Crónica de una noche infinita

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Tenía que estar a las 22 y llegó a las 22.20.

Lo saludé con un beso en la mejilla, al fin y al cabo hasta ese momento nos habíamos visto solo una vez.

¡Cuán modernas y tecnológicas que se han vuelto las relaciones en nuestro tiempo! Hasta ese momento éramos extraños en persona y por chat nos pasábamos horas hablando.

Le dije que tenía que ver una de mis películas favoritas del cine, Blade Runner. Y que esa noche la íbamos a combinar con comida chatarra y cervezas.

La vez anterior que nos habíamos visto no nos habíamos animado a dar el primer paso y besarnos. Ahora yo esperaba que los nervios no me jugaran, otra vez, una mala pasada.

Y pensé “Cuan en calma se siente todo” cuando nos vimos arriba de la cama riendo por chistes que hacían que una película de dos horas se extienda bastante más, por las pausas.

Cuando aparecieron los créditos con la música de Vangelis prendimos la luz y nos encontramos ahí, disfrutando de pequeños momentos. Le pregunté si había escuchado mucha música en vinilo y me dijo que no, entonces fui a la habitación vecina de donde saqué unos cuantos discos y puse el primero.

De pronto lo vi ahí sobre la cama, me miraba de una forma muy tranquila como que todo estaba bien ¡y no pensé! Juro que no pensé nada y lo besé. Lo besé como quien espera algo desde hace mucho tiempo, pero que no quiere que se acabe. ¡Lo besé! Y que ricos que sabían sus labios, que me besaban a mí sin prisa, saboreando todo, disfrutando todo, sintiéndonos con ganas los dos.

Abrí los ojos, nuestros labios se separaron y nos miramos. Ya sabíamos lo que iba a pasar, la música siguió sonando y los besos, de a poco, se fueron profundizando hasta que, con sus manos empezó a acariciar mi espalda por debajo de la remera. Nos volvimos a mirar y me dijo “o me voy o esto se va al carajo muy rápido”, ambos sonreímos, estábamos deseosos. Y volvimos a caer al espiral de pasión que se fue profundizando cada vez más, besos en el cuello, me saqué la remera, me besó los pechos, se bajó el pantalón, lo masturbé. Y quizá actuamos tan desinhibidos por las tres latas de cerveza que nos habíamos tomado entre los dos, porque el paso a seguir fue obvio.

Nos entregamos a pleno. Hicimos el amor.

Y yo sentí que el tiempo esa noche era eterno, que su piel era infinita, que debía sentir todo, actuando por impulso, por pasión y desenfreno, ya el vinilo había dejado de sonar hacía un rato, pero todo en ese momento era tan perfecto que lo que sucediese fuera de esa cama no importaba. Nada importaba.

Nos quedamos desnudos mirándonos a los ojos y me dijo “no hay dolor” y quizá para los dos que habíamos sufrido más de lo que hubiésemos querido a nuestra no avanzada edad, eso significaba muchísimo. Se paró y se prendió un cigarro apoyado contra el marco de la ventana abierta, por la cual entraba una brisa fresca, y yo lo miré. Y ya no recordé a aquel que me había roto el corazón un tiempo antes. Por primera vez en mucho tiempo todo estaba perfecto.

Regresó a la cama y volvimos a hacer el amor. Y a las horas, nos vestimos, le di un beso de despedida, esta vez en la boca, y con la promesa de volvernos a ver y de seguir hablando, porque este era un nuevo comienzo. Y pintaba brillante.