En un espejo vi | Cuarta Parte

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Había pasado una semana desde el incidente ocurrido en la escuela para el día del maestro y las personas seguían hablando del hecho. Micaela, en un principio amenazó a Julieta; sin embargo, ella tuvo que retroceder dicha amenaza porque Julieta comenzó a mandarle vía mensaje de texto un sinfín de secretos que ella guardaba, como el uso de drogas, que fumaba, que tenía múltiples parejas sexuales desde hacía tiempo, etc.

―¿Cómo sabes esas cosas si nunca te las conté? ―Los dedos de Micaela temblaban mientras ella pensaba qué sería de su reputación o, mejor dicho, qué sería de su relación con sus padres si esas otras cosas salieran a la luz.

―Se muchas cosas de vos, puta resentida. ―La agresividad de Julieta se hacía denotar hasta en un simple mensaje de texto.

Micaela, simplemente, no pudo seguir con la discusión, ya que el miedo que le tenía a su antigua mejor amiga era abrumador. Por algún motivo, que ella ignoraba, sufría de pesadillas atroces, donde Julieta la atacaba con violencia. Su miedo crecía día a día y este llegó al punto en el que ya no se atrevía a salir fuera de su casa.

Julieta sabía esto, pues el espejo se lo enseñaba.Así como también le enseñaba las charlas que sus padres tenían sobre ella. No podía escuchar lo que decían; pero podía observarlos preocupados mientras movían la boca, este simple detalle le bastaba para reírse de ellos durante horas, soportando el dolor en el estómago y ahogando la carcajada con las manos.

Su vida había cambiado radicalmente y todo era muchísimo mejor. No podía creer que había vivido debajo de esa sombra de pulcritud durante tantos años. Y ahora solo faltaba el último detalle, el que le daría el poder sobre sus padres. Ella lo sabía muy bien, ya que el espejo le demostró, en una nebulosa rosada, como después de realizar dicho acto, tanto Esteban como Emilia se sumergirían bajo la misma oscuridad tenebrosa en la que vivía Micaela.

Se preparó de la misma forma que lo hizo para el acto del día del maestro, mientras que observaba una y otra vez el acto en el espejo. Tocaba sus pezones y se mordía la boca excitándose lentamente. Estaba por terminar de arreglarse, se colocó una camisa larga, roja y cuadriculada sobre su cuerpo desnudo. La prenda, a pesar de ser un talle más grande, se asentaba suavemente en las curvas de Julieta otorgándole la delicadeza de una rosa. Si bien, era tan hermosa como esta última y su fragancia hipnotizaba como el canto de una sirena, nadie se imaginaba que esta rosa tenia espinas cargadas con veneno. Una hermosa y sensual adolecente que sufría sus primeros síntomas sociópatas y cuyo desequilibrio era capaz de matar.

Entonces, de repente, la puerta delantera sufrió dos golpes suaves y sordos que advertían la presencia de un desconocido en el pórtico. Esteban se levantó dejando su taza de café media vacía, ya fría, y se dirigió a la entrada. Ya eran las once de la noche, y él sabía muy bien que a esa hora es muy poco probable recibir buenas noticias, más teniendo en cuenta el extraño y lúgubre comportamiento de su hija en este último tiempo.

Miró por a través de la mirilla y vio a un joven de no más de diecisiete años. Lo reconoció, era uno de los compañeros de Julieta, sim embargo, no lograba recordar su nombre o si alguna vez fueron presentados. Soltó un silbido para que Emilia fuera a la ventana a mirar, está se obedeció a su esposo y desplazó la cortina con suavidad para que el visitante nocturno no se jactará de su presencia.

―Es Nicolás, uno de los compañeros de Julieta ―dijo susurrando, intentando no sonar muy fuerte para que su hija no se enterara. Lo que Emilia ignoraba era que su hija se reía de ella mientras que veía todo a través del espejo―. Decile que se vaya, que estas no son horas para venir a una casa de familia. ―Emilia no podía disimular su enojo y su descontento, pero, sobre todo, no podía disimular su pánico. ―¿Qué le habrá hecho a este pobre muchacho? ―se preguntó cerrando sus ojos.

Estaban asintió mientras abría solo un poco la puerta, lo suficiente para que pudiera entablar una conversación de solo treinta segundos con el joven:

―Sí, ¿qué necesita?

―Buenas noches ―dijo el joven viéndose más asustado que los adultos en la situación―, me llamo Nicolás, soy compañero de Juli. Ella me pidió que viniera ahora a hacer un trabajo practico.

―¿Un viernes en la noche? Calculo que es una joda―dijo Esteban enfurecido.

―No, señor. Yo vivo a tres kilómetros de acá, no me hubiera hecho todo ese camino si no fuera necesario.

―Nene, mira, ―Esteban comenzaba a verse más enojado, no con Nicolás, sino con la horrenda situación. Él se imaginaba que el pobre muchacho era solo un títere de su hija y sintió el impulso de sacarlo rápido de ahí para que no sufriera ningún daño―. Vení mañana en la mañana y haces el trabajo. Ahora es tarde.

―Papa, ―la voz de Julieta recorrió el pasillo como una dulce melodía por el pasillo. Todos digirieron la mirada hacia la joven muchacha―. Te acaba de llamar Mónica―su secretaria y amante―, dice que la llames rápido, es por un test que se hizo, creé que está embarazada. ―Esteban sufrió un cambio drástico de tonalidad en su piel, pasó de un leve bronceado a un bordo que simulaba el borde de la asfixia; por un momento sintió que sus pies no tocaban el piso, sino más bien arenas movedizas. Logró disimular su preocupación aclarando su garganta y lanzando un suspiro al aire.

―Está bien ―respondió―. Ahora la llamo, seguro que es para pedirme licencia. ―Esteban se apartó de la puerta y fue tomándose la frente hasta el teléfono fijo de la casa. Julieta levantó su mano delicadamente como una fina manta de seda moviéndose en una suave brisa matutina. Extendió sus dedos, he hizo un ademan llamando a Nicolás, quién entró enceguecido a la casa como un amante que estuvo encerrado la mitad de su vida en prisión, y después de tanto tiempo, por fin va poder fundirse en uno con su amada.

Julieta movió un poco la solapa de la camisa, la cual estaba prendida sólo en los últimos dos botones, y dejó ver la curvatura superior de su pezón derecho. Nicolás sintió que algo le latía apresuradamente debajo del pantalón, nunca en toda su vida sufrió una erección tan fuerte, tan rápida y tan dolorosa como esa. La sangre se le amontonaba en los genitales y en las sienes. Se sentía embravecido, quería poseerla inmediatamente.

Sin embargo, entró en la casa encorvado y receloso, como si supiera que estaba en peligro. Por más que lo intentara disimular y aunque estuviese muy excitado, era evidente que le temía a Julieta. Nicolás se paró frente a ella, entonces ella tomó la mano del joven y la colocó sobre sus pechos, acto seguido quitó la mano de ahí, se llevó uno de los dedos a la boca y lo introdujo en ella hasta el fondo, haciéndole un suave masaje con la lengua.

Acompañó al muchacho hasta su habitación. Emilia no podía creer lo que veía. Embravecida, recorrió el trecho que la separaba de su hija, en un segundo agarró su brazo y tiró de él con todas sus fuerzas. Julieta se encontraba firmemente posicionada ya que sabía que su madre tomaría esa represalia. Sonriendo la miró fijamente y le dijo:

―Mamá, yo, como vos, voy a perder mi virginidad a los dieciséis, solo que lo voy a hacer en mi cama, sobria y consientede lo que hago. No como vos, que lo hiciste en una acequia llena de mugre.

Emilia titubeó, su respiración se volvió un jadeo entrecortado e intentó propinarle un golpe con el puño cerrado en la cara, sin embargo, Julieta también lo tenía previsto y lo frenó mucho antes de que este impactara en su rostro. Sonrió sarcásticamente y empujó a su madre, quien cayó al suelo de bruces y se golpeó con una considerable fuerza en la cabeza.

―No te enojes, Emilia. Yo soy una puta sana, no una puta cualquiera. Volvé a levantarme la mano y te va a ir peor, te voy a denunciar, ―sonrió con alevosía, como un asesino que acaba de ver el último aliento de su víctima―. Y le voy a decir a papá y a todo el mundo que te coges a Eduardo. Sinceramente, no séqué le viste al gordo, petizo y pelado ese, pero bueno, dicen que los gustos van mejorando de madre a hija.

Emilia tenía los ojos muy abiertos y sus pupilas se habían ensanchado, demostrando un inmenso pavor.

―Vos no sos mi hija.

―Si lo soy, Emilia―dijo mientras le acariciaba el cabello―. Ahora, con o sin tu permiso, me voy a coger.

Cerró la puerta tras de sí y dejó caer su camisa al suelo, demostrando su inmaculada belleza a un joven que, a pesar de que no era virgen, se sentía por completo abrumado y disminuido. Ella se aproximó a él y después de practicarle sexo oral, se sentó sobre su erección y cabalgó sobre el muchacho que gozaba y a la misma vez sentía como si una aguja caliente se le metiera por la punta del pene. Quería irse, pero no podía. Con cada contracción, Julieta apretaba más y más, y aunque el chico había acabado a los cinco minutos, su erección no disminuía; por el contrario, se hacía cada vez más dura y dolorosa.

El horrible acto sexual siguió por dos horas sin parar, una vez que Julieta estuvo satisfecha se dejó caer al lado del joven, quien no podía moverse debido a la terrible contractura y el dolor punzante en sus genitales. Recién logró dormirse cuando el sol comenzó a pintar un nuevo amanecer.

Alrededor de las diez de la mañana, Julieta se sentía lista para el segundo encuentro. Despertó al pobre de Nicolás, cuyos ojos hinchados parecían cargar una pena y un dolor que ni mil lagrimas podrían disipar.

En cuanto el chico giró para verla, ella lo empujó con todas sus fuerzas y comenzó a gritar. La cara de Nicolás había cambiado, ya no era el adolescente con rasgos suaves y definidos del que ella estuvo enamorada toda su vida. Su rostro era redondo, una barba rojiza y muy ondulada caía hasta su cuello. Estaban entró a la habitación al oír el grito de su hija. Ella al verlo, volvió a gritar, ya que la cara de su padre también se había transformado en la del hombre de barba…

Continuará…

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