Sangre y tango III

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“Nena, que te estás manyando un pebete, chamuyitos de amor que te compras // Nena, que en tus ojos aparece ese dolor que te retuerce y que por miedo no contas // No me digas que no son ciertas las cosas que he de escuchar // si en todo el bulo se comenta que te pegaste el mal que te ha de matar// Y vos… Minita de arrabal, le crees a un pobre pibe que con besos te quiere curar // ¿no escuchas lo que dicen en la radio? Que nosotros, los condenados, no podemos besar”.

Cerré los ojos. Respiré una mezcla de brisa y humo antes de imaginarme con Octavio, en un pasado. ¿Cómo serían las cosas si fuéramos de Buenos Aires de esa época?

Si yo contara la historia, sería más o menos así:

Estaba en el cabaret con Horacio, el cafisio que me prometió todo lo que hoy tengo. Le guardo un gran cariño, siempre fue conmigo como un hermano mayor y consejero. Me advirtió de principio como venía la mano, de qué se trataba el negocio. Yo quería salir de mi casa y dijo que tenía pasta para trabajar con él. Me trajo al cabaret, me dio una habitación y me guio en lo que iba a ser mi trabajo: tenía que acompañar a los clientes con un trago y en ocasiones bailar; para lo que también me preparó.

Nunca se propasó conmigo y me decía qué clientes me convenían y quienes no. Algunos no iban a consumir por placer, sino que venían a llevarse a las chicas a sus negocios, ya los teníamos junados a esos, no se los quería por la zona. Me gustaba ayudarlo en mis ratos libres cuando tenía que hacer compras, o había que hacer la limpieza. Aunque esta parte mucho no me gustaba, varias de las chicas tenían el bicho, el mal, la enfermedad del alma y de las pasiones.

 Muchas veces había que limpiar sangre que no era nuestra, más de un cliente también venía infectado. Teníamos cuidado con los barbudos, Stella nos había dicho que en la radio decían que los hombres que no se lavaban bien la barba nos podían contagiar. Olga tenía un plan para estos clientes, era una temeraria de la tisis y una afanada por los cuidados hacia el hombre. Entró al cabaret con ganas de conocer a uno que se enamore de ella y le diera una vida soñada. Su encanto era el amor con el que los trataba y en el cuarto, además de placer, les ofrecía caricias y baños de a paños, que incluían lavarle las barbas, luego se las peinaba y les ponía algo que ella se ponía en los rulos.

 Yo todavía conservaba las mejillas rosadas y no tosía, no tenía fiebre ni sudores como mis amigas del cabaret. Todas fueron cayendo, una por una en los brazos de la romántica muerte lenta. Mi trabajo había disminuido, bailaban conmigo, pero para el cuarto elegían a otras. A las tísicas de mis compañeras les costaba coordinar las enclenques piernas fatigadas, algunas ni bailar podían, pero ahí estaban… sentadas en la barra esperando que alguno, cansado de bailar, quiera pasar al cuarto. Éramos dos las que, casi, ya no llevábamos clientes; Susana, que tenía voz para cantar con los muchachos y yo que estaba sana.

 Leí un artículo publicado en una revista “PBT” vieja, la encontré entre las cosas de Horacio y decía: “la tisis había degenerado en una leve indisposición de la que muchas mujeres se dicen atacadas por mera coquetería, no siendo difícil que la elegancia y la distinción nos obliguen en breve a cultivar el sport de la tuberculosis”. Tuve que leerlo varias veces, pero entendí que tenía que hacerme la contagiada o, en el peor de los casos, contagiarme para recuperar mi trabajo.

Lo podía ver todas las noches en el cabaret, los hombres elegían los cuerpos lánguidos de rostros pálidos, de pechos sudados, y de labios rojos teñidos de sangre como se teñían violáceos los míos por el vino. Visiones casi mortuorias de la muerte representada en cuerpos con pechos jóvenes y romántica tristeza de luto.

Hablé con Horacio, le dije que temía que me dejara sin trabajo. Había escuchado murmullos de mis compañeras que decían que, si no podía llevarme un hombre al cuarto, ese cuarto tenía que ser de otra. Horacio me dijo que no me preocupara, que no demoraría en contagiarme yo también. 

Dada la suerte de un Dios que me fue heredado, el contagio se hacía ausente. No así el maquillaje y mis ansias de no perder el cuarto que me había sido designado por el porte, calidez y belleza que Horacio vio en mí. Dibujé con oficio de artista unas ojeras y sombra en las clavículas, palidecí mi rostro, pinté de rojo carmín mis labios y limpiaba el excedente con las sábanas, para que pareciera el rojo natural de mis compañeras de cabaret. Ahora sí parecía una afectada por la temida tisis de la época. Conseguí unas grageas del doctor Hecquer, que decían que ayudaban a disminuir los síntomas para que creyeran que, además de enferma, estaba preocupada por sanarme.

 Esa noche debuté como actriz en el cabaret, pero solo yo sabía. Conseguí que lo creyeran todos, ganarme la lástima de los muchachos de la orquesta que estaban seguros que le ganaría al monstruo y hasta Horacio me recordó que solo era cuestión de tiempo. La tuberculosis se había vuelto una necesidad entre las laburantas del rubro y una moda para las de la alta alcurnia que querían ser tan deseadas como nosotras. Tuve relaciones con hombres infectados, pero había leído mucho en las revistas que estaban por ahí y tomé todos los recaudos. Les decía a los hombres que yo no besaba, que estaba trabajando y los besos eran para quién fuera el amor de mi vida y les dejaba bien en claro que no era ninguno de ellos.

Esto, parece, me volvía irresistible y en una semana, la mejor cotizada de las milongas de cabaret. El murmullo de conventillo trajo clientes nuevos, a bailar, a medirse los pasos y los triunfos que podían comprar. Era una de las poquísimas “enfermas” que podía seguir la danza que la orquesta proponía. Entre los cuidados que tomé, me encargué de bailarlos tanto que el asunto fuera cortito y de espalda, nunca de frente. Eso era lo que les recomendaban a los matrimonios de infectados que en ese momento se deliberaba si debían volverlo ilegal o no.

En mi cuartito, el más envidiado por ser el único con ventana, me arrodillaba a los pies de la cama y mirando al cielo rezaba; para que la fiebre no me alcanzara y los sudores me fueran ajenos. Una brisa se cargaba de frescura del Arroyo Maldonado que pasaba por atrás del antro, acariciándome el pelo. A mi me gustaba creer que eran las manos de mi madre, en la distancia.

Una noche de ese enero caluroso llegó al cabaret un joven, a primera vista sano, con un grupo de muchachos. Eran nuevos, no los habíamos visto nunca. Nos hicimos miradas con las chicas, cuántas éramos y cuántos eran, para repartirnos el trabajo. A mi había gustado uno que de entrada era de Olga, por la tupida, prolongada y abundante barba cuidada. Desistí de inmediato de trabajar en equipo con ellas y me quedé en la barra.

Se llamaba Octavio, dejó la mesa y me sacó a bailar.

Bailamos un tango que cantó Susana, sus letras hablaban de nuestras desdichas como mujeres, pero las mismas a quienes estaba dirigidas se reían y burlaban de sus afanes de cantante. Me hervía la sangre y se me notaba en cada pívot que marcaban mis caderas. Octavio bailaba muy bien, pero cargado de teoría. Estaba claro que no era su actividad habitual, hablamos de negocios y pasamos al cuarto.

—Quiero decirle algo, espero no ofenderla —dijo preocupado. Ya imaginaba, el discurso del infectado que se disculpaba de antemano.

—Dígame sin cuidado, Octavio. ¿Qué lo aflige? ¿Es usted víctima de las enfermedades sociales que acontecen hace décadas? Puedo convidarle la preparación de Wampole que un cliente me obsequió.

—¿Tiene usted ese preparado? Es una privilegiada, sólo lo prepara Henry K. Wampole & Cía, en los Estados Unidos. Pero no lo necesita, no creo que esté usted enferma, al menos que sangre manchas de labiales de botica.

—¿Qué dice usted? ¿Qué sabe de mi condición? Esto está muy conversado, ¿va a querer o no? Me hace perder el tiempo…

—Le dije que esperaba que no se ofendiera, soy boticario. Mis amigos también, le ruego no lo comente, solo hemos venido a observar para una investigación que estamos haciendo.

—¡Lo que me faltaba! Guardo su silencio, si guarda el mío. No le sirvo para la investigación, no estoy contagiada.

Peligra mi trabajo si hablo, mi habitación y mis morlacos. Mi vida entera. Búsquese a otra, pero págueme antes, que ya todos nos vieron entrar.

—Bueno tranquila, no diré nada. Pero no me eche ahora que sé que es usted sana mujer.

Nos quedamos en el cuarto escuchando las letras de Susana y su fiel lucha por cosas casi ilógicas. Quería que nosotras pudiéramos elegir nuestro destino… berretines de libertad que tenía y que defendía cual loco a sus visiones. Charlamos hasta la salida del sol, por suerte yo leía las revistas de Horacio y estaba al tanto de lo que pasaba más allá del cabaret. Le pregunté a Octavio si era cierto que les daban arsénico a los contagiados. Me dijo que sí. Le pregunté irónicamente si él, como hombre de culto y estudiado, sabía que eso era veneno. Me respondió que la ciencia hacía intentos desesperados por dar en el clavo, y que no siempre acertaban. Se fue, sin tocarme un pelo ni intenciones visibles de hacerse de un cuerpo. Me pagó, lo fui a despedir a la puerta; bajó tres escalones y se volvió. Me besó como hacía mucho nadie lo hacía limpiando de mí, las madrugadas vendidas en un cuartucho de arrabal. Me quitó las ganas de seguir ahí, haciendo sonrisas a hombres vacíos, llenos de desesperanzas y desamor. Quería irme con sus charlas, sus saberes… sabía sacar cuentas rápido, podía ayudarlo en la botica si él me lo permitiera.

 Pasaron los días y cada uno de ellos durante quince, pasaba y me dejaba una píldora para mi cuidado, jurando que no era arsénico, una flor y un beso. Los muchachos de la orquesta no demoraron en usarnos de inspiración y escribieron unos versos en nuestro honor:

 “Nena, que te estás manyando un pebete, chamuyitos de amor que te compras // Nena, que en tus ojos aparece ese dolor que te retuerce y que por miedo no contas // No me digas que no son ciertas las cosas que he de escuchar // si en todo el bulo se comenta que te pegaste el mal que te ha de matar// Y vos… Minita de arrabal, le crees a un pobre pibe que con besos te quiere curar // ¿no escuchas lo que dicen en la radio? Que nosotros, los condenados, no podemos besar”.

Para cuando volví en mí, estábamos entrando a un cuarto del hotel donde habíamos cenado. La vista seguía igual de maravillosa, era 2018 y tenía mi celular en la mano.

—Octavio… ¿a qué te dedicás?

—Ya te dije… Estudio medicina. Estabas un poco ausente, ¿estás bien?

Continuará…

Próximo viernes, el último tango de esta tanda de notas, cargadas de historia de mis arrabales porteños y con la sangre que marca la herencia familiar.