Los abuelos son el futuro

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“Los abuelos deberían ser eternos”

Cuando Cristine Lagarde dijo la frase: “los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global, hay que hacer algo ya”, muchos se indignaron pensando que ya los quería mandar a un campo de exterminio (como si a ella no le fuera a tocar por regentear el FMI). O peor, ya imaginaron que estaba pergeñando un plan macabro para matarlos lentamente: quitándoles remedios, aumentándoles la edad jubilatoria, menguando su sistema de salud. Tiene cara de bruja, lo sé, pero creo que ella se estaba refiriendo a unos abuelos que, por razones que nada tienen que ver con sus pesadillas financieras, están desapareciendo y lejos estarían de ser un “riesgo global”.

El tema es que los abuelos de ahora no son como los de antes. Recuerdo a mi bisabuela tejiendo, a mi abuelo podando el parral y a alguna viejita de la cuadra que venía adelantada y tomaba clases de yoga. Pero esos ya no existen. Quiero decir, existen pero además de eso, están mucho más activos. Pasaron varias cosas en el medio: píldora anticonceptiva, reemplazo hormonal durante la menopausia, viagra, clonazepam, redes sociales, dieta paleolítica y movilidad social ascendente.

Muchos de nuestros abuelos o bisabuelos son inmigrantes. Algunos vinieron con plata y otros no. Acá los nativos que tenían plata siempre fueron los mismos: los dueños del campo. Resulta que los inmigrantes que traían plata la invirtieron en lo que sabían hacer: viñedos, bodegas, casas de telas y restaurantes. Los que no venían con plata encontraron trabajo en las empresas y casas de los que sí. Los paisanos se fueron manteniendo más o menos juntos en costumbres e idiomas, vivían más o menos en los mismos barrios y mandaron los hijos más o menos a las mismas escuelas. Los hijos de los de plata, continuaron con el negocio de los padres. Los hijos de los pobres, fueron a la universidad y se convirtieron en profesionales o lograron instalarse con sus oficios en un país que tenía una fuerza laboral muy importante. Esos son los que están siendo abuelos por estos tiempos. Una generación que media en los sesenta, realizados profesionalmente, independientes, con hijos grandes y nietos que vienen tecnificados. Nietos que los miran con cara de asombro cuando escuchan que hubo tiempos en donde no había siquiera televisor y no existían los celulares, mientras les bajan las app al IPhone de los abuelos. Sí, la maravilla de esta generación de abuelos es que vivieron en carne propia la mayor revolución tecnológica de la historia en el menor tiempo hasta ahora. El salto que hemos dado en los últimos cincuenta años en materia de conocimiento ha permitido un avance que en otras épocas se daba cada varias centurias.

A la mayoría le costó trabajo y tiempo lo que ahora disfrutan y no se andan quejando, para nada. Se quejaban antes, cuando tenían que educar hijos, mantener una casa familiar y trabajar. Y fueron evolucionando junto con los tiempos (medicina incluida). Algunos de estos abuelos ayudan a sus hijos con el cuidado de los niños, pero no se hacen cargo de educarlos, más bien se vuelven un poco más chicos y se convierten en cómplices de aventuras de los nietos. Los ves en el cine comiendo pochoclo (porque los dentistas ayudaron o porque Corega es lo mejor). Manejan autos que son la envidia de los que ya están en edad de ir a bailar. Tienen una colección de vinos de autor en la casa. Se toman vacaciones en crucero (para abuelos, pero no importa). Avasallan los casinos. Van a cuanta milonga (no exclusivamente tanguera) encuentran. Andan corriendo o en bicicleta por el parque. Tienen sexo (con la partner también abuela o con la novia que se encontraron después de divorciados -que también puede ser otra abuela-) y portan tarjeta de crédito gold. Algo que, lejos de convertirlos en una clase social llena de problemas, los pone en el pedestal de los marketineros. Los abuelos saben que ya no tienen para qué ahorrar y se la gastan toda (porque cuando les dé el ACV, el infarto, o los visite el tío Alzheimer, la quieren haber vivido completa), y para poder disfrutarlo, saben que se tienen que cuidar, así que empezaron a los cuarenta a bajar la panza y levantar el culo. Se hacen cortes de pelo a la moda, se ponen anteojos de sol y bloqueador solar (para no arrugarse de más), y en la playa andan surcando olas en jetsky o trotando. Los mejor mantenidos andan en surf y al atardecer están en los paradores de la costanera con whisky y Caipiriña en mano. Son la envidia de los más jóvenes, que están en el mismo sitio porque son hijos de papá bien, porque reventaron la tarjeta de crédito en un viaje que pagarán durante dos años y porque al volver a sus lugares se les acaban las vacaciones, mientras que los abuelos vuelven a mirar folletos a ver cuál es el próximo destino, si es que de la playa no van a las cataratas y después se pasan por las termas para recuperar fuerzas.

Por ahí los ves cenando en lugares a los que ni de pedo podés ir en una vida llena de deudas para pagar la casa, criaturas en pañales que no tenés con quien dejar (porque los abuelos están de joda), la prenda del auto, el colegio de los chicos y la tarjeta en 18 cuotas con la que amoblaste la cocina. No cenan siempre afuera, uno los ahí ve y seguramente se trata de ocasiones especiales, lo que es evidente es que cada vez hay más parejas entradas en años disfrutando de placeres que los más jóvenes lo hacemos con menor frecuencia y en menor cantidad entre pares. Claro que tampoco pierden oportunidad del asado o los tallarines domingueros con la familia (cuando no están de viaje). Además, tienen celulares que rara vez atienden, pero cuando lo agarran, wattsapean a dos manos, se sacan selfies y les dan corazoncitos a los nietos por Instagram.

Esto, lejos de cumplir un ciclo, se instala cada vez más. No es una novedad que, por razones económicas y de tiempo, los jóvenes demoran cada vez más en tener hijos (si es que los tienen), y que la medicina ha contribuido a mejorar la calidad de vida en la tercera edad. Las poblaciones están envejeciendo y, mientras que Cristine Lagarde lo considera un problema, los estudiosos del marketing están apuntando a esta franja etaria como sus consumidores privilegiados. Lo que pasa es que no por querer gastarla, lo hacen irracionalmente. Los abuelos son consumidores exigentes y experimentados. Piden trato preferencial con los vendedores, comparan precio-calidad, y tienen hábitos más saludables. Tienen más tiempo, por lo cual, una salida al supermercado suele incluir un café en algún lugar con otros viejos conocidos en el mismo plan, una pasada por el negocio que les hace precio, una vuelta por la feria y el mercado central a buscar los bichos para la paella y de paso juegan a la quiniela. Todo eso sin dejar de selfear y mostrarse unos con otros las fotos de los nietos.

Algunos van seguido a la farmacia, en donde se pesan y se toman la presión casi como un hábito cotidiano. Otros van a ponerse el flexicamín y se compran el antiácido para pasar los cócteles de pastillas para la hipertensión, el colesterol, los triglicéridos, la diabetes y la artritis. Son unos capos todoterreno que, con by pass incluido, no tienen ganas de morirse y, de hecho, ni piensan en eso. Ya lo asumieron, saben que vienen de vuelta y lo quieren hacer bien.

Llegará el día en el que se les apague poco a poco la llama, el candor, la voz, la vista. Ojalá la muerte les llegara tarde, muy tarde y sin dolor. A veces pienso que si mis abuelos vivieran, estarían por cumplir los cien. Sin embargo, creo que se hubieran adaptado a estos tiempos y me hubiera encantado verlos selfear como veo a mis padres con sus nietas. Los abuelos son una bendición, de las más lindas que nos da la vida, con esa mezcla de padres y amigos que nos guiñan el ojo mientras nos agarran la mano. Seguramente fueron quienes nos dieron el primer mate, los primeros chupetines y el primer paseo en bicicleta. Y eso será así en todas las épocas.

Yo por mi parte, no es que esté ansiosa por nietos, pero quiero ser parte de ese futuro. Como niña ya me versearon y como joven me la están haciendo complicada. No veo la hora de pasearme por el barrio al pedo, rumbear los fines de semana al Valle de Uco en el O KM, escaparme de vacaciones a Bahía con un grupo de veteranas e ir con mis nietos a Ibiza. Aunque sea a sobredosis de hormonas y energizantes, no me pienso perder mi vejez. Y que cuando me llegue la muerte, que sea como sea, pero que haya valido la pena.