El Ojo del Escorpión III

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Mireya abrió los ojos y vio demasiada oscuridad a su alrededor. Giró la cabeza y comprobó que era el cuarto de Einstein con las luces veladas. Se sentó sobre la camilla y entornó la cabeza hacia ambos lados de los hombros para activar el cuello. Sintió que las vértebras la crujieron un poco. Respiró profundo y sintió la boca seca. Se llevó la mano al abdomen y palpó la pequeña venda debajo del ombligo. Se la quitó y observó las tres hendiduras, “los pedipalpos y el aguijón”, pensó. Llamó al cerebrito en voz alta y él le respondió desde el extremo de la habitación.

—Acá estoy, preciosa.

—¿Me pusiste el antídoto? —preguntó ella.

—Tenemos que hablar de eso, cariño, pero antes me gustaría que te vieras al espejo en este momento —dijo él, manteniéndose apartado de ella.

Mireya se puso de pie y se sintió un poco extraña, percibía el entorno diferente, podía sentir cada cosa, sus sentidos parecían estar más desarrollados o potenciados. Caminó hacia Einstein, por percepción, porque no lo veía, pero estaba segura de dónde estaba, sentía su respiración y el latido de su corazón, incluso la contracción de la glotis cuando él tragaba saliva y el parpadeo. Cuando estuvo frente a él, percibió la figura de su cuerpo y vio que se le erizó la piel.

—Sos algo maravilloso, hermosa, única… —dijo él.

—Dejate de cortejo que demasiado tengo con el bebé. Dame el espejo —ordenó ella.

—¿No lo ves? Cerrá los ojos.

Mireya obedeció la sugerencia y vio el espejo a su espalda. No hizo falta girar la cabeza para darse cuenta del azul intenso con el que brillaba su piel desnuda. Volvió a abrir los ojos y vio a Einstein con su halo de alucinación.

—¿Dónde está el nene? —preguntó Mireya.

—Descansando. Pero está bien. Necesita estar tranquilo para volver a producir el veneno.

—¿Me pusiste el antídoto?

—No. No hizo falta. No evidenciaste ningún síntoma de estar envenenada. Lo que te hizo el Escorpión no fue envenenarte. No quiso matarte, sólo estaba excitado y su inoculación no fue letal. Es maravilloso.

—¿Podés prender la luz? Me pone nerviosa verte así.

—Quizás debas acostumbrarte a ver diferente. El lugar no está completamente a oscuras. Si lo que pasó es lo que pienso, tus percepciones han cambiado.

—No hace falta que me lo digas, es una locura todo lo que veo, escucho, siento. ¿Cuánto estuve dormida?

—No estabas dormida, estabas descansando, como… el Escorpión… —dijo Einstein con cierta insinuación en el tono de su voz que sugería algo entrelíneas pero no estaba seguro de decir.

—Vos me querés decir que…

—Eso mismo, el veneno parece haber mutado en tu cuerpo. Seguís siendo humana, pero tu ADN, posiblemente no.

—¿Me estás jodiendo, pelotudo? ¡Te dije que me colocaras el antídoto! —dijo ella avanzando amenazante hacia él.

En ese momento, instintivamente, Mireya cerró los ojos y percibió claramente la adrenalina activando los impulsos orgánicos de Einstein que, casi con la respiración detenida, vio como las manos de la rubia se convertían en pedipalpos y le salía una cola con aguijón desde el extremo del coxis.

—Traé una jeringa y extraeme ya una dosis de veneno, quiero saber qué mierda tengo. ¡Ahora! —gritó.

Einstein, se movió presuroso a cumplir la orden, con la duda de hasta dónde la rubia escorpión podía dominar su instinto asesino cuando sintiera el pinchazo en el aguijón.

—Tenés que calmarte o no voy a poder hacerlo —dijo él con la voz entrecortada.

—Si me calmo la cola se retrae. ¡Pinchá de una vez, cagón!

El dominio de Mireya se volvió atroz. Cada uno de los músculos de su cuerpo querían atacar a Einstein y devorarlo lentamente. Pero necesitaba saber qué era lo que podría hacer ahora con esto y si había posibilidad de revertir ese estado. Él tomó la muestra y automáticamente, ella, ya más relajada, volvió a su forma humana. Abrió los ojos y fue con él junto al microscopio. El científico separó en varias muestras la dosis extraída. Colocó una gota en el microscopio, vio a través del lente la fulgurosa luminosidad del tóxico. Añadió una gota de suero con un proporción al diez por ciento de contraveneno. Nada. Aumentó la dosis, nada. Cambió la muestra y vertió el antídoto sin diluir. La muestra se apagó.

—Es gota por gota, reina. Pero esperemos, porque puede revertir —aseguró él, un poco más calmado por el descubrimiento y por la retracción de las pinzas y el aguijón en Mireya.

—¿Revertir qué?

—Quizás el antídoto no sea permanente. Hay que ver cómo reacciona.

—¿Sabés qué clase de veneno es este?

—Si fuera de un escorpión común, altera el sistema nervioso central y periférico. Te paraliza los músculos, te produce convulsiones, alucinaciones, espasmos, vómitos y finalmente un paro cardíaco. Nada de eso te pasó —dijo él frunciendo los labios.

—No me dijiste cuánto tiempo estuve dormida en la camilla.

—Tres semanas —respondió él sin disimular el asombro y agregó ante la mirada incrédula de Mireya—: tres semanas sin comida, ni bebida, ni nada. Hibernaste hasta producir el veneno. Es muy loco esto. Tenés sed, no hambre. Y… —dudó un instante antes de decirlo— No me animo a preguntarte qué querés comer…

Mireya suspiró.

—Ni lo hagas… No te estoy devorando porque te necesito, pero sos una delicia a mi instinto en este mismo momento, cerebrito.

Continuará…