En un espejo vi | Primera Parte

  •  
  •  
  •  
  • 38
  •  
  •  
    38
    Shares

Las piernas le dolían a más no poder y se sentía cada vez más cansada. Había seguido a su madre toda la tarde por la feria y ya habían recorrido más de dos veces todos los puestos. Su padre, Esteban, caminaba a su lado con la misma cara de fatiga, cansancio y resignación. Echó un suspiro al aire y le dijo:

―Juli, ¿estás cansada?

―Si ―le respondió, demostrando una sonrisa cómplice que solo un padre puede entender―. No sé por qué da tantas vueltas en el mismo lugar.

―Porqué, para ella, está es una actividad familiar que todos disfrutamos.

―Yo no lo disfruto. Tengo cayos en los pies por su culpa.

Esteban no pudo evitar soltar una carcajada. Su esposa, Emilia, se volteó y los reprendió.

―Seguro que están hablando mal de mí, me arden las orejas.

―Esas cosas no existen, mamá. Son solo supersticiones.

Emilia hizo un ademan dando a entender que la conversación no le importaba en lo más mínimo. Fue entonces, que pasaron por el frente de un colectivo transformado en una casa rodante, el mismo estaba rodeado de unos siete u ocho gitanos que intentaban vender sus manualidades, adivinar la suerte o simplemente “curar” a los transeúntes que paseaban a su alrededor.

Una chica joven y voluptuosa encaró a Esteban, quien no pudo evitar ver el escote de la hermosa gitana.

―Señor ―le dijo con una voz seductora― ¿no quiere comprar algo o que lo curemos de algún mal que lo moleste?

―Lo único que molesta acá sos vos ―bramó Julieta embravecida―. ¿Por qué no te vas por dónde viniste?

―Disculpe, señorita. Solo hablaba con su papá. No quise ser mal educada. ―Esteban tomó el brazo de su hija reprendiéndola por el ataque de celos que tuvo. Ella estaba complemente colorada, parecía que estuviese abajo de un sol abrazador sin ningún tipo de protección en su piel.

―No, discúlpanos vos. ―Esteban sonreía como un idiota, había quedado estupefacto frente a la belleza de la gitana―. ¿Tenés algo para mi hija, algo lindo que se pueda comprar?

―Por supuesto, señor, las mejores cosas están adentro. ¿Por qué no pasan y miran un poco? Si ven algo les guste le avisan a mi mamá. Ella con gusto los atenderá.

A todo esto, Emilia se había perdido entre la multitud. Esteban miró a su hija y vio que se encontraba al borde del berrinche, con lágrimas en los ojos y apunto de soltar una rabieta. Entonces sin perder tiempo, metió la mano en su pantalón y sacó trescientos pesos―. Compra lo que quieras, mi amor, pero no le digas a tu mamá.

Julieta tomó el dinero y lo miró con despreció―¿Esto es un soborno, papa?

―Juli, no compliques las cosas. Veamos que tienen y si nada te gusta nos vamos.

Entraron al vehículo y tal y como Julieta lo sospechó, estaba lleno de chucherías. Una mujer obesa y llena de transpiración estaba sentada en el centro. Los observó despidiendo una sonrisa simpática y les dijo:

―Pero que hermosa señorita. Y usted debe ser su hermano.

―No, no, no ―dijo Esteban ruborizado―. Soy su padre.

―“Que chamullo más estúpido” ―pensó Julieta.

―¿Qué se les ofrece?

―Estoy buscando algo para mi hija.

―¿Buscas algo en especial?

―Si veo algo le aviso ―le respondió de forma engreída.

―Bueno, mira tranquila. ―La postura de la gitana cambio de la simpatía a la ironía.

Entonces, algo llamó la atención de Julieta. Al final del colectivo, había algo que parecía estar llamándola. Pasó al costado de la mujer regordeta ignorándola por completo. La mujer no le hizo caso y siguió hablando con Esteban.

En el medio del vehículo había una cortina, un poco sucia, que lo separaba en dos secciones. Julieta lo cruzó y junto a la luneta, al final del micro, vio una anciana sentada.

El aspecto de la fémina era tosco y degastado. Las arrugas de su cara marcaban surcos enormes otorgando una imagen avejentada de una mujer al borde de la muerte. La piel era blanca y despedía un olor hediondo a podredumbre, a orina y a suciedad que la hizo sentir que estaba a punto de regurgitar.

―Acércate, niña, no muerdo―dijo anciana. Su mandíbula se abría a sobremanera cada vez que pronunciaba una silaba; parecía como si esta se fuese a desprender en cualquier momento―. ¿Qué te trae por acá?

―No lo sé. ―Aguantaba la respiración, no creía poder soportar otra bocanada de ese apestoso olor.

―Sos muy linda, muy coqueta―murmuró la anciana. Elevando los brazos para intentar acariciarla en la mejilla. Julieta se dejó tocar, pero el tacto de la anciana era frío y estremecedor, Intentó quitarse; sin embargo, no pudo. Se quedó lo más quieta posible, en un momento que pareció una eternidad.

―No creo que sea linda. ―Las palabras salían con timidez de sus labios. ―Tengo diecisiete y nunca he tenido novio, es más, ni me han besado. He tenido mala suerte con los hombres. Siempre después de conocer a un chico se aleja de mí, no sé por qué.

―Asique has tenido mala suerte, yo tengo algo que te puede ayudar.―La gitana giró y el crujido de sus huesos hizo retumbar el interior del colectivo, el sonido fue similar al de nota fúnebre e hizo que Julieta pensase en lo prominente que puede llegar a ser muerte―. Este espejo trae suerte. A mí me lo regaló mi mamá. Mi hija no lo quiere―dijo con tristeza―, me gustaría regalártelo.

Julieta lo tomó temblando. No lo quería, pero no se pudo resistir al hermetismo de la anciana. Era un espejito cuadrado muy pequeño, tan pequeño que entraba en la palma de su mano. Una sensación de hipnotismo la envolvió y no pudo resistirse a abrir la tapa que guardaba el vidrio refractario. Sus ojos se posaron en el espejito, esperando verse a sí misma. Pero no vio a su reflejo, sino que vio una nube oscura, similar al de una tormenta veraniega.

―¿Qué es esto? ―dijo extrañamente excitada.

―Tranquilízate y veras.

Suspiró profundamente y la nube comenzó a disiparse. Entonces, vio como el chico que le gustaba se besaba con una de sus compañeras.

―¿Qué es esto? ―volvió a preguntar asustada.

―Es lo que está pasando ahora o lo que puede llegar a pasar.

De lo profundo de su ser, Julieta sintió que una ira imposible de controlar subía por su cuerpo como si se tratase de un volcán en erupción. Al observar más detenidamente, se dio cuenta que la chica en la imagen se trataba de Micaela, su mejor amiga, quien sabía que ella estaba enamorada de ese muchacho.

―¿Qué gano con saber esto?―dijo reprimiendo el llanto.

La anciana sonrió suavemente, dejando entrever que ya no tenía ningún diente.

―Sos linda e inocente. Pregúntate a ti misma que puedes hacer para romper esa relación.

Julieta le hizo caso, sin preguntarle a la anciana o a si misma que es lo que estaba pasando. El espejo volvió a tornarse oscuro y desde el centro le enseñó como su amiga se besaba con otro compañero de su clase. Julieta sonrió intentado comprender como era eso posible y nube de posibilidades atropelló a su mente. ―”¿Qué poder tiene este espejo” ―se preguntó maravillada.

―Viste, el espejo te muestra lo que es y lo que puede llegar a ser. Al tocarlo él conoce tus deseos, tus miedos, tus virtudes y defectos. Es muy poderoso.

Julieta la observaba fascinada―. ¿Esto es real?

―Por supuesto, ¿no lo ves?

―¿Cuánto cuesta?

―Para vos, nada, bonita. Mételo en tu bolsillo y ándate rápido, mi hija no lo va a notar.

Julieta salió detrás de la cortina despidiéndose de la anciana. Pasó al lado de la mujer obesa y caminó directamente hasta su padre.

―No encontré nada.

―Bueno ―le dijo sonriendo. Percibiendo que el enojo de su hija había desaparecido―. Señora, fue un gusto. Nos vemos en otra ocasión.

―Hasta luego ―se despidió la gitana sonriendo.

Al salir del colectivo se encontraron con Emilia que se veía muy preocupada.

―¿Adónde se habían metido?

―Nos llamó la atención el micro en el medio de feria y quisimos entrar.

―¿Encontraron algo interesante? ―le preguntó a su esposo.

―La verdad que no. ¿Vos, Juli, encontraste algo?

―No, papá ―respondió. Acariciando el espejo que llevaba en su bolsillo.

Continuará…


TAGS: