En un espejo vi | Tercera Parte

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La actitud de Julieta cambió tan paulatinamente con sus semejantes que lo tomaron más como una muestra de rebeldía que por un trastorno de bipolaridad. Vivía enojada consigo misma, sufría ansiedad al no poder ver el espejo y sentía que, cada vez que no lo tenía frente a sus ojos, se estaba perdiendo de algo importante: algún secreto, una visión del futuro o una artimaña para hacer sufrir a alguien.

Ella no podía creer la imagen de sí misma, le gustaba pensar en el sufrimiento de los demás y había comenzado a desafiar las reglas de sus padres: se dormía tarde, fumaba y consumía pornografía. Sus ratos de estudio se extinguieron por completo frente a sus nuevos vicios, del que se desprendía el más importante: mirar al espejo.

Pasó las últimas dos noches planeando el escrache a su amiga, Micaela. No era algo muy difícil, pero no quería dejar nada librado al azar. Se levantó más temprano que de costumbre, cansada por haber estado toda la noche mirando al espejo. Seguía viendo secretos y oscuridad a su entorno, sin embargo, lo que más le llamaba la atención era el rostro inexpresivo del hombre de la barba. Lo vio tres veces más, y aunque el rostro la inquietaba un poco, no le daba mayor importancia.

Terminó de arreglarse y por primera vez en su vida usó maquillaje. Su belleza era majestuosa, era imposible darse cuenta que esa niña tenía solo dieciséis dulces primaveras. No existe, ni existirá una palabra en que pueda describirla; la única que más o menos se acercaba a dar una descripción era: “perfecta”. Sus mechones de pelo suelto, dorados, caían como en una cascada armoniosa sobre sus hombros; sus ojos que siempre fueron castaños, se tornaron en un verde claro que impactaba con solo mirarla fijamente por un segundo; su cara, su tez, su boca, se amoldaron perfectamente a un cuerpo escultural; al que ningún hombre en su sano juicio se podría resistir.

Se colocó el uniforme: una camisa blanca con una falda que le llegaba a las rodillas. Ese último detalle le pareció insultante, entonces, decidió subirla un poco más. Sus piernas eran largas, macizas y perfectamente torneadas, parecían las de una deportista, obviando el hecho de que Julieta nunca en su vida practicó un deporte.

Salió de su habitación y se cruzó con sus padres, quienes estaban desayunando. Esteban al ver que su hija ya no era la niña que jugaba con muñecas, sino más bien una mujer hermosa; se quedó boquiabierto y no logró coordinar a sus funciones neuronales para que hicieran sintaxis y formulasen una pregunta. Sintió un alivio enorme cuando su esposa, Emilia, pudo articular la pregunta que nunca hubiera podido realizar.

―Hija ―preguntó en un tono amable, ya que Julieta le respondía con violencia o sarcasmo últimamente―, ¿no crees que llevas mucho maquillaje para ir a la escuela?

―Mamita ―dijo usando su tono irónico―, corríjame si me equivocó; pero, ¿vos no usabas maquillaje a mi edad para ir a la escuela?, ¿o me mentiste? No era que querías que me comenzará a arreglar. Además―prosiguió más calmada al ver el tono de enojo de su padre―, hoy es el acto del día del maestro. Todos van a ir arreglados, me daba vergüenza ir con la cara lavada… Y ―endulzó en tono de voz― van a estar los padres. Ya sé que no podes ir a verme, papá ―tocó su brazo suavemente provocándolo. No supo por qué lo hizo, pero sonrió al darse cuenta que la tensión se liberaba del rostro de Esteban. ―Pero vos, mamá, si vas a ir, ¿o no?

―Sí, nena, más vale que voy a ir. Nunca me perdí un acto, ¿por qué me lo perdería ahora?

―Bueno te espero, mamá. Además, hoy va a ver una sorpresa para todos. No llegues muy tarde o te la vas a perder.

Esteban y Emilia se miraban preocupados mientras que Julieta los saludaba con un beso en la comisura de los labios. Estaban se sintió un poco incómodo, pues el beso que le dio su hija fue muy efusivo para ser una expresión de amor entre padre e hija. Se limitó a suspirar y a esperar a que Julieta se fuera.

―Me tiene muy preocupado. ―Esteban temblaba por su nerviosismo, como si se encontrase en el medio de un accidente saliendo del estado de shock.

―A mí me asusta.

―¿Por qué?

―Ha cambiado, no es la niña dulce que era. En un mes ha cambiado mucho, ya no me respeta, no me hace caso y con vos la situación es muy similar. A parte… ―Se quedó callada en el momento, no se atrevió a seguir con la frase que había pensado.

―¿A parte qué? ―preguntó Esteban, presintiendo lo que su esposa estaba a punto de decir.

―Nada. Son solo estupidez.

Ninguno de los dos siguió hablando durante el desayuno. Pero ambos sabían que Julieta los había amenazado para que no la molestaran. Ella les había dicho que si se seguían metiendo en su vida ella expondría sus respectivas infidelidades.

Julieta llegó al colegio y era el centro de atención de todas las miradas masculinas y femeninas. El sol se asentaba sobre su rostro y este se iluminaba angelicalmente. En esa mañana el único comentario del que se hablaba, hasta el momento, era el del cambio de Julieta. En solo treinta minutos la habían rodeado todos los varones del último año y le hablaban constantemente sin parar. Ese día no hubo clases, comenzaron a armar todos los preparativos para el acto.

Nicolás la miraba de reojo y ella le correspondía, pero le daba celos constantemente. En joven muchacho se enfureció he hizo el amague de ir a hablarle, sin embargo, se acobardó, se sentía disminuido ante la actitud y belleza de Julieta.

Los padres llegaron, el acto comenzó y todo marchaba un curso normal. Hasta que Julieta tuvo que subir a dar su discurso sobre los maestros y su importancia en la actualidad. Su madre la miraba con una mezcla de orgullo y de temor y los padres de Micaela la observaban buscando a su hija entre las filas de alumnos.

Luego de concluir con su discurso, ella prosiguió. Hablaba como si estuviese improvisando, pero la verdad es que tenía todo calculado.

―Es importante que reconozcamos a los maestros ―decía moviéndose de lado a lado como una niña haciendo fila en la entrada de un parque de diversiones. Llena de emoción y alegría. Sonreía al público y este le respondía con aplausos y suspiros. ―Pero es aún más importante reconocer el amor de los maestros por la profesión. Es por eso, porque quiero recalcar ese amor, esa devoción que hay algunas cosas que me parecen un insulto a los padres, a los docentes y a los directivos.―Se acercó al público, a su madre y a los padres de Micaela―. Les pido que me sigan.

Tomó a su madre de la mano y a la madre de Micaela con la otra y se dirigió hasta el último curso, al final de escuela. Caminó lentamente con cien personas detrás, que la seguían como fantasmas caminando a la horca. Se paró frente a la entrada del aula y la abrió velozmente para exponer a la escena de Micaela siendo penetrada por un profesor.

Al instante la madre de Micaela se desmayó, y el padre entró furioso y le propinó una paliza al profesor, mientras que Micaela, se vestía lo más rápido posible. Se armó un revuelo enorme. La denuncia destruyó a la familia de su mejor amiga y dejó sin trabajo al pederasta del profesor.

Por la noche, mientras la noticia de regaba por la televisión y las redes sociales, Nicolás le envió un mensaje y comenzaron a chatear, mientras ella miraba el espejo y se preguntaba quién era el hombre de la barba que se aparecía a cada rato.

Continuará…


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