Los amantes de primavera

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Llegaron los primeros rayos de sol a la ciudad y Milena ya sabía lo que iba a venir.

Durante los meses en los que el sol pega más en el hemisferio sur estaba con Miguel, solo esa vez al año, y por esos días eran eternos.

Él volvía de su trabajo en un país lejano y se quedaba con ella, para amarse toda la primavera (y parte del verano) para alejarse con el calor, los primeros días de marzo.

El 21 puntual ella ya lo estaba esperando. Había organizado el mismo plan que llevaban varios años haciendo. Ella se iba al parque San Martín. A ese rincón cerca del Rosedal, que casi era un refugio y en primavera estaba todo florido. Cerró los ojos y a la hora indicada lo sintió, su presencia y sus labios rozándole los suyos.

– Feliz primavera mi amor – le susurró Miguel al oído. Había llegado.

Hicieron un picnic con mate y galletas caseras de manteca, y como todos los años Milena llevaba la Polaroid. Se dieron besos entre risas, porque no hay nada mejor que sentir la risa de alguien en los labios, y se sacaron fotos.

Cuando terminaron, a eso de las 8 de la noche, partieron para el departamento de Milena, en donde ya Miguel antes había dejado las maletas.

Amantes de primavera. Por esos meses eran más felices y esperaban la época con ansias.

Quizá así sería mejor.

El cerró la ventana de la habitación y se recostó al lado de Milena. Y de a poco la fue besando lentamente, como quien saborea a su tiempo una fruta esperada durante mucho tiempo.

Hicieron el amor, se entregaron el uno al otro como solo ellos sabían entregarse, y ensimismados en el placer del otro, sintieron en una noche todo lo que no podían sentir separados el resto del año.

Durante esos meses aprovechaban para amarse como nunca. Porque sabían que el resto del año no lo podían hacer.

Se habían conocido hacían varios años ya, una noche en que Milena había ido a tomar unas copas a un bar con una amiga, pero la amiga la dejó sola solo para irse con un muchacho que la había invitado a una fiesta.

Ella se quedó en la barra con un trago colorido cuando de pronto le tocaron el hombro y era un hombre un poco más bajo que ella, de pelo pelirrojo y una barba perfectamente arreglada que le preguntaba porque estaba tan sola.

– Me dejaron sola – le respondió ella.

– Nadie te debería dejar sola – le respondió, y acto seguido, él le invitó otro trago igual al que estaba tomando.

Esa noche la pasaron casi íntegra en el bar charlando que, con el correr de las horas, se iba vaciando de gente, hasta que quedaron ellos dos, a las 5.30 de la madrugada.

–  Si no es mucho pedir, me gustaría que me acompañaras al hotel – le dijo él, y Milena que hacía mucho que no pasaba una noche así con alguien, le respondió que sí.

Fue la primera vez que hicieron el amor, y la conexión que sintieron sus pieles jamás la habían sentido con ninguna otra persona antes. Se quedaron dormidos el uno abrazado al otro, y se despertaron justo al mediodía para almorzar. Pidieron comida a un delivery cerca y se quedaron charlando, y Miguel le contó cómo por su trabajo tenía que estar 8 meses en otro país lejano, sin montañas como Mendoza.

– Pero los cuatro meses restantes, los podemos pasar juntos, en una especie de vacaciones prolongadas. El resto del año tenemos que permanecer separados.

Y por alguna extraña razón a Milena le pareció el plan ideal. Solo serían amantes en primavera y el resto del año como si nada más.

– Prometo no estar con nadie el resto del año – le dijo ella.

– No hace falta. Con que estés conmigo en primavera me basta – le dijo él, y se besaron frente a la mesa.

Y desde entonces hacen eso. Son los amantes de primavera. El resto del año, sin más, esperando con ansias los primeros rayos del sol, en aquel pedacito en el hemisferio sur.