.

Me sentía casi extasiado, yo tenía guardada una fantasía y esa era la noche en que por fin la cumpliría. Entre en la iglesia sin el menor esfuerzo. Abrí la ventana que separaba la parroquia de la casa del cura e ingresé por la cocina. Encontré dos cuchillos, un muy pequeño y otro enorme, como el que se usa en las carnicerías.

Caminé en la penumbra hasta la habitación y noté como la respiración del sacerdote dejaba en evidencia de que el tipo estaba durmiendo profundamente. Me paré a su lado con el cuchillo pequeño y se lo clavé en la columna en la altura de sus riñones.

El sacerdote se dio vuelta rápidamente y al verme trató de huir arrastrándose. Yo me apresuré y le cerré la puerta, saqué el cuchillo más grande y le dije:

―Hola, padre, no podía descansar. Es que no me duermo si no lo oigo rezar. ―El temor en su mirada me hizo sentir hombre, me hizo sentir importante, me hizo sentir… Dios.

―¿Por qué está tan serio? ―proseguí―. ¿Acaso ha visto a Satán? ¿O es por mi cuchillo que lo hace sangrar? Pídale a Dios que lo venga a ayudar, empiece a orar o no lo va escuchar, déjeme ayudar… ¡Si existe algún Dios, que me prohíba matar! ―En ese momento abrí su garganta de par en par, y la sangre se mescló con mi torcedura de cabeza y una catarata de insultos me devolvió la paz, y por fin pude dormir tranquilo. Lleno de sangre, infecciones y con un demonio durmiendo en mi cabeza, pero, al fin, tranquilo.

Al día siguiente la celadora de la iglesia me encontró y me denunció. Creí que iba a ir a la cárcel. Sin embargo, fui declarado inimputable y me internaron en un psiquiátrico. Me dieron que tenía el síndrome de Tourette, por eso era que tenía el tic de torcer la cara y amanecía con hematomas, rasguños y mordidas. Además, tenía coprolalia, es una desviación del síndrome que te hace decir malas palabras. Mientras que, la saliva era provocada por ataques de epilepsia. Después de ocho años y muchos medicamentos dicen que ya estoy bien y que estoy acto para volver a la calle.

Solo hay una cosa que me da gracia en toda esta historia y es que todos creen que me arrepiento por el crimen que cometí… pero les voy a decir un secreto, desearía volverlo a hacer…

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