Big pánico bang bang bang

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Lo que cuenta simplemente es ese momento de pánico y no su explicación.
René Magritte

Justo en la mitad de la oscuridad absoluta (donde pace la tranquilidad, en el centro perfecto de la misma nada) hay una lucecita. Ora verde ora azul. Esta así desde hace no sé cuanto tiempo. Verde, azul, verde, azul. Metrónomo hueco. Hasta ahí, todo bien.

Aumento de la frecuencia cardíaca o tambores taiko resonando en mi pecho.

Empieza a aparecer una lucecita roja subrepticia. Muy tímida, tanto que parece una alucinación. Una visión tan tenue que no tiene existencia.

La luz roja comienza a aparecer más seguido. Una verde, una azul, una verde, una azul y una roja.

Me despersonalizo, me separo de mí mismo. Me veo sentado mirando al vacío.

La armonía lentamente se va derrumbando, un actor no sospechado salta en la balanza, confundiendo el equilibrio. Cada vez más y más y más rojo y menos verde y azul.

Asfixiándome rodeado de oxígeno.

Una verde, una roja y una azul. Una verde, una roja, otra roja y una azul. Otra roja, otra roja, otra roja. El azul y el verde desaparecen. Solo queda la roja, prendiéndose y apagándose. Hasta que solo queda encendida.

La sangre se va silbando bajito.

La nebulosidad se va manchando, el color rojo sube por ella como humedad en una pared.

La temperatura corporal sube, Hiroshima bajo mi piel.

Tanto rojo, tanto rojo empieza a calentar todo.

En la nada surgen burbujas de ebullición, la oscuridad hierve. El vacío se empieza a derretir y, como no tiene lugar adónde ir, se pone en posición fetal.

Palpitaciones, aumenta la sudoración y se convierte en Tsunamis de Hokusai.

El mundo se hace tan pequeño que no tiene lugar en sí mismo y explota hacia el infinito. Se dispersa en millones de fragmentos. Cada uno de estos pedazos hace lo propio y así sucesivamente.

Innumerables pedazos de nada surcan el espacio.

Una amenaza imaginaria atrae al miedo escondido en ninguna parte.

Todo funciona correctamente. La señora estatua de al lado de mi casa riega su jardín estatua. Se escucha el metrotranvía, con efecto Doppler. Una mariposa descubre el sentido de la vida, pero se la come una araña, a la que no le importa nada de eso. A un camión Dodge se le rompe el cigüeñal. Las cosas están en orden, el mundo funciona, cada engranaje gira, con sus muescas oxidadas, con sus tornillos rotos.

Uno piensa que la vida es hermosa.

Pero es sólo una apariencia.

Algo anda mal, muy mal. Se siente que se avecina un vendaval. Se siente raro, es difícil saber de dónde proviene. Parece que viene desde adentro, no de mi osamenta, sino más adentro aún. Todavía no la veo, pero percibo su aliento a tormenta.

Empieza un sudor frío en la punta de los dedos de la mano aunque hacen 32°, progresivamente va tomando cada centímetro de mi tugumento, hasta cubrir todo mi cuerpo con una escarcha que muerde. Unos temblores me sacuden las células.

Algo está mal, muy mal; aunque nada lo está.

Un miedo transpirado sube como una serpiente, desde mis tobillos; reptando por las piernas, sobre mi dermis congelada y convulsa.

Algo está mal. Mi pecho implosiona, se hunde bajo la superficie, busca oxígeno en el vacío absoluto, ahogado por el miedo que llega a mi garganta y no me deja respirar.

Me voy a morir y me van a poner en un ataúd dos números más chico.

Estoy a punto de morirme; lo sé. Voy a mirar a los pocos deudos desde mi cajón, cómo me observan incrédulos. A algún obsesivo compulsivo se le va a dar por acomodar parejos los algodones dentro de mi nariz.

Te vas a morir, eso gritan la señora estatua y el jardín estatua; el metro tranvía y el efecto Doppler; la araña y la mariposa.

Ya presiento los gusanos departiendo en mi carne. Mi barba y mis uñas creciendo contumaces. Me voy a morir, no queda otra opción. Me voy a extinguir en una luminosidad gris y feble.

Me voy a morir.

Algo anda mal, muy mal. Mis piernas se hacen un nudo, aunque tratan de correr despavoridas. Una voz, que es la mía, me dice que el corazón me explota, que se desgarra.

Quiero hablar, para pedirme auxilio, pero solo balbuceo. Los ojos se me salen de las cuencas y amenazan con llegar a las mejillas.

Mi cuerpo es un animal herido que puja por escapar, pero está clavado en su propia piel. Los huesos se me hacen polvo. Todos mis músculos pugnan por la fuga.

Comienza el Pánico… bang, bang, bang.

Es un temor primitivo que cruza el horizonte de mi mirada sin otro motivo más que aparearse con mi razón y esta puta se lo permite.

Mi Big pánico bang bang bang personal, la expansión sin límite del miedo. No hay dónde huir, no hay qué decir, no hay qué explicar. Lo único que queda es encender un cigarrillo tras otro y llorar a los gritos.

El miedo atraviesa mi Cosmos, a la velocidad de la luz andando de rodillas. Crece exponencialmente formando nuevas galaxias, agujeros negros y estrellas enanas de circo. Se van creando nuevos planetas con seres vivos cuyo alimento es el terror. Vertiginoso va llenando la nada con su volumen.

Entonces, de a poco, se va deteniendo. La labor está cumplida. El miedo está instaurado como nuevo orden en mi Totalidad.

El pavor es Dios. Pero este Dios no es Ubicuo ni Omnisciente ni Todopoderoso. Es un Dios de hielo que se va descongelando. Y los temblores, el frío, la muerte inminente, la asfixia, el miedo absoluto. se van como gotas en un resumidero.

Todo desaparece de golpe., como una cucaracha cuando prenden la luz de la cocina.

En un rincón del nuevo Universo, formado en un huequito de mi pecho, un poco de luz despierta y se cree infinita. Luego escupe un fulgor verde, luego otro azul y así, sin cansarse de escupir luces.

Escondida entre sus muelas hay una luz roja, latente. Y cuando la oscuridad se chupe los dientes saldrá, y va a volver mi Big pánico bang bang bang.

Mientras tanto, seguiré diciendo que la vida es hermosa.