En defensa propia

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Puso los dos codos sobre el escritorio, con su mano izquierda se quitó los anteojos y con su mano derecha sostuvo su cabeza mientras que sus dedos masajeaban su frente. Volvió a abrir los ojos al tiempo que se erguía.
—A ver, vamos de vuelta. Desde el principio.
—Sí, Comisario. Yo maté a Emilio Crespo en defensa propia.
—Sí, sí. No. No… Desde el principio —y volvió a acodarse en el escritorio masajeándose nuevamente la frente.
—Ah, bueno. Emilio vino a casa el sábado a las nueve…
—No, no. A ver… Usted nació como Miguel Antello, ¿no es así?
—Miguel Ceferino Antello. Así es, Comisario.
—Miguel Ceferino… Y ¿cuándo supo que usted era una mujer dentro del cuerpo de un hombre?
—Desde muy chiquito, Comisario.
—Claro.
—Desde muy chiquito. Yo…
—Espere, espere…
El Comisario se levantó y buscó el mate y el termo que tenía en un dressoire debajo de una ventana. Volvió a su silla.
—Está bien, pero ¿cuándo manifestó este… esta situación…?
—¿La de Emilio conmigo?
—No, no. La de que usted no era Miguel sino Josefina.
—Lo supe siempre, desde muy chiquito.
—Pero ¿cuándo lo manifestó? ¿Cuándo se lo dijo a alguien por primera vez?
—Ah. Ahh… Este… Bueno, hace… Bueno… No… no recuerdo bien…
—¿Hace diez años?
—No, no… no recuerdo bien…
—¿Cinco?
—Bueno, este… No recuerdo bien, creo que hace siete…
—¿Alguien puede confirmar esto?
—Bueno… este… No… no sé si se acordarán…
—¿A quiénes se lo contó?
—Es que no recuerdo, son cosas muy traumáticas, Comisario.
—¿Cuándo dijo a alguien que usted no era Miguel sino Josefina?
—Muchas veces…
—¡Pero a quién que pueda acreditarlo hoy, Miguel!
—Josefina.
—¡Josefina! ¿Quién puede venir a decirme que usted le dijo eso? La fecha que esta persona pueda confirmar va a ser la fecha que yo voy a considerar que usted lo manifestó, así que trate de recordar en el tiempo.
—Hace… hace un mes creo…
—¿A quién?
—A Marcela, la líder del movimiento transgénero el día de la marcha.
—¿La marcha de la plaza?
—Sí, comisario.
—Fue hace dos semanas.
—Dos semanas entonces.
—¿De dónde conocía a Marcela?
—La conocí ahí.
—O sea que usted conoció a Marcela hace dos semanas en la marcha y le contó que usted era una mujer en un cuerpo de un hombre.
—Sí… Sí, Comisario.
—¿Usted ya conocía a… a Emilio?
—Sí.
—¿Hacía cuánto que se conocían?
—Unos meses, cuando me mudé al barrio.
—Muy bien —el Comisario esta vez se llevó las dos manos a la cara y se la refregó como para despertarse—. Muy bien. Sigamos. ¿Usted dice que hace dos semanas no sabía que Emilio tenía cien mil pesos en su casa?
—No tenía la menor idea.
—No tenía la m… —murmuró el Comisario agachando la cabeza—. Continúe, por favor.
—Bueno, esa mañana Emilio entró a mi casa violentamente con la clara intención de violarme. La puerta estaba…
—¿Por qué piensa que Emilio quería violarla?
—Porque lo pude ver en su cara, en la manera violenta en que me agarró y me tiró sobre la cama, en la manera en que me pegó el primer puñetazo… Porque me decía todo el tiempo que me iba a violar…
Otra vez las manos a la frente. Esta vez el Comisario levantó la cabeza y miró al abogado que se mantenía de pie frente a la puerta. Volvió al interrogatorio.
—¿No le parece raro que… que Emilio quisiera violarlo… larla, violarla?
—Comisario, usted no conoce a ese monstruo. Es espantoso, violento, cruel, grosero, egoísta…
—Está bien, está bien… Está bien. ¿Entonces usted qué hizo?
—Agarré la pala que tengo al costado de la cama…
—¿Al costado de la cama tiene una pala?
—Sí. Siempre.
—¿Por?
—Soy una mujer sola, y no me animo a tener un revólver.
El Comisario se reclinó sobre el asiento, suspiró, y volvió a mirar al abogado pétreo cerca de la puerta.
—¿Entonces?
—Le pegué con la pala en la cabeza.
—Sí, y ¿por qué cuatro…?
—¿Cuatro qué?
—Cuatro palazos. La víctima murió de cuatro…
—Ah, es que temí que se recomponga… Comisario, en esos momentos uno no se detiene a tomarle el pulso…
—¿Qué hizo después?
—Lloré.
—Sí, pero ¿qué hizo en las seis horas siguientes antes de llamar a la policía?
—Lloré. Lloré mucho, Comisario. Me sentía vulnerable, estaba muerta de miedo, paralizada…
—Claro.
Volvió a mirar al abogado. Este no podía sostenerle la mirada. Lo sabía.
—Mig… este… Josefina, ¿sabe lo que pienso?
—¿Qué, Comisario?
—Que usted hace más de dos semanas se enteró que… que Emilio tenía cien mil pesos en su casa, que fue a la marcha a decir que se llamaba Josefina para que quede registrado por alguien esto, que luego sedujo a Emilio para tener sexo, y que cuando este entró le reventó la cabeza a palazos, fue a su casa, le robó los cien mil pesos, los escondió y llamó a la policía.
—Comisario… —dijo el abogado desde la puerta.
—Pero ¿cómo voy a seducir a Emilio para tener sexo si este era heterosexual? Todo el mundo lo sabe.
—Sí, pero no hay pruebas de que Emilio le hubiera dicho a nadie que era Emilio excepto por sus propios dichos. Y si esto no se puede probar entonces Emilio no es Emilio, sino que es Carolina, una mujer de 27 años, de un metro cincuenta, 48 kilos a la que usted asesinó a sangre fría.
—Pero yo tengo quién pueda atestiguar que Emilio confesó ser un hombre en el cuerpo de una mujer…
—Un testigo al que compró con la plata de la misma víctima.
—No sea cínico, Comisario.
—Pero ¿cómo puede explicar que Emilio iba a violarlo si…
—Violarla —aclaró el abogado.
—¡…no tiene pene!
—El violador puede tener el miembro amputado que igual sigue violando penetrando a sus víctimas con los objetos que sea. Es una patolog…
—¡Miguel, la concha de tu madre! ¡Mataste a palazos a una pendeja de 27 años, flaquita y petisita para afanarle la plata que heredó de su madre, hijo de puta!
Josefina se tiró hacia atrás, se tapó la cara con las manos y el abogado irrumpió en la escena.
—¡Esto se terminó acá, Comisario! ¡Josefina Antello mató a Emilio Crespo en defensa propia! ¡Sus opiniones van a ser causa de una denuncia que ya mismo le haremos!
—¡No puedo parar de llorar, Carlos…!
—Vení, Josefina, vení. Vamos…

Y salieron.

Ahora solo en su oficina, el Comisario volvió a acodarse sobre el escritorio, cubrió su cara con las dos manos, se la refregó y se recompuso. Sentado como estaba se cebó un mate y dejó su mirada fija en el respaldo en donde hacía un instante había estado sentado Miguel.