Bestia salvaje

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Bestia salvaje, magníficamente bella e indomable, libre y orgullosa, corrías por las praderas y tu galopar retumbaba en las paredes del nuevo y viejo mundo, libre con el pecho lleno de orgullo y confianza surcabas lagos, montañas y ríos, tus historias son leyendas que corren aún entre los que no se animan a entrar en ese misterioso valle.

Yo me encontraba perdido, vagando por aquellas frías montañas, había ya perdido el Norte, el mapa, mojado y lleno de barro me confundía aún más, solo me quedaba dejarme guiar por el instinto. Instinto que ahora se encontraba adormitado y desnutrido, parecía anémico y sin fuerzas, no tuve opción y seguí mis pies, recordé entonces el consejo de una anciana a quien amé en mi infancia, me dijo de pequeño que nunca estamos realmente perdidos, si aprendemos a observar con templanza el entorno, para entonces permitirnos paso a paso seguir nuestros pies.

No te vi venir, apareciste repentinamente frente a mí, el sol brillaba en tus bordes y a contra luz me pareció ver que tenías alas, que con el sol en mi frente se dibujaban oscuras y hermosas; lucias magnifica con tu pelaje suave, mis ojos podían sentir tu aterciopelada textura, ni los egipcios en sus finas sedas habían conocido semejante sensación de calma.

Hacías tu show frente a mis ojos, levantabas tus largas y preciosas patas, movías tu pelaje de un lado al otro sobre el lomo, y rasguñando las rocas contra tus pezuñas asentías con la cabeza mostrando firmeza, sentía que me desafiabas a verte, yo por mi parte te observaba poseído de paz y asombro, estaba atónito, tan bella creación frente a mi sin miedo alguno. Tu mirada profunda pedía a gritos un par de ojos, con quienes cruzarse azarosamente para que se fijaran en ellos y oyeran lo que tenían para decir.

Tu corazón galopaba contra mí oído como el eco de tus andanzas en cada piedra de aquel valle, tocaba mi rostro por momentos para asegurarme de no estar dormido, quizás estaba ya muriendo de hipotermia y tristeza, sobre algún lecho de puntiagudas y tajantes rocas que me estarían cortando ahora la seca y maltratada piel. Mis piernas comenzaron a tiritar y caí desplomado al piso, no recuerdo mucho de aquella escena, solo sé que al volver en mí, estabas recostada a mi lado, calentándome y empujándome para que reaccione. Al hacerlo casi por instinto te acaricié y toda idea que había hecho en mi mente sobre tu pelaje se desmoronó por completo, las yemas de mis dedos no reconocían tamaña suavidad, mezclada con una calidez que pasaba por las muñecas, giraba en el codo y de allí iba directo a mi alma.

Me ayudaste a ponerme de pie y me mostraste las maravillas de aquel valle, las heladas aguas que bajaban bañando la montaña, los pequeños pastos rendidos ante la más mínima brisa, me mostraste como te divertías saltando entre charcos y como descansabas bajo la sombra de los sauces. Me hiciste sentir el perfume de pequeñas flores escondidas entre rocas, me recordaste a la mujer del consejo de mis pies, me llevaste al límite de un alto y ventoso risco, estaba en la cima del valle, desde allí no parecía un lugar tan aterrador y frio, entendí entonces porque nadie está realmente perdido si aprendemos a observar con templanza el entorno.

Cerré mis ojos, mis pies ahora me indicaban dar un paso más, dejarme caer en la infinita belleza del valle y convertirme en parte de él, tembloroso di ese paso, me sentí como una pluma, que flota liviana desde el nido hasta el suelo, meciéndome en la ventisca del magnífico lugar. Mi corazón agitado y maltratado, latía tan fuerte que podía sentirlo retumbar contra las pequeñas rocas a la orilla del río, y hasta en las copas de los pinos.

Abrí los ojos, estaba con los brazos abiertos, los ojos llenos de lágrimas, la ropa añeja y maltratada cubría un cuerpo nuevo que no lograba reconocer, pusiste mi mano en tu rostro y un impulso eléctrico me recorrió la espina dorsal y me lleno de éxtasis. Te miré a los ojos, oscuros y profundos, que ahora estaban cubiertos por una cascada de cristalina agua, tomé tu cabeza con ambas manos y sin decir una palabra te agradecí, por ser esa bestia salvaje y libre, magnifica y de pelaje brillante, por mostrarme lo maravilloso del valle al que le temía profundamente. Sin decir una palabra me comprendiste y te rendiste allí, en aquel magnifico risco, paisaje que vulnera los sentidos y viola la percepción. Desinflaste tu altivo pecho y me permitiste ver tus heridas, eran  tantas como las llagas en mi espalda y los parches en mi ropa, entonces entendí que el eco de tus andanzas no era nada más que una exageración de tu galopar por el valle, vos, magnifica bestia salvaje y libre, rápida y fría como agua de montaña, perfumada y hermosa como flor entre las rocas, firme y resistente como pino entre la nieve.

No quiero salir de este valle, ya no quiero regresar a la ciudad de Argos, no tomaré parte alguna en la mitológica historia, nadie en la aldea extrañará a un andrajoso y maltratado ser, quiero quedarme aquí, sentir la humedad al  final de la cascada, ver el agua romper pacientemente las rocas, sentir el aroma de las flores viajar por los cañones, sentarme en el mágico risco a sentirme pequeño, pero ya no solitario.

Me quedaré, cuidaré tus heridas y limpiarás las mías; galopa, que el eco de tu andar se sienta en cada roca y en cada corazón sobre la tierra, que este valle y cada valle sobre este planeta sienta tus latidos, muestra tus heridas, como un aguerrido hoplita, eres una bestia, salvaje, libre, magnifica y hermosa, que nada te turbe ni te detenga, deja que las flores perfumen tus fosas, que la humedad de la cascada bañe tu hermoso pelaje, permite que las rocas golpeen contra tus pezuñas, no temas porque yo, me quedaré a admirarte.