Mykonos | Parte 2

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El almuerzo tenía un comensal más. Curiosamente me encontraba presenciando la prueba de fuego a la que Doña Guillermina sometía a Basil. El veredicto de mi madre me iba a llenar de confianza para lo que vendría.

Esa noche fue “la cena”; pero me adelanto hacia Grecia, nuevamente.

A los cinco minutos de habernos juntado en Atenas, Samarás me anticipó que iríamos el fin de semana hasta una isla cercana para reunirnos con algunos potenciales clientes. Sería en uno de los restaurantes más importantes que Basil tenía en el mundo. Sacó de una carpeta unos cuantos papeles y me pasó uno de ellos. Era un menú.

–¿Y esto?

–Vaya al plato de recepción.

–“Sopa de Oliva” –Leí mirándolo de reojo–. Espero que mi madre esté cobrando los derechos de autor.

Parece complicada la historia, y ciertamente lo era. Tal vez como la manera en la que está siendo contada, aunque a esta altura sea lo menos importante. Este blog fue creado para contar las historias del vino que mi profesión me permite ir rescatando de distintos lugares, aunque nunca supuse estar escribiendo una propia.

–¿Conoce Mykonos, señorita Mayda? –Indagó el morocho una vez en el Jet.

–No. Solo Atenas y fugazmente.

–Intuyo que le va a gustar.

–¿Por qué supone eso?

–Porque concentra todo un crisol de experiencias. Las experiencias son las que, tamizadas por el conocimiento, forjan la sabiduría de las personas. Y la sabiduría es la mejor de las jubilaciones que uno puede obtener para transmitir lo que sabe a los demás.

–Parece sofisticado el análisis para decir, simplemente, que un lugar está bueno.

–¿Usted disfruta de la buena cocina, no? Sobre todo si es de sus propias manos.

–Si…

–Disfruta del sol, sobre todo al atardecer…

–Correcto.

–… y me ha comentado que las noches le llenan de vida sus días.

–Así es.

–Sin embargo se contenta a cuenta gotas con estas circunstancias.

Buscar el punto al que Basil me intentaba llevar colaboraba con la idea de dejar de pensar, por un instante, en mi temor al agua.

–Justamente por eso las disfruta tanto –continuó–. Eso es Mykonos, un lugar en el que uno puede permitirse ser quien no es habitualmente, o quien quisiera ser la mayoría del tiempo, como en pocos lugares del mundo –dijo marcando, con un sorbo de Ouzo, un punto seguido–. Quizás hasta lo encuentre a Hernán Cattaneo tocando en una playa.

Las comisuras de mi boca se estiraron involuntariamente, lo reconozco.

–Nunca mencionó al trabajo –apunté retomando el sentido del viaje.

–Bien… Nosotros venimos a buscar que algunos sigan disfrutando, pero con nuestro trabajo.

Cambiamos de embarcación a una más pequeña apenas llegamos y fuimos directo al sector de la isla donde nos estaban esperando. Los brillos del sol llenaban de diamantes el Egeo a medida que avanzaba la siesta. La reunión fue un éxito. Teníamos asegurada la venta de nuestras próximas tres producciones de Malbec. Esa noche fuimos a una fiesta a celebrar nuestro primer negocio. Bailamos, tomamos, intentamos seguir bailando, seguimos tomando. Amanecimos en mi habitación desnudos. Ninguno de los dos recuerda si pasó o no algo. Yo creo que no. Estoy segura que no. Él no tanto.

Desde esa mañana hasta ayer pasaron trescientos sesenta y cinco días. En el medio notamos que el trabajo se fortalecía cada vez que hacíamos el amor. Y que el amor nos estaba impidiendo viajar el uno sin el otro, así que decidimos tirar algunas raíces por acá y por allá.

Encaramos fuertemente nuestra propia bodega biodinámica, única por su diseño y maquinaria. Ésta se comunicaba subterráneamente con una casona de estilo mexicano en la que pasaríamos los primeros tres o cuatro meses de cada año. Nuestro hogar, por acá, rodeados de viñedos intercalados con olivos: nuestras naturalezas griega y argentina se ensamblaban perfectamente.

–¿Y eso? –Dijo anoche.

–Es un vino –contesté.

–Si… lo veo. ¿Mykonos? –Preguntó mientras agarraba, del pico, la botella para leer la contra etiqueta– ¿Es tuyo? No me dijis…

–Recordás la cena que tuvimos, cuando me propusiste que trabajáramos juntos.

–Sí.

–Te hablé de un libro que estaba escribiendo sobre los sabores del vino y lo que pueden representar para nosotros –aclaré y, antes de que comentara algo, continué–. Vos me hablaste de la memoria emotiva y te dije que no, que hay sabores en nuestras situaciones cotidianas y el arte podía representar esos sabores.

–Como una fotografía, dije yo –intervino.

–Sí, es cierto, “aunque la fotografía del paisaje no es el paisaje”, dijiste también.

–¡Buena memoria!

–¡Siempre! –remarqué mientras secaba, con un trapo, una de las copas– Te contesté que podía ser una parte del paisaje que no estábamos viendo; que el arte era una forma, distinta, de ver las cosas y que, en función de la calidad del mismo, podíamos entrar en la disyuntiva si la realidad es la que nosotros vemos o la que la obra nos está mostrando.

–Vos agregaste que “el vino es una forma de saborear nuestra realidad” –dijimos los dos a la misma vez y sonreímos.

Destapé la botella y la dejé sobre la mesa donde Basil no pudiera alcanzarla. Nos miramos. Él se dejó caer hacia atrás en la reposera y yo me quité el vestido por arriba mientras me le acercaba. Nos volvimos a mirar. Quiso levantarse y lo detuvo la planta de mi pie sobre su pecho. Me miraba como quien encuentra una cascada en el medio del desierto. Nos miramos, nuevamente, como dos felinos a punto de pelear. Trepé a él como a la rama de un árbol añejo; mientras sus manos se colgaban de mi cintura, como si estuviera pendiendo sobre un precipicio. Lo besé con el quinto beso, directamente, para desconcertarlo. En la palma de mi mano derecha retumbaba el ritmo de su pecho. Estaba a punto.

–Durante esa cena, te dije que arrancaba perdiendo uno a cero con vos –agregué encima de su oído.

–Recuerdo –contestó, como queriendo el postre antes que la cena.

–Me aclaraste que nuestra diferencia radicaba en que yo me enamoraba de lo que las personas eran y vos de lo que producían. Entonces nuestra diferencia sustancial para el hechizo estaba en el origen, aunque pudiéramos convivir; pero siempre en desventaja.

–Somos socios cincuenta y cincuenta –acotó, pícaramente, contando los lunares de mi cuello.

–En el trabajo.

–Y en la cama…

–¿Y en el corazón? –Pregunté mientras me estiraba a buscar las copas y la botella–. Desde aquella cena he estado trabajando en este vino. Si las experiencias en general tienen un sabor, las nuestras también lo tendrían, pensé durante esa noche. Particularmente trabajé en el sabor de lo que hacemos con nuestra piel en la cama, Samarás.

Su sexo ponía a prueba mi pulso para servir hasta la panza de la copa. Brindamos mirándonos a los ojos, olimos en espejo y probamos suavemente. Estábamos a quince centímetros de distancia. Si pudiera haber elegido la forma y la manera en la que iba a conocer el momento exacto, donde su incremento emocional positivo sucediese, no habría sido tan perfecto como lo fue anoche. Lo vi. Vi sus pupilas dilatarse mientras probaba el vino.

–Nunca digas nada sin probar dos veces –advertí antes de que acotara algo–. Esos es… así… suave… de un lado al otro de la boca –lo guié mientras movía mis caderas circularmente.

Capté ese preciso momento donde la vulnerabilidad se apodera de nosotros. De él, en ese caso. Me incorporé, sin dejar de mirarlo, mostrándole que me había dado cuenta. Nunca me había observado así.

Acerqué mi reposera hasta la suya y me senté. Su espalda se separó hacia adelante como quien quiere ponerse serio para definir algo; aunque no pudo. No pudo evadir sus emociones como no pude yo durante aquella famosa cena.

–Te amo –me dijo por primera vez–. Te amo infinitamente, Mayda.

Ya era feliz con él, pero siempre tuve dudas sobre su verdad. Él era de las personas que se enamoraban del producido del otro y no del otro, y no me había mentido.

Sentí que me hacía líquido sobre la reposera y encendí un poco de yerba para distendernos.

–Lo sé –le contesté–. Ahora sí que estamos a mano.

Nos quedamos un buen rato bebiendo con la vista en la bóveda estrellada que nos regalaba la noche.

–Mi Dama –susurró.

–¿Qué?

–La Dama. Mayda. Mayda significa “la Dama”, dijo y tomó lo que quedaba en la copa.

Continuará…


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