La rompe bolas y el hijo de puta ¿Quién tiene la culpa?

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Transcurría una apacible noche de verano, cuando terminado el asado nos disponíamos a abrir la décima cerveza abajo del parral que dejaba entrever una noche llena de estrellas.

Entonces, con el efecto del relax, el alcohol y la panza llena comenzaron a salir los reproches de pareja, las anécdotas desopilantes de los novios de años y los pases de factura disfrazados de chistes.

En mi posición de soltera árbitro comencé a recopilar toda esta información, mucha experiencia que en un futuro tal vez me podría ayudar a no cagarla tanto y finalmente ponerla.

No hay nada mejor que ese momento en que la conversación toma un giro filosófico y se le da a cualquier gilada un tinte científico/etílico. Ahí es cuando entramos en las cuestiones paradigmáticas, por un lado de la prehistoria con el hombre que sale a cazar y la mujer protege a las crías y por el otro de la princesa que necesita ser rescatada.

Ante esto, los intentos fallidos de machos alfa del grupo, quisieron hacer relucir la culpabilidad de las hembras.

“¿Por qué es culpa de la mujer?”

Porque no se mete con el tipo tranquilo, un poco tímido, que está sentado al costado de la barra, probablemente cansado de laburar todo el día, charlando con dos amigos con su cerveza. NO, elige comúnmente al HIJO DE PUTA, esos que salen vestidos facheros porque estuvieron toda la tarde al pedo eligiendo la ropa, corriendo o jugando al fútbol con los amigos, básicamente al pedo.

El típico salidor (y poco volvedor), que no le importa nada, que no pide permiso, que se cree bien macho y por eso se encara a todas las minas. La confianza en sí mismo, la parla y el encarar de una sin vueltas, muchachos, garpa mucho.

Esa sensación de fuerte e independiente empieza a ser un problema cuando comienza, algo así como una relación, porque ahora ella lo quiere cambiar, quiere que sea ese protector padre de sus hijos. Y eso no va a pasar, el tipo sigue de joda, de levante, con sus amigotes de siempre con los que termina en cualquier parte y la mina le rompe las bolas, para que llegue temprano, que la acompañe, que sea cariñoso, que no mire a la mina que paso caminando.

Deshonrosamente tuve que dar la razón, esos no son príncipes, son pelotudos y la culpa es nuestra por querer cambiar un sapo. Pero en ese mismo instante tuve que salir en defensa del género, con una frase que dividió el clima de la conversación irreversiblemente:

“la culpa es 50%-50%”

Ante la atónita, expectante y desorbitada mirada (en gran parte del pedo que ya se cargaban), procedí a explicar:

“¿Por qué es culpa del hombre?”

Porque no se mete con la mina inteligente e independiente, ya que corre riesgo de quedar como un boludo y encima que no lo necesite al príncipe azul que la rescate. Aparentemente, el cuento de la princesa que necesita ser salvada se lo comieron también ellos y buscan una frágil doncella que necesite ser protegida.

En términos actuales esto sería una piba muy linda y femenina, que te puede mantener una conversación por una hora pero no se le cae una idea propia, que labura pero no tiene una gran carrera que no le permita dedicarse a la familia en su momento, pero por sobre todo que sea una inocente flor de alelí para presentarle a la mami pero una diosa sexual en la cama.

Dicho esto casi terminé empujada a los vestigios del fueguito del asado cual hoguera, no como bruja, sino más bien como lechoncito salido del matadero.

Armada de coraje, por no decir llenita de alcohol, rematé “reconózcanlo, toda mina que parezca a su altura o 10 cm más arriba…¡¡¡se las baja!!!”.

Cuesta trabajo sentirse inteligente y muy macho cuándo una mina no los necesita para cambiar un foco, lo sé y por eso se quedan con la que los hace sentir “el macho alfa”, aunque no lo sean.

Así como antes te sentiste Superman al cambiarle la rueda del auto, ahora te rompe las bolas que te llame en medio de la juntada con los pibes para que le arregles el calefón que no prende porque no sabe. Y si, una mina independiente ya hubiera leído las instrucciones probó 30 veces hasta ver como mierda se hacía y sino puteando se mete a bañar en agua fría.

A la larga el tiempo es implacable, transformando eso que eligió en un calvario. Hay que hacerse cargo: mis queridas mujeres el hijo de puta nunca va a ser un marido y padre responsable; y mis apreciados hombres la princesa es un embole de alto mantenimiento que les va romper tanto las bolas que van a desear nunca haberlas tenido.

La conversación se hizo larga y antes de que los primeros gorriones desubicados nos avisaran que estaba por dar el alba, nos despedimos con la conclusión de que “NO VAS A DOMESTICAR UN LEÓN NI AVIVAR A UNA OVEJA por más buen culo o tetas que tenga”.