El Ojo del Escorpión II

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Los espacios clandestinos están por todas partes, a simple vista y, por eso mismo, invisibles. Mireya llegó al 2510 de la calle Alberdi y tocó el portero de la casa, colonial, sencilla pero con sistema de monitoreo satelital. La puerta de rejas se abrió automáticamente y al llegar a la segunda puerta, de metal macizo, no alcanzó a tocar el picaporte. Un hombre con delantal, barbijo y guantes de nitrilo, le abrió. No tenía el aspecto que el Ruso le había comentado, y ni siquiera la saludó. Con una seña le indicó el lugar al que debía dirigirse. Parecía un lugar de ultratumba. Oscuro, lúgubre, las persianas de las ventanas cerradas, sin ventilación natural, lo más parecido a un sarcófago que ella hubiera podido imaginar. Golpeó la puerta que le indicó el recepcionista y esperó. Luego de unos minutos, escuchó desde adentro una voz: “Pasá, rubia”.

Einstein le decían al pelirrojo que vio enfocando el lente del microscopio apenas cruzó el umbral de la habitación. No importaba su nombre, era un cerebrito y evidentemente lo respetaban. Sus motivos tendría para mantenerse en el mercado clandestino de la ciencia, debe ser más rentable con seguridad. Esa habitación era distinta a todo lo que había visto desde que entró. Había demasiada luz artificial, casi para encandilar, aparatos de todo tipo con botones y luces de colores, tanques de nitrógeno, botellas rotuladas con nombres de varias drogas y tubos de ensayo por todos lados.

“Esperame un minuto, ya estoy con vos. Andá sacando el bicho, pero no de la bolsa”, le dijo él sin despegar la vista del lente. Mireya sacó la bolsa de papel de la mochila y la dejó arriba de una mesada. Se puso a observar todo el lugar. Pinzas, anaqueles con fichas, heladeras con muestras de varias sustancias, incluida sangre, entre medio de un par de latas de cerveza importada. “Servite una, si querés”, le dijo él, que tenía una percepción especial de los movimientos a su alrededor o leía los pensamientos, porque todavía no había despegado un ojo del aparato que lo tenía entretenido. Ella abrió la heladera, sacó una lata y la abrió. Se apoyó en la mesada al lado de la bolsa y frente al proyecto de nerd que estaba viendo alguna cosa seguramente excepcional.

—Ahora sí —dijo él, por fin levantando la vista. Sus ojos eran verdes, casi transparentes, con enormes pestañas y unas evidentes pecas que se evidenciaron aún más cuando sonrió. Se levantó de la banqueta, caminó hasta la mesada donde estaba apoyada Mireya y vio la bolsa—. Tenía razón el Ruso, linda rubia y peligrosa —dijo guiñando un ojo—. Contame…

—Bueno, el Ruso habla huevadas a veces, a mí me dijo que vos sabés qué clase de experimento hay en esa bolsa…—Insinuó Mireya antes de llevarse la lata a la boca sin sacarle los ojos de encima al tipo que la miraba tratando de absorberla.

—Sí. Hace años que los producen pero son difíciles de conseguir. Estas cosas nunca se hacen para ser anunciadas porque, en realidad, no se sabe qué sale cuando se manipula la naturaleza, ¿viste? —dijo él sonriendo, entusiasmado pero sin sacar las manos del delantal—. ¿Lo vemos? —preguntó llevando su mirada a la bolsa e indicando con la postura que era ella quién debía hacerlo.

Mireya bebió un trago más de cerveza, dejó la lata en la mesada, abrió la bolsa y sacó el frasco. El escorpión se replegó sobre sí mismo.

—Maravilloso… —murmuró Einstein abriendo los ojos y la boca.

—¿Qué cosa concretamente? —preguntó Mireya, sin entender a qué se refería específicamente el científico.

—Miralo, se encandiló…

—¡Qué novedad, cerebrito! No sé cómo hacés para ver algo cuando salís de acá.

—No suelo salir, tengo acá todo lo que necesito —dijo él sin dejar de observar los movimientos del escorpión.

—¿Y el baño? ¿Y la cama? ¿Y la cocina?

—Meo poco, duermo poco, como poco. De todas maneras hay en las demás habitaciones de la casa varios espacios para eso…

—¿De verdad nunca salís?

—No me gusta lo que hay afuera… Veamos el bichito, ¿te parece?

—Bueno, no le has sacado la vista de encima desde que abrí la bolsa, así que…, vos dirás, eureka…

Einstein tomó el frasco, bajó la intensidad de la luz en el techo y lo llevó hasta otra mesada en donde tenía una lámpara de neón. Bajó más la intensidad de la luz en la habitación y colocó el frasco debajo de la luz negra. Ahí estaba la cosita, ya relajada, en posición normal, brillando adentro del recipiente. Él abrió la tapa y lo dejó moverse con libertad.

—Vení, rubia… —Mireya se acercó y él la tomó por la cintura para ubicarla frente al arácnido que,rápidamente salió de adentro del recipiente—. Sabe quién sos, te ve perfecto, te reconoce, es increíble.

El alacrán, se quedó en el borde de la mesada y levantó la cola frente a Einstein.

—¡Ohhh, caramba! No sólo te reconoce, sino que te defiende. ¿Qué le has dado de comer?

—Un par de insectos…, vivos.

—Ahora sos su mami —dijo él riéndose.

—Al Ruso se le olvidó contarme que eras un pelotudo, pero me lo tendría que haber imaginado cuando te vi. ¿Tenés el antídoto o no?

—Tranquila, nena… —dijo él quitándole un mechón de pelo que le caía por el hombro y acomodándoselo atrás de la oreja—. Lo tengo, sí, pero escuchame rubia, este nene no te va a hacer nada… Los salvajes no son boludos, y este, que ve, menos… Sabe que sin vos no sobrevive.

—¿Me estás diciendo que además de ver, piensa?

—No piensa, percibe. Y sus sistema perceptivo es mucho más evolucionado que el nuestro. Percibe tus vibraciones

En ese momento, el escorpión de frente a Mireya comenzó una serie de movimientos armónicos y Einstein largó una carcajada.

—¿Cuál es la gracia, eureka?

—Es que…, no puedo creerlo…

—¿Qué hace?

—Te está cortejando, nena.

—No jodás…

—Estás segregando feromonas, la caricia en tu hombro y el susurro en el oído tuvieron toda la intención de acelerarte algo más que el puso, rubia… Poné la palma de tu mano cerca de él.

—¿Para qué?

—Tranquila, no pican nunca en la palma de la mano, van a las zonas de piel con vellosidades.

—¿Y si pica?

—No lo va a hacer, y si lo hiciera, tengo el antídoto. Dale princesa, relajate, el príncipe quiere bailar —dijo Einstein divertido—.

Mireya apoyo su mano dada vuelta sobre la mesada, el escorpión se acercó a ella, y la abordó sin abandonar sus movimientos armónicos. La cola en alto, no parecía querer agredirla.

—Esto es muy bizarro, el tipo está excitado —decía Einstein rascándose la cabeza sin dejar de reírse.

—Mirá cerebrito, yo vine a buscar un antídoto, no me interesa tu morbo voyerista —insinuó Mireya sin dejar de observar al escorpión.

—Rubia… ¿Vos querías un arma? Bueno, el caballero enamorado vale por dos.

—Quiero el antídoto ¿lo tenés o vamos a seguir pelotudeando? No me hagás pensar que al final sos un cagón…

—Ok, rubia, si vos lo decís…, vamos a lo nuestro. Vení…

Mireya colocó el escorpión de nuevo en el frasco y se sacó la campera de camino a la camilla.

—¿Es lo único que te vas a sacar?

—¿Qué querés, un show, imbécil?

—Nena… el bicho no te va a picar sobre el jean, dale piel… —le insinuó él humedeciéndose los labios con la lengua y quedando en una media sonrisa que, aunque a Mireya no le gustaba en actitud, no podía dejar de aceptar como sugerente.

Suspiró, se quitó la musculosa, las botas y el pantalón, quedó sólo con ropa interior y se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, se estaba desvistiendo ante un tipo al que no pensaba matar y que mientras él la observaba, hacía algo que, en cierta manera, estaba disfrutando. Eso aceleró el torrente de endorfinas en su sangre y las feromonas envolvieron  el ambiente, algo que el escorpión estaba captando con seguridad. Einstein, sabiendo que los mecanismos de defensa y territorialidad del animal estaban exacerbados frente a la única hembra segregando sustancias químicas de atracción sexual inconciente, se dejó llevar él también por ese flujo y permitió una erección para que el alacrán sintiera amenazada su virilidad.

Fue a buscar el frasco, lo abrió y apoyó la abertura sobre sobre el pubis de Mireya. El escorpión salió de adentro y la piel de ella, se estremeció levemente al contacto con el animal. Einstein, rozó la piel desde el ombligo, y marcó con una caricia suave del dedo índice, el camino hasta el centro del esternón, entre los senos turgentes. Ella sintió la excitación y el instinto salvaje del escorpión le pellizcó la piel con los quelíceros y en menos de un segundo le clavó el aguijón. Mireya gritó y abrió las piernas instintivamente.

—Unos segundos rubia, no dejes de moverte —le susurró Einstein al oído.

Y Mireya, abandonándose al influjo orgásmico, gimió.

Continuará…