El monstruo: Crónicas de un femicidio anunciado

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La miré una vez más. Pude reconocer los tatuajes con los que venía soñando últimamente. La bombacha de perritos gastada, de la que tanto nos reíamos estaba a medio bajar. Le acomodé tiernamente el flequillo y mientras la cubría con mi campera, le di un último beso en la frente.

No hizo falta decirle nada al oficial de policía que me había acompañado hasta la morgue para reconocer el cadáver. Mis lágrimas y mi cara de desesperación lo dijeron por mí.

Un café y otro más. – Señor acá no se puede fumar – me dice la voz tímida de una enfermera atrás. Mirándola enfurecido tiré el cigarrillo por la ventana ¿Cuántos trámites más tendría que hacer para que me entregaran por fin el cuerpo?

“Sin novedades” rezaba el último parte policial respecto del paradero de los sospechosos del crimen. Otro puñetazo más a la pared. A ese ritmo me iba a quedar sin nudillos en una noche.

Era el enésimo femicidio en lo que iba del año. Ya ni las cuentas se podían llevar. Hasta el momento, los únicos sospechosos eran los miembros de una bandita de rock local que estaban dando sus primeros pasos en la industria musical.

Yo había jurado molerlos a palos en cuanto los viera.

Ella, que siempre fue rockera, los había ido a ver la noche anterior a un bar de culto, esos en los que la gente está sumamente preocupada por hacerse los relajados. Era fanática de esos chicos y yo los odiaba profundamente.

Hablé una vez más con los payasos de sus amigos. Todavía les duraba el efecto de lo que fuera que hubieran consumido la noche anterior, por lo que les costaba -más de lo normal- poder hilvanar dos ideas seguidas. Juraba para mis adentros que si alguno más me llegaba a decir “loco” o “chabón” los iba a terminar cacheteando ahí mismo.

Me culpaba a mí mismo. No la tendría que haber dejado ir sola, menos cuando sé que tiene sus crisis existenciales. Nos habíamos peleado fuertemente, ya prácticamente ni hablábamos. Pasaba por su casa todas las noches, para ver, aunque más no fuere, una luz prendida, para saber que estaba bien y si estaba con alguien.

Después de días sin dar señales, una de sus amigas llamó para contarme lo peor. Habían ido a tomar algo luego del recital con amigos, a la casa de uno de los músicos. Luego de esa noche no la volvieron a ver hasta que su cadáver apareció semidesnudo, flotando en el parque central con sus manos y pies atados con cuerdas de guitarra eléctrica.

¿A quién se le puede ocurrir atar a una persona con cuerdas de guitarra eléctrica?

Yo solo buscaba venganza. Quería lastimar a alguien para que pagara por lo que le habían hecho.

Miraba al oficial de policía tonteando con el teléfono móvil en vez de estar investigando y me daban ganas de tirárselo en la cara.

Veía al morguero destaparla y tratarla como a un pedazo de carne y quería empujarlo también.

Seguía llamando a sus padres, quienes todavía no me atendían, para poder retirar el cuerpo y quería echarles la culpa, por haberla descuidado.

Analizaba a los inútiles de sus amigos, ahí sentados, vestidos de idiotas con cortes de pelo extraños y quería sacarles el efecto de los alucinógenos a golpes, por haberla dejado sola.

Relojeaba sin prestarle atención al periodista entrometido, que me seguía preguntando sobre mi relación con ella, si estaba organizando alguna marcha y solo pensaba en triturarle el grabador.

Pero sobre todo la miraba a su amiga, la última que la había visto con vida y que decidió dejarla en aquella casa, para irse con el chongo de turno. A ella también quería culparla, a ella también quería hacerle daño.

Una vez que llegó su familia, nos fundimos en un largo abrazo. Corroboré una vez más que la policía no tenía ninguna pista nueva de los sospechosos y decidí marcharme solo a casa.

Estaba aturdido, me tuve que sentar en el sillón para no desplomarme en el piso. Miles de ideas se cruzaban por mi cabeza. Pero había algo que no me cerraba. Todavía no había podido hacer el duelo. No lograba entender a esos monstruos ¿Por qué lo habían hecho? ¿Qué clase de gentuza maleducada y sin valores puede llegar a cometer un crimen tan aberrante?

De repente un flash de recuerdos se cruzó por mi cabeza. Abrí los ojos, estupefacto, y vomité todo el suelo del living.

Busqué desesperado mi teléfono celular y pude ver una llamada que le había hecho a ella la noche anterior. Era un extraño indicio. No recordaba haberla llamado.

Preso del pánico, continué revisando mis bolsillos hasta encontrar una entrada al recital de la bandita nueva de rock que tanto odiaba.

Las náuseas se apoderaron de la situación. Salí al balcón del departamento a tomar aire. La vista al parque desde el sexto piso, me trajo a la realidad.

Completamente atemorizado busqué la billetera y vi lo peor, un ticket de American Express.

Era yo, con mi tarjeta, el que había comprado las cuerdas de guitarra.

Las imágenes se hicieron patentes. Sus ojos mirándome desconcertados. Yo, escondido en aquel bar de culto. Mi locura de celos. El cuello, siempre tan frágil como su pequeño cuerpo, se rompía bajo mis poderosas manos.

Una vez más el mareo se apoderó de la escena, simplemente que esta vez no quise luchar para mantener el equilibrio.

Los seis pisos pasaron lentamente, dándome la oportunidad de arrepentirme de todo lo que había hecho. Incluso pude ver cómo caía curiosamente sobre mi propio auto. Verde.