Mykonos | Parte 1

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¿Por dónde empezar a contar una historia? ¿Y si esa historia es una historia de amor? Hay una supernova emocional eminente en este preciso instante, en el que solo se escucha la soledad del repiqueteo de mis yemas sobre el teclado. ¿Y si esa historia de amor es una venganza? Probablemente, cuando estamos por empezar a contar algo, debamos pasar por el espasmo del ¨no saber a dónde ir¨ para arrancar, de una vez por todas.

Comienzo por las certezas.

Después de aquella cena le llamé a Rubén. No le estaba mintiendo, eso lo hubiera podido manejar como cualquier mujer, lo estaba estafando. ¨El amor es lo único con lo que no se juega¨, habíamos pactado desde el primer día. Quedamos en juntarnos apenas yo llegara a

Buenos Aires y así fue. No nos volvimos a ver hasta hace poco que nos cruzamos, casualmente, en San Telmo y, café de por medio, ampliamos nuestros alegatos –más bien los míos- para decir adiós.

Quedamos a mano.

Casi un mes antes de aquella cena me había transformado en una desempleada más. Mientras al país se lo pasaban, de mano en mano, cinco presidentes en once días, el CEO de la cadena de hoteles –mi jefe- me anunciaba la retirada de los gallegos, después del evento gastronómico más importante que me había tocado organizar. “Esto ha salido tan bien, que vamos a vender y ya no necesitaremos tus servicios”, me había dicho, sin inmutarse, ordenando una transferencia muy generosa a mi cuenta del extranjero, que incluía hasta el premio consuelo de la patada en el culo que acababan de darme.

Escapé de esa habitación apenas pude; bajé al compás que los tacos y las piedras de mi vestido hacían contra el mármol de los escalones y giré hacia el pasillo que me llevaba a la recepción del hotel. Mermé la marcha ni bien llegué al lobby buscando un norte.

El corazón aún sentía el vacío que deja la estela de un disparo inesperado. “Cuando tu vida es el trabajo y lo perdés, debés buscarte una vida, no un trabajo”, decía siempre mi padre. ¿Justo ahí lo tenía que recordar? Necesitaba un remanso para entender y ordenar el llanto que comenzaba a garuar en mis mejillas.

Disimulé un poco entre los conocidos que me pasaban cerca, mientras buscaba calma en alguno de los Picasso que estaba en exposición durante ese mes; hasta que logré anclarme.

Podía sentir la textura de la alfombra en la suela, como si estuviera enredándome a ella. Sobre el techo, en el centro del gran salón, una falla de contacto en la lámpara principal de cristal Murano me mostraba la imperfección que hasta la mejor de las obras podía tener.

Ese trabajo era mi gran obra.

–Señorita Fernández… –escuché desde atrás– ¿Se encuentra usted bien?

El rímel corrido no me permitía mentir demasiado. Nunca nos habíamos visto pero hablamos por teléfono durante toda esa semana. El color de su voz tenía dos características apreciables en ese primer instante, antes de contestarle: era aún más espantosa en vivo que por teléfono y diametralmente opuesta a su fisonomía agraciada.

Dos meses después de aquella cena –sí, me vine hacia el presente para recordar algo– nos juntamos en Lujan, Mendoza, para ver una finca. Basil estaba decidido a invertir y exportar sus propios productos. Desde aquella cena éramos socios. Vente días después fui visitante y volé a Grecia para definir algunos puntos de la comercialización en Europa de nuestros vinos. Apenas entré a la habitación del hotel que me había reservado me esperaba un ramo de Ciclamen sobre la cama. Las flores preferidas de Basil Samarás lucían mucho mejor que la primera vez que las había visto.

La regla de no mezclar el trabajo con el placer empezaba a complicarse a esa altura de la historia. Este tipo me gustaba antes de darme cuenta.

Retomo desde el lobby del hotel.

–¿Samarás? –Pregunté sabiendo que era él– Qué sorpresa –agregué sobre la respuesta de su sonrisa abrillantada–, pensé que llegaba mañana.

–Y así sigue siendo para la mayoría; pero no pude evitar acercarme cuando la vi. Ahora usted se encuentra entre la minoría que, gentilmente, hace como que llego mañana.

–Quédese tranquilo, sigue todo igual, aunque mañana no creo que sea conmigo con quien se reúna, finalmente. Acabo de dejar de trabajar para Florence.

–Usted es parte del negocio. Florence lo sabe –puntualizó con el ceño fruncido y temí haber sido demasiada abierta al excusarme–. Gracias por informarme, señorita; igualmente desayunemos como acordamos. Si es tan amable, envíeme una locación donde no la comprometa.

Buscó en el bolsillo interno del saco perlado que colgaba de su brazo una tarjeta y me la pasó sin soltarla del todo. En el ojal del saco prendía un pin con la forma de un Ciclamen –primer recuerdo de la flor.

–Tengo su núme…

–Este es mi número personal, señorita Fernández –dijo y la soltó cuando conecté con su mirada–. Usted no trabaja más en esta compañía.

–Así es. No descarto llamarle, pero no se haga ilusiones. Debo repensar muchas cosas… Hubo una pausa donde sincronizamos nuestros silencios.

–…Uno siempre va detrás de lo que quiere –evoqué a mi padre, otra vez, como si no pudiera dejar de sentirlo cerca–. Pero debe elegir las formas, señor Samarás.

–¿Mayda, no?

–Si.

–¿Sabe qué significa su nombre?

–No –le mentí.

–Se lo haré saber cuando llegue el momento. Mire, estoy entendiendo ahora su expresión, señorita Fernández… Mayda. Créame, se por lo que está pasando. Argentina es una ruleta que encuentra su cero cada tanto y barre de la mesa las apuestas con esfuerzos más costosos. “La banca nunca pierde”. No me conteste ahora, si decide que no, sabré entender; pero… una mano extendida siempre está esperando abrazar a otra. No cierre las suyas nunca.

Me dejé su tarjeta y lo vi retirarse hacia el ascensor. Él nunca miró para atrás.

Al desayuno no fui. La almohada me había dicho que si accedía, la tentación personal estaría primando a la laboral. “Cochina, podría ser tu padre”, me repetía buscando amedrentarme. No estaba en condiciones de negociar nada digno con Samarás. El mercado enológico tenía un machismo del que difícilmente uno dejara de cuidarse para seguir siendo tomada en serio. Me despedí de Florence con un hermoso rayón, de punta a punta, en su Porche Carrera negro estacionado en el segundo subsuelo y cargué las pocas cosas que me importaban de la oficina, en mi camioneta.

Hacía mucho que no iba a Mendoza manejando. Hice escala en San Luis esa noche y llegué pasada la mañana siguiente.

En casa me esperaba mi madre y Canela, su fiel compañera. Un paso antes de tocar el timbre, me detuve a disfrutar del aroma cotidiano de su sopa de vegetales en oliva, infaltable en cada almuerzo. Después de abrazarnos mucho decidimos sentarnos a comer. Mientras nos poníamos al día llamaron a la puerta. Abrí sin consultar y del otro lado estaba Basil. Si, esa misma cara puse yo. Me molestó, me indignó, fue un atropello, pero me impactó. “No me mire con esa cara, usted dijo que ´uno va siempre detrás de lo que quiere´”, sentenció a modo de saludo y entró.

Continuará…

 

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