Un adiós inconcluso

No sé en qué momento empezó todo esto, pero últimamente hemos estado más tiempo en este lugar con olores raros y fuertes, lleno de otros que se sienten mal, de enfermos, como yo.

No me siento con las fuerzas de hace unas semanas atrás, no sé qué me pasa, ando siempre cansado, sin energías, el cuerpo me duele a veces, y no me dan ganas ni de jugar. Ojalá nos vayamos pronto así podemos estar en lugares más lindos, en los parques, o al aire libre donde me gusta correr y pasar las tardes con mis amigos.

No entiendo qué  me está pasando, siento distantes a quienes amo, quienes me cuidan, quienes están a  mi lado, tengo muchas preguntas y no sé cómo comunicar lo que siento en este momento. ¿En dónde estamos? ¿Por qué?

Recuerdo ese día, un 24 de diciembre, en donde me diste más amor que nunca, día en el que me prometiste que jamás me dejarías solo, haciendo de esa navidad una fecha especial. Comprendí esa noche que a tu lado no volvería a sufrir. A veces me pregunto… ¿Te alcanzará mi amor?

Cuando era muy chico, sin saber que te enojarías tanto, me retaste y gritaste mucho por haberme comido ese postre dulce que era tuyo. Me acuerdo que, del miedo por las caras que pusiste, me fui de la cocina a la pieza antes que me dijeras algo, y no nos cruzamos en todo el resto del día.

Sé que soy muy caprichoso, insoportable por momentos, y lloro cuando las cosas no son como quiero. Como ese día que, enojado, te fuiste y me dijiste “no voy a volver nunca más”. Te confieso que por un instante mi mundo se desmoronó, y al ratito entraste porque estabas jugando, ¡En ese momento te juro que te odié!

Como olvidarme de esa tarde que, cuando era muy chico, me llevaste al parque central a jugar. Estabas tan contento mientras jugueteaba con los chicos, y de la nada salió esa cosa con plumas blancas, y un gran pico. Me asusté. Y corrí deprisa a tu lado, vos te reías, y me abrazaste.

Me duele todo el cuerpo,  ya no tengo fuerzas para levantarme. Vos me mirabas con esos ojos húmedos y me acariciabas levemente para reconfortarme, y ese era el único alivio que sentía en ese rato. Enseguida saliste y, mientras seguía recostado, te vi hablando con el señor que me cuidaba. Llorabas y en tu rostro no vi más que dolor. Estuvieron un breve pero eterno tiempo charlando, en todo esa confusión y silencio desolador entendí lo que, desde hace varios días, me estaba pasando, y lo acepté… Mi vida se terminaba esa noche.

Entraste luego, con la mirada rojiza, no me pudiste decir nada, esas palabras no podían salir de tu boca, pero yo ya sabía y no hacía falta que me dijeras algo. Traté de hacértelo entender pero no tenía fuerzas para hacer movimiento alguno.

Saliste de esa habitación y, mientras los que me cuidaban hacían algo, yo no podía dejar de preguntarme: ¿por qué no te quedaste? Una angustia y desazón recorrió mi garganta.

Quise gritarte, quise moverme, ¡quise hacer algo!… Pero por más fuerzas que hiciera apenas me podía mover de aquella cama dura y fría.  Pensaba: ¡Volvé pronto, volvé a mi lado!

Uno de los médicos me acariciaba mis orejas. Y me tomaba mi patita. Y me ponía algo. Y me sentía más y más débil en cada segundo. Y me costaba respirar. Y sentía mucho miedo, como cuando ese animal con plumas me persiguió y corrí a tu lado para que me cuidaras, pero ahora vos no estabas ahí para protegerme. ¿Por qué no estás a mi lado ahora? ¿Qué habrá pasado? Ya creo que es muy tarde, ya veo casi todo oscuro, o empiezo a ver todo blanco… ya no sé qué me pasa.

Creo que no podremos ir de vuelta al parque, y jugar  a que me lanzabas esa pelotita. Y yo te la iba a buscar lo más deprisa que podía, para traértela y que me acariciaras.

Hice un último esfuerzo para verte pero no estabas. Es un adiós inconcluso, ojalá te pueda cuidar a donde quiera que vaya.

Me voy de este lugar, pero me hubiera gustado despedirme de vos, porque… Vos eras mi mundo.

NDA: Gracias a Ferny Fuentes por colaborar con este relato, una acérrima seguidora y fiel lectora de este hermoso pasquín