Historias del salvaje oeste | El humo de los Etcheñique

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Rodolfo y Mercedes se conocieron en el 83, él trabajaba en la bodega Giol, ella en una lavandería que quedaba a dos cuadras de la Plaza Godoy Cruz. Al tiempito nomas ella quedo embarazada y se casaron en la capilla de Fátima, con lo ahorrado durante sus años de trabajo compró una antigua casa ubicada sobre la calle Joaquin V. Gonzales, ideal para vivir mientras se le hacían los arreglos necesarios. En el 84 perdió su trabajo, pero la indemnización le alcanzó para armar una linda rotisería. El negocio marchaba viento en popa, hasta que una noche de enero del 85, mientras sacaba pedidos, la tierra se sacudió como nunca antes lo había hecho.  De milagro logró salvarse él con su familia, pero los hornos aun prendidos desataron un incendio que terminó con lo poco que había dejado el terremoto, incluidas las casas de los vecinos.

En dos minutos perdieron todo y debajo de los escombros quedaron también sepultados sus sueños. Pasaron dos  semanas durmiendo en la plaza del barrio, haciendo sus necesidades en las acequias y comiendo en la misma hoya que otras cincuenta familias. La municipalidad trasladó a las familias a dos refugios “temporales”, uno en lo que era el antiguo matadero,  al resto a la zona “del pozo” y el campo Papa.

No había elección, un camión los llevó hasta la orilla de un basural y ahí los dejo con unos cuantos palos, unas chapas de zinc viejas y nylon. Aquello parecía un campo de refugiados, era toda gente sin esperanza y apaleados por la tragedia.

Fue una época muy extraña porque eran las mujeres las que salían a trabajar, mientras sus maridos se quedaban intentando dar  forma de la mejor manera posible a sus hogares. Junto con sus vecinos, que eran albañiles, decidieron armar un poco mejor los ranchos, usando ladrillos en vigas y columnas, dejando la madera y el adobe para las paredes. La vida era dura, las jornadas de trabajo interminables, se comía poco y se sufría bastante más.

Pero si algo caracterizó a aquella época fue la solidaridad entre los vecinos. Como no había mucho para comer se armaban grandes ollas en la casa más grande, lo mismo con las meriendas y desayunos. Cuando descubrieron la fertilidad de la tierra de embanque se dedicaron a plantar tomates, zapallos y alguna verdura mas. De hacerlo solos hubiera sido imposible, pero entre todos se sostuvieron.

Por aquellos años la droga era un asunto de “chetos”, en los barrios se tomaba alcohol y algunos aspiraban thinner o  nafta, se reventaban pero no habían tranzas ni narcos. Esto no quita que hubieran negocios turbios, ni gente violenta, esos siempre han estado. Aunque  no lo parezca, la basura puede ser muy rentable.  La municipalidad, carreteleros, cirujas y básicamente cualquier persona que quisiera deshacerse de su mugre iba y la echaba en “el Pozo”, allí era cuando aparecían los Etcheñique, una familia que organizaba con impresionante velocidad el proceso. Primero eran los niños y mujeres quienes se zambullían en las montañas de mugre. Elásticos de camas, cubiertas, cables, vidrio, papel, comida en mal estado, todo  tenía un valor. El viejo Etcheñique vigilaba que nadie se fuera del lugar antes de pasar por el galpón,  su esposa manejaba las básculas, su hijo menor daba las monedas a cada cachurero, todos vigilados por primos y cuñados. Damián era quien manejaba el camión, un viejo Desoto destartalado. Siempre iba acompañado de Emanuel, un muchacho aun más grande y grueso que sus hermanos, cuya única habilidad era acarrear bultos enormes y revolearlos a la caja del camión, no hablaba, no emitía sonido alguno. Cuando no quedaba nada de valor por sacar, tomaban un par de bidones de aceite quemado y prendían fuego los montones de basura.

El aire se tornaba denso y blanquecino, un humo espeso cubría las calles, entraba por las puertas y ventanas, la única manera de respirar era tapar las rendijas con trapos y papeles mojados.  Si la convivencia con esta gente era difícil, la cosa se tornaba insoportable durante el verano, en pleno febrero, cuando el termómetro nunca bajaba de los 30° y las máximas rozaban los 40°.

Dentro del rancho de Rodolfo el calor era sofocante, el aire enrarecido, saturado y húmedo lo hacían parecer un sauna. La medianoche de un miércoles, cuando el sueño había vencido  a la incomodidad,  un fuerte estruendo lo arrojó de la cama. El techo se abrió de par en par, y su familia se despertó horrorizada, creyendo que se trataba de un nuevo terremoto. Pero la desgracia llegaba desde algo mucho más brutal que cualquier fuerza de la naturaleza. En la calle estaba el viejo Desoto de la familia Etcheñique, conducido por Damián, que había enganchado el techo del rancho con una poste de luz.

-¡¿Qué hiciste la concha de tu madre?!

-¿ Qué problema tenes con mi vieja, gordo chupapija?

-¡Mira como me dejaste la casa, hijo de puta!

-Me chupa la pija como te haya quedado la casa.

-¿Pero loco como me vas a hacer eso?-

Rodolfo cayó al piso de un golpe en la mandíbula. En el suelo lo golpearon hasta el cansancio. Así  entendió por las malas que esta gente manejaba una ética férrea. Eran drogadictos, matones,  abusadores, seguramente más de una vez habían golpeado a su propia madre, pero cualquier mención a ella, o peor aun… cualquier insulto era razón suficiente para cagar a palos a quien sea.

Cuando el camión se fue,  los vecinos salieron a revisar si mostraba señales de vida, Rodolfo se retorcía en el piso y escupía sangre, pero respiraba bien y contestaba sin problemas. Entre dos lo llevaron hasta el rancho.

-¡Que hijos de puta, me hicieron mierda la casa!

-¡Que me importa la casa, mira como te dejaron a vos!- respondió su mujer.

Nunca se había detenido a observar el cielo, tan límpido e imponente como suele verse en el pedemonte, hubiera sido perfecto de no ser que lo observaba desde su cama, a través de su techo.

En la mañana se acercaron varias familias vecinas a prestar ayuda, pero la condición de la casa era mucho peor de lo que pensaban, el inmenso vehículo había destruido los débiles cimientos del rancho. No quedaba otra que  reconstruir desde cero.

Al mediodía, cuando se tomaron un descanso para picar algo, el Desoto bajó a paso lento. Rodolfo tembló de solo verlo, los Etcheñique venían a terminar su trabajo. Tomó una varilla de hierro entre las manos y se irguió como aceptando su fatal destino. Primero bajó el mastodonte de Emanuel y extendió su mano hacia el interior. Todos se quedaron paralizados, temiendo que sacara un arma, pero solo ayudo a bajar a una mujer de tez oscura, de la mitad de su tamaño. Era su madre.

-Mira como le dejaste la casa a esta gente, pelotudo.

-¡Pero fue sin querer mami!

-Sin querer un huevo. Debes haber estado chupado.  ¿Quién es el dueño?

-Yo señora.

-¡Mira como lo dejaron al pobre infeliz! ¿Se hizo ver?

-No he tenido tiempo, tengo que armar el rancho.

-Andá al médico y que te revisen – La muer sacó un fajo de billetes de su corpiño, sucio y transpirado- Mis hijos van a dejar material, con lo que te quede pagá un albañil.

Rodolfo se quedó inmutado, mientras los dos hermanos descargaban arena, ladrillos, hierros y alambre, él contaba la guita, que era mucha más de la que pensaba.

El viejo Etcheñique era un borracho empedernido, usaba un bastón no porque tuviera problemas de movilidad, sino porque no podía mantenerse en pie. Los hijos eran uno más violento y estúpido que el otro, era doña Florencia la que tenía los pantalones puestos y lo que menos quería era que los vecinos le pusieran una denuncia.

Así se manejaban las cosas a fines de los 80 en el campo Papa, una tierra donde el trabajo no discriminaba por sexo ni edad.


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