Sarasa Vendimia II

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El miércoles pasado se dio a conocer el fallo del jurado examinador de las propuestas presentadas para lo que todos conocemos como el “afiche de la vendimia”, aunque el nombre es más adornado y va más allá de un mero dibujo de cartel. El veredicto del comité debería ser inapelable pero, ante una evidencia tan contundente de “copia” en el diseño, los eminentes representantes de la vanguardia del diseño gráfico mendocino, debieron dar vuelta atrás y reconocer que no están ni cerquita de lo que se espera de un cuerpo de notables. Ahora bien, descalificados los plagiadores… ¿quién descalifica al jurado? El que lo eligió, claro. Y a ese… ¿quién lo descalifica? ¡Ah! No… ¡pará! cierto que lo eligió el Gobernador y al Gobernador lo votó la gente. ¡Bloop!

Esto de los concursos es relativamente nuevo en la historia de la vendimia, no fue siempre así. Lo que pasa es que desde finales de los ´60, cuando Luis Villalba se animó a meterle, al libreto y a la puesta, contenido político mixturado con la filosofía de la juventud de aquel entonces, la ideología fue más fuerte que la tradición. Así aparecieron directores cercanos al gobierno, algunos tan buenos que para sacarlos de su marcada presencia año a año dirigiendo la fiesta con carta blanca y total dominio artístico, a algún iluminado se le ocurrió hacer un concurso. ¿Para hacer las cosas más participativas y transparentes? No, para poner a un director amigo. Porque se nota que los concursos son una fachada políticamente correcta para que nadie se queje, total cuando vemos la fiesta el asado ya está listo y se viene el miércoles de ceniza. A llorar al calvario.

Para complicar más las cosas, hacen otro concurso para el afiche. No quiero imaginar la bronca de los postulantes, que tienen que ser examinados por esta élite que llegó ahí porque trabaja en la Secretaría de Cultura, porque egresó de alguna de nuestras facultades de diseño o porque ocupa un cargo en alguna de las universidades locales. Ninguno ganó un premio, ninguno creó una técnica, ninguno expone en salones de diseño, pero todos exigen a los participantes originalidad, viabilidad, estética. ¿Puede alguien exigir o evaluar válidamente algo que no es capaz de hacer?

La culpa no es del chancho

Lógicamente que, en cuanto a vendimia se refiere, cuesta ser originales. El folclore es más o menos siempre el mismo: los acomodos, los precios de las entradas, la paritaria con los artistas, las licitaciones onerosas y los invitados al palco, sin dejar de lado el silbido al gobernador en el Acto Central, que ya es parte del cotillón. Con las repeticiones se agregó el tema de los artistas foráneos que vienen a engalanar los cierres. Pero últimamente, y por desgracia, las sorpresas no llegan por el lado de las propuestas sino de los desatinos. Entiéndase: la vendimia está dejando de ser una fiesta de los mendocinos y se está convirtiendo en un espacio de manifestación para el escrache. ¿Por qué? Porque están obsesionados con mostrar una imagen irreal de nosotros.

Los estudiantes de diseño gráfico, mientras están en la facultad, pasan por cátedras bastante exigentes que se encargan de chequear que los trabajos prácticos evaluados no hayan sido copiados a otros. Es decir que no faltan mecanismos para controlar esas cuestiones. Es cierto que la globalización ha ido también por el lado de las ideas, inundando el pensamiento y la imaginación por doquier a través de mecanismos de transculturación. No es raro que a uno le vengan a la cabeza ideas que ya han sido pensadas por otros, los cuales a su vez seguramente se “inspiraron” en la obra de alguno más. Seamos honestos, los genios creadores se pueden contar con los dedos de las manos y a pesar de que Mendoza ha dado al mundo un par de ellos, no abundan.

Será por eso que esto de los concursos y los jurados se vuelve cada vez más insulso y ya nadie puede llamar “propuesta original” a algo que tenga que ver con la vendimia. Aun así, la falta de ideas no inhabilita el proceso creativo a través de diversas técnicas. Ejemplo: uno, al ver una obra de Pollock puede ver un montón de trazos desordenados que hasta un infante podría hacer, pero si a ese mismo infante se le pidiera hacer otra obra diferente con igual técnica, no sería posible. Por eso la obra de este artista es magistral e irreproducible: por la técnica.

Convergence. Jakson Pollock (1952)

No se trata de agarrar pinceles y sacudirlos arriba de un lienzo, sino de una estudiada composición que incluía la postura de su cuerpo, la viscosidad de la pintura, el instrumento elegido y la fuerza de gravedad. A pesar de saber que no le copiaba a nadie, Pollock no negó la influencia que habían tenido sobre su obra la artista ucraniana-estadounidense Janet Sobel, los muralistas mexicanos y el automatismo surrealista. ¿Eso le quita mérito? De ninguna manera, porque ninguno antes ni después que él logró tal perfección que hiciera a los estudiosos del arte concluir que había logrado reproducir fractales matemáticos, expresando en su obra los movimientos de lo que, diez años luego, apareciera bajo el nombre de “teoría del caos”.

Si hay miseria que no se note

Volvamos a este punto de la latitud planetaria, bien al sur también de los hemisferios cerebrales, en donde compramos baratijas made in Taiwán vía Chile y nos enfocamos en hacer una fiesta en honor al vino cuando sabemos que el estado de la actividad bordea lo penoso. Y en esa calesita paseamos todos los años con la única novedad del cambio de cara portante de corona. Un conventillerío de pueblo montañés, con aires de burguesía pseudomonárquica, que empieza un nuevo ciclo con cada cosecha. Si algo se vendimia en estas tierras es el fetichismo romántico y absurdo, alimentado por caras mediáticas y políticos foráneos que posan para la foto y asisten a cocteles regados con la pócima de Baco.

La fiesta tampoco es nuestra, el registro más antiguo que tenemos es de los griegos y el vino nos llegó con los jesuitas, globalización religiosa mediante. Lo necesitaban para convertirlo en la Sangre de Cristo, porque si no era con vino, los romanos no entraban a ningún festín aunque les prometieran el paraíso.

Tampoco inventamos el diseño arquitectónico del teatro en donde se hace la fiesta, ni el carrusel y muchísimo menos los atributos de una reina de juguete. Hasta cuesta creer que la tradición de coronar a una chica linda que no tiene idea de lo que (pongámosle) representaría, todavía se mantenga. Es pintoresca, llamativa y cara. Pero desde que nuestros vecinos provinciales se inventaron una fiesta parecida en honor al sol, le metemos a la vendimia todo el marketing que se pueda, aunque cada vez se parezca más a un sodeado que a un vino de calidad.

Miles de millones de pesos gastados en algo a lo que sólo Abelardo Vázquez le puso un sello: integración de los cerros al escenario mediante la iluminación en cajas, guion argumental y fuegos artificiales. De ahí hasta acá, copias infantiles matizadas con firuletes poéticos e intrusiones de novedades tecnológicas que no llegan ni a los talones de los shows de luces en Las Vegas o las puestas del Metropolitan Ópera House. Obviamente todo eso es privado y no resiste copia porque es tan monumental que hay que tener con qué.

¿Algo más latino? El Carnaval de Río de Janeiro en donde las comparsas de las escuelas de samba son las dueñas de la conga. Costean solitas la producción de sus carros y vestuarios. El Estado les construyó el Sambódromo para ordenar un poco el desmadre de desfiles populares en cualquier calle, pero el evento lo organiza la “Liga Independiente de Escuelas de Samba de Río de Janeiro” ¿El Precio para entrar al Sambódromo? Arranca en los U$S 38. El Estado se abre de todo y sólo investiga irregularidades cuando entre los miembros denuncian malversación de los fondos o corruptela carioca. ¿Lo inventaron los brasileños? ¡No! Los portugueses lo trajeron importado de Venecia, con mascaritas y todo, pero los descendientes de los esclavos africanos le metieron tambores, plumas y empezaron a sacarle ropa a los atuendos hasta que logró la impronta actual. ¿Alguien puede decir que, por ser privado, el evento carece de raigambre o que las crisis económicas han impactado en la calidad del espectáculo?

Voy más al fondo: ¿Se imaginan una Liga Independiente de organizadores de Vendimia? Un grupete de tipejos que, vino mediante, se junten a cranear las fiestas en los distritos, los departamentos y el Acto Central con toda la parafernalia artística y logística. La organización interna sería un tema de ellos, que verían la manera de volver rentable la cuestión y el papel del Estado sería el de garantizar el orden en las calles y abrirles el Teatro Griego una vez al año. Si la fiesta sale bien o mal, problema de la Liga. Si van a pérdida, problema de la Liga. Si se matan entre ellos, problema de la Liga. No dudo que la cosa puede tomar ribetes pseudomafiosos, pero no sería un gasto para nuestro endeudado Estado, que lo está por bancar estas boludeces que algunos se obstinan en llamar tradición cuando en realidad nuestra historia y costumbres originarias fueron aniquiladas hace más de quinientos años y sólo hacemos una fiesta bacanal con la Virgen y el General incluidos.

Pero si la fiesta no la banca el Estado, ¿qué hacen los políticos con su porte de patrones de estancia mientras la gente toma las calles para hacerse la fiesta? Tendrían que verla por TV ¿no?

Collage tecnicolor

Es una tradición heredada, eso seguro. ¿Qué tienen que ver San Martín y la Virgen de la Carrodilla con los duendes del vino? ¡Nada! Son postales de historia y fantasía local amalgamadas a la fuerza en cuadros repetitivos y disonantes de guiones alejados de la realidad y, por eso mismo, difíciles de comprender. Y digo a la fuerza porque estos cuadros están exigidos por el reglamento que inventó el iluminado que quiso hacer un concurso a medida de sus necesidades. Un reglamento que le da al jurado una limitada capacidad de elección, y a los que aspiran a ganar el concurso poquísimas posibilidades de innovación. Entonces pasan dos cosas: los artistas se van al pasto tratando de hacer encajar cosas incompatibles, o copian y pegan sobre lo ya hecho.

Lo más ilógico de todo lo relativo a los concursos y los jurados vendimiales es que se han flexibilizado sobremanera los requerimientos para presentarse como candidata a la corona (emulando la tendencia de Miss Universo España, porque… Barcelona es el modelo de ciudad al que vamos, ¿se acuerdan? Por cierto, Barcelona es capital mundial del diseño. Mua…mua…mua), pero no se flexibiliza el resto, entonces no hay coherencia. Si puede haber una candidata trans ¿por qué no podría haber libertad para elegir entre la Virgen o la Pachamama para homenajear la fe de un pueblo? ¿Por qué insistir con el cuadro de la colonización europea cuando el primer yugo en estas tierras lo ejecutaron los Incas sobre los Huarpes? ¿San Martín todos los años? ¿Qué onda si hablamos de las Patricias Mendocinas alguna vez, si cambiamos el drama de la helada por el miedo a los temblores o si dejamos de poner toneles bailando para hacer una pista de hielo sobre el laguito? ¿Por qué no intentar música electrónica o una batucada en vez de pasearnos siempre por la tarantela, la zarzuela y la polka? ¿La puesta en escena de la Revolución industrial hecha con utilería de alambre y leds? ¿¿¿En serio??? Muchachos si no van a montar una cinta de envase a granel escupiendo botellas de vino hacia las tribunas, no hablen de revolución industrial. Sería más interesante hacer referencia al Atuel, al petróleo y hasta a los cóndores. Tantos temas para abordar y siempre con la misma tonada…

Como venimos, un par de cuadros con duendes hablando de historias de finca, mixturados con un paisaje de viñedos y un par de bailarines disfrazados de diversos personajes, mientras sea en el monumental escenario y esté bien iluminado, pasa como una vendimia más y nadie se va a dar cuenta que faltó San Martín o la Virgen mientras haya malambo al final. ¡Posta! Y si la reina de la vendimia llega a ser una candidata trans, al año siguiente nos malambea con las plumas puestas y va a ser más colorido que nunca.

Dejemos de joder con tanto reglamento, concurso y tradición. Porque si hablamos de vendimia, en estos tiempos no sólo se trata del vino. Hay que vendimiar lo que somos, y lejos estamos de parecernos a los Sesenta Granaderos o a los gauchos viñateros, mucho menos a las orantes compañeras del sufrido hombre de campo. Somos este rejunte amalgamado en transición que pretende mostrar a lo grande algo que no es, mientras mete debajo de la alfombra las ruinas de una industria al servicio de las caras y caretas del poder.

No sabemos diferenciar un malbec de un bonarda aunque agitemos las copas como sabiondos catadores de la nada. Nos identificamos más con un fernet y una birra en la Arístides que con un vino a la sombra del parral. Tenemos bodegas con restaurantes y hoteles a los que van los turistas creyendo que eso es vivir en Mendoza. Menos mal que la fiesta es en marzo, porque si les tocara un zonda no vuelven ni a palos.

Tenemos una fiesta vacía. Somos una cultura del envase, con una etiqueta copiada. Un meme. Por eso duele que tres pibes nacidos y criados acá hayan hecho plagio ante un jurado que no lo supo identificar, porque eso muestra lo que somos. Tan lejano a lo que fuimos o a lo que pretendemos ser. ¡Perdónalos Abelardo, no saben lo que hacen!

Ya está, los premiaron, los expusieron, los descalificaron, les hicieron memes, los escracharon por todo el mundo e hicieron famoso por estas tierras a un artista filipino. Que pase el que sigue ¡Feliz  Sarasa Vendimia para todos!.